“Tribunas sin pueblo”: Vuelta olímpica en orsai del país neoliberal

Argentina ’78 fue el resultado de cuatro décadas cocinadas a fuego lento (1938-1978), coronadas por dos años de decisiones rápidas y furiosas, tomadas por una banda de asesinos que mató en nombre del poder real. Golpistas de uniforme y de civil, que imaginaron a la Copa como un escenario ideal para intentar lavar culpas y reinventarse.
Antes del 1 de junio del ’78, vivimos 40 años en los que se mixturaron una sucesión interminable de errores, centenares de promesas incumplidas a Cenicienta y compromisos suicidas asumidos ante el establishment del fútbol. Pero en la definición del formato final del proyecto político-deportivo, ya con la sede en el bolsillo desde México ’70, se desató a nivel continental una feroz pelea por la matriz de la distribución de riqueza. Apareció en escena el neoliberalismo y Washington ordenó derechizar los sueños que desde la década del ’60, estaban queriendo entrar al palacio.
Al nuevo formato de lo viejo, al envase reciclado de la derecha tradicional, otra vez la democracia le quedaba demasiado incómoda y entonces se pensó en una inédita multiplicación de dictaduras, para arrasar con la última creación imperial: el estado de bienestar.
Desde fines de la década del ’40, las potencias de occidente anestesiaron a las masas, convirtiendo al capitalismo en proveedor de todo lo necesario para sobrevivir. Un antídoto muy efectivo, para que millones de seres humanos no cruzaran la delgada línea roja, ni pensaran a la izquierda o a algo parecido, como posible tabla de salvación.
A principios de los años ’70, en el mundo sobreviviente de la Segunda Guerra, reinó el duelo a muerte entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Mientras tanto, Washington solo ofreció para América latina represión y control social. Con el Plan Marshall al revés, las potencias occidentales aumentaron la ganancia, pero invirtiendo menos. La transferencia de recursos de las colonias a la Metrópoli, se realizó a través de deuda externa y el modelo de producción nacional, fue reemplazado por la renta financiera.

La historia es una larga suma de causalidades. El saldo de esa construcción, es el fruto maduro de las consecuencias que deja el fuego cruzado de modelos antagónicos. Y el título de cada capítulo, es una pulseada entre resultadistas (“Si la historia la escriben los que ganan…”) y campeones morales (“…eso quiere decir que hay otra historia”).
Pero a pesar de este encadenamiento que suena tan lógico como previsible, en los metros finales de ese efecto dominó, muchas veces anidan sorpresas que se escapan del libreto original. Algunos de esos giros, que nunca están en carpeta, sirven para pegar el volantazo inesperado que cambia el rumbo de los acontecimientos. Otros empujan, se meten de prepo en el GPS hasta quedarse sin fuerzas, amenazan con modificar el curso del río, pero se quedan en la puerta de la fiesta…

25 de junio de 1978. La final está 1-1 y ya se juegan 11 segundos adicionales a los 90 minutos reglamentarios. Un tiro libre en campo holandés, genera el último pelotazo. Todo indica que nada, ni nadie podrá torcer el futuro inmediato del partido y que los dos equipos irán inexorablemente al suplementario. Pero de pronto, Rensenbrink le ganó la posición a la duda de Olguín, la pelota picó sin dueño y el delantero remató sobre la salida de Fillol. La ilusión holandesa pegó en el palo derecho del arco argentino y el Tolo Gallego en la puerta del área chica, la reventó a las nubes. 45’16” del segundo tiempo.
Si aquel remate del holandés terminaba en gol, la trama que las Fuerzas Armadas fueron tejiendo a lo largo de los últimos 15 meses para que todo saliera “perfecto”, hubiera estallado en mil pedazos. El fútbol (indomable, dramático, imprevisible y por momentos, revolucionario y hasta democrático) estuvo a un par de centímetros de gambetear el plan de la dictadura y cambiar el rumbo de esta historia negra. Si la Tango no hubiera rebotado en el vertical derecho del Pato, la foto de Videla entregando la Copa estaría manchada por camisetas naranjas, la cámara de Ricardo Alfieri se habría quedado sin el “abrazo del alma” y la imagen de la Junta Militar gritando el tercero de Bertoni a Jongbloed, no existiría…

Cuando el subsuelo de la patria macera en silencio su sublevación, siempre sorprende a los lectores superficiales del presente; a los que confundieron pueblo con microclima y opinión pública con opinión publicada. Ante el estallido, parece que durante muchos años, todos vieron y nadie miró. Todos oyeron, pero nadie escuchó.
Las causas juegan siempre…, a veces a favor y en demasiadas oportunidades en contra. La casualidad es una patrulla perdida, es la excepción que sorprende a la lógica del archivo y en aquella Argentina, los golpes de Estado eran la regla.
No obstante, cuando la dictadura de Lanusse creó la primera Comisión organizadora del Mundial ‘78, Videla era director del Colegio Militar de la Nación y Massera, alumno del Inter-American Defense College de Washington, donde recibía formación en guerra antisubversiva. Ninguno de los dos actores centrales de esta trama, podía mirarse al espejo a principios de los ‘70 e imaginarse estirando la ooooooo… hasta el infinito, en un grito de gol mundialista en la platea de River.

El Mundial argentino cambió definitivamente de dueños, el 24 marzo del ‘76 y el fútbol se convirtió en la excusa perfecta para jurar que el país ficcional era real y que la palabra oficial, era la única verdad. Las corporaciones de prensa institucionalizaron el negacionismo y por los medios solo se repetía el discurso único. La verdad no estaba en los diarios, ni en la tele o en la radio, por lo tanto tampoco estaba en la calle.
Nadie podía denunciar la existencia de dictadores, desparecidos, centros clandestinos, tortura, ejecuciones, fosas comunes, vuelos de la muerte, robo de bebés… No había permiso para avisar sobre el quebranto del país, ante una sociedad alimentada a importados, “patria financiera”, “plata dulce” y deuda externa.

En 1970, ni el futuro líder del Ejército, ni el conductor de la Marina desde el ’74, podían proyectarse genocidas mientras se consumía el tramo final de la “Revolución argentina”. No sabían que iban a ser dueños de campos de concentración o mecenas de maternidades clandestinas.
En ese momento, Videla miraba por el ojo de la cerradura del tiempo y se negaba a morir en el baño de su celda o admitir que alguien había ordenado bajar su cuadro del Colegio Militar. Las cartas le decían a Massera que terminaría sus días en prisión domiciliaria y el Negro, sin noción de lo que pasaba a su alrededor, se moría de risa de la gitana con un vaso de whisky en la mano.

“A pesar de todo lo que pasó antes del 24 de marzo de 1976: caos, violencia, falta de garantías, atraso, corrupción. A pesar del boicot contra el Mundial organizado por terroristas en varias capitales de Europa. A pesar de las consignas subversivas que circularon clandestinamente con instrucciones para alterar al orden. A pesar de las presiones de ciertos periodistas extranjeros que empezaron criticando y ahora elogian. A pesar de todo y contra todos, los argentinos hicimos el Mundial (Revista “Gente”, 1 de junio de 1978).
“Que la verdadera realidad argentina, tan malintencionadamente distorsionada en algunos países, sea bien conocida y comprendida” (“El Gráfico”, editorial del 30 de mayo de 1978).
“No hay otra manera de entender esta fiesta, que no sea sumándose. Dejándose llevar por el formidable gentío que anda por las calles. Prendiéndose orgullosamente una escarapela en la solapa” (“Clarín”, 18 de junio de 1978).
“Le demostramos al mundo nuestra verdadera cara, en respuesta a una siniestra campaña que pretende boicotearnos y aislarnos” (Revista “Gente”, después de la derrota ante Italia).
“Este es un fenómeno político sin precedentes en la historia del mundo. Nosotros hemos derrotado a la derrota. Tenemos que estar orgullosos de la Argentina que tenemos” (Carlos Alberto Lacoste, “La Prensa” 1 de julio de 1978).

El destino a veces queda en manos de los oportunistas, de los que tocan solo los últimos acordes de una partitura muy larga y se adueñan de la ovación final. En estos casos, si al muñeco nunca se le ven los hilos, lejos de la verdad el público los idolatra para siempre. Pero cuando los descubren, la gloria dura apenas un ratito y el rédito político que robaron en el pasado, se convierte en un boomerang a prueba de paracaidistas.
Por encima del valor de estrategas y estadistas, los tiempistas sobrevuelan con éxito el cierre de la trama, para colocar su nombre en la partida de nacimiento. Saben cuándo y cómo aparecer. Toman por asalto el último capítulo, no pagan derechos de autor y se proclaman los padres de la criatura.

Para poder entender el valor millonario, en que fue tasada la Copa como botín de guerra de la última dictadura argentina, hay que partir de los orígenes del fenómeno cultural más grande de este punto del planeta: el fútbol. Una pasión popular, que generaciones podemos conjugar con la misma intensidad, en cualquier tiempo de verbo.
Sin fútbol, militares y civiles sabían que no había rédito político. Sin Mundial, nadie podía pensar en intentar legitimar al Proceso desde el deporte, ante la campaña anti-argentina.
Pero a pesar del esfuerzo maquiavélico, la pelota solo le entregó a la dictadura un final soñado con efecto a corto plazo. El festejo en las calles y el resultado del blindaje mediático, operó con el efecto de un somnífero vencido. Con el regreso de la democracia 5 años después, aquella fiesta no le alcanzó al neoliberalismo para comprar, ni siquiera un pedacito de cielo en cómodas cuotas.
El plan del Proceso para falsificar su presente, no se agotaba en el fútbol. Buscaba absorber cualquier competencia internacional (programada o ganada en negociación urgente a cambio de muchos verdes), para contestarle al planeta opositor, que este era un país de paz. 1978 fue escenario del Gran Premio de Fórmula 1 (victoria de Mario Andretti con Lotus), en el Campo de Polo de Palermo se disputó el Mundial de Hockey sobre césped masculino (Videla le entregó la Copa a Pakistán) y después el de Hockey sobre Patines en San Juan (Argentina campeón). En el mundial de clubes con el que inauguró su estadio, Obras Sanitarias perdió por un punto la Copa William Jones ante el Real Madrid y el Luna Park montó dos defensas de la corona de los medianos de Hugo Corro (Ron Harris el 5 de agosto y Rodrigo Valdez, el 11 de noviembre).
En septiembre un cuadrangular de tenis en Obras Sanitarias, con la presencia de Jimmy Connors (por primera vez en Argentina) y Bjorn Borg.
La Bombonera fue escenario de la primera final Intercontinental entre Boca y el Borussia Moenchengladbach (1-1 en la Bombonera) y luego el equipo de Lorenzo, se consagró otra vez campeón de la Libertadores ante el Deportivo Cali (la noche del 4-0, cuando le robaron la capa a la reina de España en los palcos del Camilo Cichero). Y durante el primer semestre del año, se programó la última parte de la serie internacional de la Selección de Menotti.
Todas estas competencias se llevaron a cabo con estado de sitio, desaparición de personas y campos de concentración, intentando mostrar “total normalidad” (tapa de Clarín del 25 de marzo de 1976), donde solo reinaba la muerte. Complicidad entre otros de la FIFA, la Confederación Sudamericana de Fútbol, la FIBA, la Asociación y el Consejo Mundial de Boxeo, la Federación Internacional de Automovilismo, la Federación Internacional de Hockey y el Comité Internacional de Hockey sobre Patines. Silencio de centenares de dirigentes, deportistas, cuerpos técnicos, público y periodistas; de aquí, de allá y de todas partes.
En la misma lista, porque perseguía idénticos fines, podemos sumar al Congreso Internacional del Cáncer que se llevó a cabo en octubre, con 7 mil especialistas; cerca del 50% invitados del exterior.

Antes de viajar a Buenos Aires, los jugadores de Alemania fueron advertidos ante la posibilidad de ser consultados por el periodismo, sobre la violación de derechos humanos en la Argentina y además, les ordenaron que evitaran cualquier acto de apoyo a las Madres de la Plaza de Mayo, durante el torneo. “¿Me haría esa pregunta si el Mundial se jugara en la Unión Soviética?”, respondió el capitán Berti Vogts, al ser consultado en la televisión WDR, sobre si creía que en Argentina se estaban vulnerando los derechos humanos.

Laureano Brizuela: “Es muy notorio, uno que está afuera se da cuenta de la campaña anti Argentina que hay. Hay un desconocimiento total, de lo que pasa acá. Nadie sabe la tranquilidad, que aún en los momentos más críticos que hemos pasado, se ha respirado siempre acá…”.
Mirtha Legrand: “¿Lo notás dónde estás viviendo? (Puerto Rico)”.
Laureano Brizuela: “Si se nota. Hay carencia de información y por suerte hay editoriales muy importantes de la Argentina que están mandando publicaciones a todo el sur de Estados Unidos, inclusive hasta Nueva York…”.
Susana Giménez: “Hay carencia de información”.
Laureano Brizuela: “Y la poca información que hay, es mala”. Ginette Reynal: “Y la poca que hay se utiliza en contra”.
Susana Giménez: “En Inglaterra no saben, que Buenos Aires es la capital de Argentina. Es una falta de cultura, yo pienso que no es una posición anti Argentina”.
Mirtha Legrand: “No Susana, estamos viendo una campaña organizada”.
Ginette Reynal: “Hay gente que realmente no sabe nada de la Argentina. Gente que me ha preguntado: ´¿Vos sos de Argentina? Ah sí de Caracas’. No puede ser…”.
Mirtha Legrand: “Hace poco tuvimos como invitado de los almuerzos al Príncipe de Orleans y a Joan Cacharel, que vinieron con una delegación francesa para ver de cerca qué pasaba en la Argentina y yo les pedí que reflejaran lo que habían vivido en nuestro país. Y cuando les comenté, cómo se atacaba a nuestro país desde Francia, ellos dijeron algo muy inteligente: ‘Usted sabe que también se ataca a Francia, desde Francia’. Las cosas que dicen del presidente, de los ministros, son horribles. Hay un ministro que tuvo que renunciar por las cosas espantosas que le decían”.
Susana Giménez: “Lo que pasa es que en Europa, todo el mundo dice lo que se le da la gana, inclusive en Inglaterra contra la reina y frente a Buckingham. Ponen un cajoncito, se paran y dicen lo que quieren. Hay una libertad total. Pero mucha gente habla de lo que no conoce, en todos los órdenes”.
Mirtha Legrand: “La campaña contra el Congreso Internacional de Cáncer…”.
Susana Giménez: “¿También hay campaña contra eso? Pero, ¿qué es esto?”
Mirtha Legrand: “Todo orquestado”.
Laureano Brizuela: “Para mí fue increíble encontrarme con una colonia argentina tan grande en Puerto Rico. Que estaba totalmente desmembrada, pero cuando empezó el Mundial empezaron a reunirse en una taberna para ver los partidos y el júbilo que hubo después, los paseos por toda la ciudad de San Juan, caravanas de coches…”.
Mirtha Legrand: “Yo pienso que nos hizo mucho bien”.
Claudio Levrino: “Aunque le duela a mucha gente, somos los campeones del mundo durante 4 años. Somos los mejores del mundo, durante 4 años”.
Ginette Reynal: “El Mundial nos unió. Enfrente de una pelota o un partido de fútbol, ¿somos todos iguales no?”.
Mirtha Legrand: “Nos argentinizó”.
Claudio Levrino: “A mí lo que más me conmovió, al margen del resultado, fue ver a la gente salir a la calle con la bandera. Yo he llorado como un chico. De repente a uno a vos te da mucha vergüenza mostrar tus emociones o ese falso concepto machista, que dice que los hombres no deben llorar… Yo me acuerdo que estaba solo parado en la Av. Santa Fe, rumbo al teatro y me di cuenta que lloraba, lloraba”.
Mirtha Legrand: “Yo fui a ver el último partido, todos llorábamos. Hombres, mujeres, el presidente lloraba. Yo vi al presidente Videla también con lágrimas en los ojos, todo el mundo”. (“Almorzando con Mirtha Legrand” Canal 13, julio de 1978).

¿Por qué el fútbol?: Argentina, primera década del siglo XX. El fútbol sajón que se jugaba en estas tierras, con estilo único y protagonistas casi exclusivos, comenzó a mixturarse con el ingreso de apellidos criollos y la suma de todo el bagaje multicultural que aportaron los hijos de la inmigración.
Sobre un total de 4 millones de habitantes, un millón eran extranjeros (500 mil italianos, 200 mil españoles, 100 mil franceses y 21 mil ingleses).
A 11 mil kilómetros de Londres, el resultado del experimento británico rompió almidonados límites costumbristas y enamoró lentamente a todas las clases sociales. Por entonces, hacía más de 20 años que en Buenos Aires los resultados del fútbol local también se leían en castellano y no solamente en The Standard, el primer diario que informó en inglés, sobre partidos y torneos.

Mayo de 1867. Los hermanos Thomas y James Hogg, invitaron a través de un aviso en The Standard, a una reunión para impulsar la práctica del fútbol en el Buenos Aires Cricket Club (hoy el Planetario de Palermo). El 20 de junio, en el primer partido que se jugó en la Argentina, se enfrentaron gorras blancas y rojas, con solo 8 jugadores por equipo…

Suena muy paradójico, pero el resultado de la “invasión argenta” significó la independencia. La irrupción del pueblo adónde originalmente no había sido invitado, liberó la forma de jugarlo, vivirlo, gozarlo y padecerlo. La masiva llegada de los nacidos y criados en esta tierra, determinó la caída del “coloniaje futbolístico”.
Ese fenómeno siguió los pasos de otras dos pasiones que vivieron procesos similares, casi en paralelo: el tango y la política. El folklore de la ciudad de Buenos Aires, nació como una trasgresión de jóvenes aristocráticos, que cultivaron en secreto de sus dobles apellidos, una danza pecadora. Pero el pueblo la hizo de carne y hueso. Poetas, músicos y cantantes del suburbio, razas paridas en los bordes de la civilización, se apropiaron sin pedir permiso de ese duende para comenzar a pintar al barrio y a su gente.
En cuanto a la política, la “organización nacional”, marcó el espíritu del primer centenario. La Argentina de la segunda conquista, el país que nació después de Caseros, fue un coto de caza de la oligarquía. Hasta que el pueblo yrigoyenista le arrebató al régimen la Ley Sáenz Peña. La revancha de la derecha, llegó con el primer golpe de Estado y la restauración conservadora de la “década infame” y la democracia volvió transformarse en una mueca de sí misma. Pero los que no estaban en el inventario coparon la Plaza, metieron las patas en la fuente y volvieron a revolucionar el paisaje bucólico de estancias de tierra adentro y palacios porteños.
Fútbol, tango y política, fueron resignificados y reinventados por el pueblo.

Clubes sobrevivientes del siglo XIX: Quilmes (1887), Gimnasia La Plata (1887), Rosario Central (1889), Banfield (1896), Estudiantes de Buenos Aires (1898) y Argentino de Quilmes (1899). La AFA, como Argentine Association Football League, apareció en 1893.
La multiplicación de los panes, llegó con los primeros pasos de la siguiente centuria. La fundación de 12 equipos, fue clave para que este proceso se adueñara de Capital y Gran Buenos Aires: River Plate (1901), Racing (1903), Ferro Carril Oeste (1904), Atlanta (1904), Argentinos Juniors (1904), Independiente (1905), Boca Juniors (1905), Platense (1905), Chacarita Juniors (1906), Huracán (1908), San Lorenzo (1908) y Vélez Sarsfield (1910).
Por entonces, era indispensable para jugar en las competencias oficiales, contar con alguien que hablara inglés, para poder participar de las reuniones de la Asociación…
Completaron la revolución metropolitana, Tigre (1902), San Telmo (1904), Barracsas Central (1904), Defensores de Belgrano (1906), Talleres de Remedios de Escalada (1906), Argentino de Merlo (1906), Colegiales (1908) y Excursionistas (1910).
Otras 16 instituciones sembraron fútbol, en el país profundo: Atlético Tucumán (1902), Gimnasia y Tiro de Salta (1902), Newell’s Old Boys de Rosario (1903), Belgrano de Córdoba (1905), Tiro Federal de Rosario (1905), Colón de Santa Fe (1905), Mitre de Santiago del Estero (1907), Central Córdoba de Rosario (1907), Atlético Rafaela (1907), Unión de Santa Fe (1907), Atlético Paraná de Entre Ríos (1907), San Martín de San Juan (1907), Gimnasia y Esgrima de Mendoza (1908), San Martín de Tucumán (1909), Atlético Concepción de Tucumán (1909) y Olimpo de Bahía Blanca (1910).

Como sucedió con todos los deportes colectivos, el formato original siempre se adaptó con infinita plasticidad, a paladares muy diversos. Los juegos se entregaron generosamente, a limitaciones o bondades de los ejecutantes de distintas latitudes, para parir nuevos estilos y formatos. El producto final del trasplante, a veces padeció los efectos de ciertas incompatibilidades y entonces los resultados no acompañaron. Pero en otros casos, muchas disciplinas que viajaron miles de kilómetros montados en invasiones militares o imposiciones culturales imperiales, terminaron encontrando a los mejores solistas muy lejos de casa.
Mayas, chinos, vikingos y tanos del imperio romano, crearon juegos durante 400 años pateando una redonda; pero el primer reglamento lo pensaron súbditos de la corona, en una taberna de Londres (las 14 reglas de la International Board, en 1882). Sin pagar derechos de autor, ni respetando el pasado (igual que en política y economía), los ingleses se quedaron con el título de “padres del fútbol” en un partido de escritorio (The Football Association, fue creada en 1863).
La de tiento llegó a la Argentina, a través de los obreros del puerto y el ferrocarril, dos instituciones monumentales del domino político-económico británico hasta después de la Segunda Guerra.

Los equipos argentinos que llevan en su nombre la palabra Central, están ligados al ramal del Central Argentino del Ferrocarril Mitre o al Central Norte del Belgrano.
Central Argentino Railway Athletic Club, nació en 1889. En 1903 se fusionaron el Ferrocarril Buenos Aires y el Central Argentino y una asamblea de socios decidió el cambio de nombre: Club Atlético Rosario Central.
El acta de fundación de Ferro Carril Oeste, la firmaron 95 empleados del que luego fue el Ferrocarril Sarmiento, liderados por el Ingeniero David Simson (gerente del club). La primera camiseta fue similar a la de River, luego jugó con la del Aston Villa inglés y finalmente tomó el verde de la bandera ferroviaria.
Banfield nació el 21 de enero de 1896, por iniciativa de empleados del Ferrocarril del Sud (Banfield Athletic Club).
Talleres de Córdoba fue creado en 1913 por empleados del Central Córdoba, que se reunían desde el año anterior en la tornería del Ferrocarril.
La referencia del tren como vaso comunicante, tiene una gran presencia en el ascenso, a través de los trazados metropolitanos que se internan en el Gran Buenos Aires (Midland, Central Ballester, Justo José de Urquiza, Talleres de Remedios de Escalada, etc.).

También fueron claves en el desarrollo del fútbol argentino, los pedagogos de colegios privados (el escocés Alejandro Watson Hutton desde el English High School, donde nació Alumni e Isaac Newell en el Colegio Anglo Argentino de Rosario), que desarrollaron en el país, el mismo plan de escolarización del deporte, que con mucho éxito se puso en marcha en las islas desde la segunda mitad del siglo XIX.
Cuando en la cancha se argentinizó la relación con la pelota y cambió para siempre el idioma que se hablaba en las tribunas, nació “la nuestra”; nombre con el que los veteranos bautizaron a jugar más corto que largo (condenando a perpetua al pelotazo), mucho más por abajo que por arriba (para que la esfera de cuero ruede como ordena el espíritu del juego, sobre una superficie verde y plana) y que tenía en la gambeta un arma letal, una pregunta sin respuesta para los gringos.

Lomas Athletic ganó consecutivamente los primeros seis torneos locales (1893-1898). Alumni fue el segundo dueño del amateurismo con 10 vueltas olímpicas, entre 1900 y 1911 (serie interrumpida dos veces por Belgrano Athletic, en 1904 y 1908).
La industria nacional se consolidó con Racing, a través de 7 títulos consecutivos (1913-1918) y otros 2 en 1921 y 1925. Aquella Academia salía a la cancha, con apellidos del campo nacional y popular: Olazar, Crocce, Castagnola, Perinetti, Marcovecchio, Zabaleta, Ohaco, Hospital…

En la ortodoxia inglesa no había lugar para matices de ningún color, sin embargo sus libros quedaron patas para arriba, ante la revolución sudamericana que transformó el férreo mandato teórico, en la “dinámica de lo impensado” (Dante Panzeri). Ese sello de identidad, basado en el rol del instinto para anticipar al pizarrón, marcó a fuego a generaciones de argentinos, edificó con cimientos muy profundos uno de los datos culturales más fuertes de estas Pampas y el país encontró en la pelota, una metáfora perfecta para poder explicar lo inexplicable.
La maquinaria de relojería europea se bajó las medias y aprendió a hacer malabares con la Pulpo en el empedrado. El alma del fútbol argentino se llenó de potrero y explotó una de las grandes sucursales de un fenómeno de masas de alcance planetario.

El 26 de julio de 1904, Julio Argentino Roca fue el primer presidente argentino que presenció un partido de fútbol. Alumni recibió a los ingleses de Southampton (primer equipo extranjero que pisó nuestro suelo, para ganar 5 partidos por varios cuerpos de distancia sobre sus rivales). El Zorro 2 veces presidente, el que pelea a brazo partido con Rivadavia por el título del argentino más anglófilo, no se podía perder la posibilidad de conocer de cerca a la nueva pasión local y mucho menos, no estrechar la mano de los integrantes del equipo visitante.

A través del fútbol, hombres y mujeres profundizaron su grado de pertenencia con el pueblo y el barrio. Los colores pasaron a identificar los límites geográficos de la pasión. Y como si se tratara de un guión de ficción, la radio de la tarde dominguera sonaba en las provincias desde el ombligo porteño, narrando las hazañas de ídolos con poderes de superhéroe.

“El Gráfico” nació el 30 de mayo de 1919, como un magazine generalista, donde el deporte ocupaba apenas un lugarcito. Pero a partir de la primera tapa futbolera, la revista cambió para siempre. En el número 5 (26 de julio de 1919), instaló en portada el último Argentina-Uruguay y la imagen elegida fue la de Américo Tesoriere; por entonces, arquero de Boca y dueño indiscutible de los tres palos nacionales.

Las imágenes de las historias semanales de los “cracks de la afición”, solo aparecían en diarios, revistas y una vez por semana, en los noticieros cinematográficos. Las figuritas eran para los pibes, estampitas santas en los bolsillos de los cortos.

El fútbol argentino se convirtió en profesional en 1931, a través de una lucha sindical en plena dictadura de Uriburu. Hugo Settis (Huracán) era por entonces el secretario de la Asociación Mutualista de Footballers, el antecedente directo de Futbolistas Argentinos Agremiados. En las reuniones de Entre Ríos 358, se discutía como terminar con el “amateurismo marrón”, legalizar los salarios y lograr la libertad de contratación. Los dirigentes pretendían inmortalizar la “Ley candado”: ningún pase podía realizarse, sin el consentimiento del club de origen.
En medio de discusión, la Asociación expulsó a 7 jugadores: Pablo Bartolucci (Huracán), Alfredo Carricaberry (San Lorenzo), Pedro Marassi y Juan Figueroa (Sportivo Barracas), Carlos Giúdice (Colegiales), Félix Zurdo (Banfield) y Cayetano Corvetto (Excursionistas). El gremio fue a la huelga, el 10 de abril de 1931.
Los jugadores cruzaron Plaza de Mayo en pleno estado de sitio, se plantaron frente a la Rosada y pidieron una audiencia, con el primer golpista de la historia política argentina. El general bajó a recibirlos y el periodista de La Nación, Augusto Muro, se convirtió en vocero de los jugadores.
Uriburu delegó el caso en el intendente Guerrico, quien citó a los presidentes de los clubes para el 27 de abril. Rápidamente se pusieron de acuerdo. Los clubes blanqueaban balances inexplicables y los futbolistas fueron reconocidos como trabajadores.
Los equipos más poderosos pensaron armar una rama profesional de apenas 14 clubes, pero el resto de los 34 integrantes de la vieja Asociación Amateur, plantearon “todos o ninguno”. El gobierno de facto dijo solo “algunos” y el 18 de mayo se estipuló que los equipos del torneo rentado de la flamante Liga Argentina de Fútbol, serían Argentinos, Atlanta, Boca, Chacarita, Estudiantes La Plata, Ferro, Gimnasia La Plata, Huracán, Independiente, Platense, Quilmes, Lanús, Racing, River, Tigre, Vélez, Talleres de Remedios de Escalada y San Lorenzo. El 31 de mayo, comenzó el fútbol profesional.
La tapa del número 620 de “El Gráfico”, mostró a Hugo Settis (“Uno de los futbolers que pusieron más empeño en desenmascarar la Amateurs”), en un pizarrón. El jugador del Globo, apareció tachando la palabra Amateur, para armar la nueva liga: “Asociación Argentina de Foot-Ball” (Prólogo).

Scroll al inicio