Mundial 1978: Domingo 25 de junio, partido por el título mundial

A 24 horas de la final: El diario La Nación en “Espera de un duelo decisivo” (Norberto García Rozada), aseguró el sábado 24 de junio, que la previa de la final es un “Límpido cuadro de confraternidad. Una lucha sin matices sombríos, sin rencores ni secuelas de dolor. Simplemente veintidós atletas con sus físicos y sus mentes templados por la preparación rigurosa, confrontarán capacidades sobre el rectángulo esmeralda del estadio de River Plate. Entretanto, dos países soportarán la prueba no menos rigurosa de afrontar esos noventa minutos de expectación, de punzante carga emotiva, de sentimientos que se descargarán tan solo en el estallido del grito de gol favorable o en la abrumadora tristeza del tanto adverso. La Argentina y Holanda. Dos países y dos pueblos, tan bien representados por una escena de los bulliciosos festejos que se viven en la porteña Avenida Corrientes o por el apacible cuadro de una aldea holandesa, como lo hubieran sido por una visión de las pampas argentinas y los canales de Amsterdam.
Y junto con ellos, el mundo vivirá también el epílogo de la contienda deportiva. Tal vez allí radique una de las facetas más límpidas de este deporte que es compendio de plasticidad, belleza a ingenio. En su universalidad, el fútbol encierra un mensaje de amistad entre los hombres”.
En un recuadro titulado “Calidez argentina”, el diario cubrió la despedida de Alemania Occidental: “Deseo de todo corazón que Argentina sea el campeón del mundo, porque fue el mejor equipo del torneo y porque se habló en forma muy amarga de la República Argentina antes del mundial y yo vería con mucha satisfacción que se coronara campeón”, firmado Berti Vogts.
En “Polacos satisfechos”, habló Gmoch el técnico del equipo europeo: “Nos vamos satisfechos por la excelente organización del certamen y contentos porque los espectadores han reconocido el buen juego desplegado por nuestro conjunto”. Jugadores y técnicos que de pronto tuvieron la singular necesidad de hablar de la campaña antiargentina, de la excelente organización del torneo y del comportamiento del público local. El mensaje mediático de los medios “procesistas” dejó al juego en segundo plano y sobreactuó cada palabra de los visitantes, sobre la deseada victoria política del torneo.
El 25 de junio, la Liga Pro Comportamiento Humano emitió un documento. El grupo aseguró que el Mundial “nos brindó evidencia de que poseemos calidades humanas y refinada sensibilidad, como para probar que somos capaces de accionar con ajuste, a los postulados de la armónica convivencia y a las leyes del ordenamiento social”. El comunicado de la Liga, después aprieta el acelerador y baja línea a toda velocidad: “Si hay una virtud que jerarquiza el valor del hombre, es el afinado ejercicio de su cultura. Frenar los impulsos incontrolados del carácter, afianzar los vínculos de la amistad, erradicar los antagonismos entre los sectores del capital y el trabajo, servir a las consignas de la cordialidad del altruismo y de la buena fe, comprender que solo pueden ser felices los seres que creen en la honradez del esfuerzo y en la permanencia de la honestidad; factores ponderables para el propósito de dar a la existencia un sentido de grandeza y un sello de dignidad”.

Finaliza diciendo que “Hemos probado con irrebatibles testimonios la capacidad que tenemos para ser componentes de una nación celosa de su prestigio y defensora de los títulos que certifican su alta cultura y su sentido de la amistad. Que esa actitud honrosa e hidalga, no se apostura circunstancial, sino catecismo de permanente vigencia”.

La tapa de Clarín del 25 de junio, fue dedicada casi íntegramente a la final del torneo: “Argentina por la Copa del Mundo”, con foto de una tribuna repleta de banderas. Al pie, la presión de Carter sobre la Comisión Interamericana de Derechos Humanos: “Piden precisiones en la Organización de Estados Americanos sobre la invitación de Montes”. El canciller argentino Oscar Montes habló en la VII Asamblea General de la OEA: “En la Argentina no existen violaciones a los derechos humanos”. El ministro de Relaciones Exteriores de la dictadura, habló de un país de puertas abiertas, que esperaba la visita de la CIDH.

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El sueño de Menotti: Como todos los días durante la Copa, el suplemento de Clarín llegó con una nota del técnico argentino. En este caso, hablaba de la necesidad de compartir un sueño. El relato era futurista, en la Argentina futbolera posmundialista. Menotti imaginaba un fútbol organizado, hiper profesional, que había aprendido mucho de las enseñanzas que había dejado la Copa. Sobre el final destacó: “Ese pueblo lleno de amor y de respeto por el prójimo, fue el que nos reivindicó ante el Mundo y borró las falsas expectativas que mentes capciosas habían creado en torno a nuestro hermoso y querido país. Me parecía mentira que a menos de un mes de haber finalizado el Campeonato del Mundo, pudiéramos vivir en un país que había reunido gracias al fútbol, las condiciones mínimas de superviviencia, que cualquier ser humano anhela para desarrollarse en libertad”.

Historial Argentina-Holanda: El primer antecedente de este choque de estilos, fueron dos finales de la Intercontinental: en 1970 la derrota de Estudiantes ante el Feijenorrd y 1972, la caída Independiente frente al Ajax de Johan Cruyff, que dirigía el rumano Stefan Kovacs. Después los dos partidos de selecciones de 1974: en la previa del Mundial alemán (1-4) y luego por la segunda fase de la Copa (0-4). La final del ’78, fue la primera victoria argentina, en esta suma de equipos y selecciones.

Argentina 3-Holanda 1 (Buenos Aires, River)
Por momentos el partido parecía escapado de un guión cinematográfico. El empate holandés a 9’ del final, la pelota de Resenbrink en el palo en tiempo adicionado, la heroicidad de Kempes en el segundo gol y las atajadas imposibles de Fillol para clausurar su arco; fueron los picos más altos de 120’ con características de película deportiva sobrecargada de épica. Partido durísimo, que Argentina sacó adelante con la mejor cuota fútbol que se le vio en todo el torneo. Colectivamente funcionaron muy equilibradas las tres líneas, pero hubo rendimientos individuales que se transformaron en el techo de las carreras de algunos (Galván y Olguín) y en la gran confirmación planetaria de otros (Fillol, Passarella, Gallego, Kempes y Bertoni). Posiblemente la atajada del Pato a los 27’ del primer tiempo a Rep, haya sido su techo mundialista. Argentina tuvo funcionamiento pleno, hasta la segunda mitad del complemento; cuando Holanda impuso sus condiciones hasta el minuto 90. El suplementario tuvo otra vez al equipo de Menotti como protagonista, cuando sus volantes ofensivos y sus delanteros, recuperaron la iniciativa en campo europeo.

Argentina: Fillol; Olguín, Luis Galván, Pasarella y Tarantini; Ardiles (Larrosa 66’), Gallego y Kempes; Bertoni, Luque y Ortiz (Houseman 74’). DT: César Luis Menotti.
Holanda: Jongbloed; Jansen (Suurbier 72’), Brandts, Krol y Poortvliet; Willy Van de Kerkhof, Neeskens y Haan; René Van de Kerkhof, Resenbrink y Rep (Naninga ‘58). DT: Ernst Happel. Goles: Kempes 37’, Naninga 81’, Kempes 103’ y Bertoni 114’.
Arbitro: Sergio Gonella (Italia).
Estadio: River Plate.

“El día de la final del Mundial, estábamos solos en mi casa con mi marido. Cuando terminó el partido, se descompuso. Era tanta su angustia de ver a la gente festejando, de escuchar las voces y los gritos en la calle, que no lo pudo soportar. Tuvo un infarto. Cuando pedí ayuda, me contestaron que no había médicos que fueran a mi casa. Salí y entre todos los autos que pasaron rumbo al centro, un vecino detuvo a una pick up para llevarlo al hospital. Murió en el trayecto. En ese mismo momento, en la cancha estaban los genocidas festejando, sabiendo que había miles de personas muertas o padeciendo la tortura en centros clandestinos de detención” (Mirta Baravalle Acuña de Baravalle, Madres de Plaza de Mayo).

Los profetas del odio: En la central de la de La Razón del domingo 25 de junio, el diario grita que “La Argentina mostró al mundo rostro noble, alma limpia y corazón abierto” y dice que la copa fue “Una respuesta al desafío de los profetas del odio” (“Los profetas del odio”, título de uno de los libros escritos en el exilio por Juan Domingo Perón). El editorial político-social, comenzaba planteando que “El impresionante estallido de júbilo que erosionó el cuerpo del país en las últimas horas comienza a alimentar las especulaciones de sociólogos, psicólogos y filósofos (tres disciplinas condenadas a muerte o condenadas al exilio, durante la dictadura; que fueron señaladas como un atentado a los valores de la patria). Es lógico que así sea, puesto que en toda manifestación multitudinaria de alegría siempre juegan elementos cambiantes y subyacentes que a veces resulta difícil aprehender. Para el argentino, un pueblo con la sabiduría de sufrir y gozar que ha padecido los golpes de una agresión multiforme, ese plebiscito de alegría bien puede tener el carácter de una respuesta (un plebiscito de alegría en pleno estado de sitio, con la urnas bien guardadas y el opositor masacrado por un genocidio sin precedentes, es una metáfora macabra que festejaba el regreso del voto a través del ¡dale campeón!). La réplica apuntaría a episodios no tan lejanos, cuando una bien orquestada campaña de deformación en el exterior aventuró a decir que los edificios destruidos en la avenida 9 de Julio eran la consecuencia de bombardeos por parte de las Fuerzas Armadas a los estudiantes o bien que las mallas de alambre, ubicadas para seguridad de los automovilistas en el autódromo, no eran sino el perímetro de campos de concentración (negar los centros clandestinos, cuando nadie hablaba de ellos a través de los medios de comunicación, era la confirmación de su existencia). Cabría recordar que a esa feroz campaña se sumaron otros ingredientes capaces de conmover hasta a los más indiferentes. Así por ejemplo, una famosa cantante italiana, muy conocida por el público argentino, tuvo expresiones poco felices en Roma sobre su estada en nuestro país y afortunadamente pocos periodistas del exterior que viajaron para cubrir el Mundial, apelaron a recursos nada éticos para lograr la nota sensacionalista”. Finalizó La Razón sentenciando, que “El misterioso encuentro de miles de seres, ocurrido en las últimas horas en todo el país, bien puede en este caso romper los esquemas que hacen a un partido o a un campeonato de fútbol. La Argentina necesitaba ganar, pero además necesitaba gritarlo, y lo hizo. Era la mejor forma de expresar que el país esté en pie, que tiene capacidad de recuperación y que sabe dar respuestas y las ha brindado a todos los países del mundo”.
Vuelve en contratapa a jugar con aquel título del Perón proscripto: “Con la fiesta de hoy culmina el campeonato Mundial de Fútbol de 1978. Pese a las voces agoreras de los profetas del odio, que obedecen en muchos casos a una bien orquestada campaña internacional, la Argentina demostró al mundo cuánto es capaz de hacer. Superando las dificultades de una situación económica aún en vías de recuperación, allanando las diferencias que una guerra solapada quiso sembrar en el alma argentina y afirmando la fe en el hombre común, nuestro país hizo honor a la palabra empeñada, llevando a buen término obras y proyectos, y rodeando a lo estrictamente deportivo de calor y humanidad. Los elogios surgieron entonces por doquier. Quienes estuvieron en nuestro país y cotejaron la realidad con las múltiples fantasías que circulan por el mundo, pudieron decir con nuestro himno: ¡Al gran pueblo argentino, salud!”.
En página 7 y mezclado con el comentario futbolístico de la final, apareció un suelto (“La rara felicidad”), que buscaba subrayar el nacimiento de una nueva juventud, muy distante de aquella que era la presa de la cacería humana de las tres armas. Un relato de ficción, sin firma que ampara el “por algo será” demonizando a la militancia política: “Diecisiete años. Llegó a la casa con el blue jean roto, los zapatos abiertos en la punta, por donde salía la media rota. La camisa, de la misma tela del pantalón, hecha girones. Lo único que traía en las manos era una bandera argentina, desteñida, arrugada y desflecada… (imágen bélica, simbolizando el regreso de un soldado del campo de batalla). Volvía de River. Ronco, transpirado, con el cabello sobre la frente y le dijo a la madre: ‘Por favor, haceme un par de sándwiches que salgo otra vez, apenas llegue Fernando para buscarme’. Lo único que hizo fue lavarse la cara. Después, apenas sonó el timbre del portero eléctrico, volvió a salir con la misma velocidad con que entró. ‘Me voy a festejar al centro con los muchachos. No me esperés, porque vuelvo tarde… Yo llevo llave, chau’. Y bajó las escaleras (4 pisos) sin tomar el ascensor. Desde el balcón los padres vieron a su hijo mezclarse entre la multitud al grito de ‘Ar-gen-tina, Ar-gen-tina’. La madre regresó al comedor lagrimeando. ‘Y mirá -le dijo al marido- esto por lo menos es sano, no es política… y lloro porque nunca lo he visto tan feliz”. La única nota “crítica” que se permitió la publicación, estuvo relacionada con el precio de los pitos… En un pequeño recuadro de página 9, por fin apareció el compromiso periodístico con la verdad, en otra charla imaginaria con eje en la familia: “Papá, que lindo es Kempes y que bien juega”. “Nena, ¡cuánto tiempo hace que ves fútbol como para opinar?”. “Pero papá…, no hace falta tener 40 años para saber que Kempes es lindo y juega bien”. El diálogo en una casa porteña, fue interrumpido inesperadamente por la madre: ‘Quise comprar dos pitos para que los chicos celebren. ¿sabés cuánto me cuestan? Trescientos pesos cada uno. Están locos”.

Plan Cóndor: La dictadura había convocado a otros dos generales sudamericanos, para completar la foto de familia, de aquel 25 de junio. Solo pudo estar presente en el Monumental, el boliviano Hugo Banzer. El que con aviso faltó a la cita, fue Augusto Pinochet. El 22 de junio, el gobierno de Jimmy Carter retiró a su embajador de Santiago de Chile, en protesta por la falta de colaboración en la investigación del asesinato del canciller chileno Osvaldo Letelier, ocurrido en Washington.

La noche de los campeones en el Plaza Hotel: En la cabecera del Salón Dorado, la Junta Militar (Videla-Massera-Agosti) y junto a ellos, el presidente de Bolivia, el general, Hugo Banzer Suárez. En las mesas más cercanas, el gabinete argentino, el titular de la Corte Suprema, embajadores de todo el planeta y por supuesto, el titular de la Federación, Joao Havelange. El plantel argentino y cerca de 300 invitados, colmaron los dos salones más importantes del Hotel Plaza. Pero en el acto de clausura del XI Campeonato Mundial de Fútbol, faltó Holanda. La ausencia del segundo, fue una gigantesca mancha naranja en una noche donde la FIFA y la dictadura pretendieron sin suerte ignorar el desplante. Lejos de ser el fútbol el condimento más importante del acto, la noche fue copada por el general. El resultado del campeonato dijo Videla, “permite pensar que aún es posible vivir en unidad y diversidad y es también el símbolo de la paz. Una paz que merezca ser vivida”.
Argentina ganó el torneo, “gracias a un pueblo orgulloso de su pasado, que no reniega de su presente y vive alegremente, yo diría heroicamente, la esperanza de un futuro promisorio”. Luego subrayó el rol de Havelange y del periodismo internacional, por permitir el Mundial en dictadura y por mostrar a “la verdadera Argentina”: “Quiero agradecer a quienes permitieron que la Argentina fuera sede esta justa y le dieron la oportunidad para demostrar de lo que es capaz el pueblo argentino. Eso significó un voto de confianza. Gracias a los medios de comunicación que permitieron a millones de personas de todo el mundo, observar a la Argentina durante los últimos 25 días”.
Recordó al primer presidente del EAM, cuando señaló que pocos días después de haber asumido como titular del Ente Autárquico Mundial ’78, el general de división posmorten Omar Actis, “fue vilmente asesinado por el terrorismo subversivo por el solo pecado de haber sumado esfuerzo a la causa del bien común”. Los premios de la FIFA fueron para Kempes (Botín de Oro, goleador y Balón de Oro, mejor jugador del torneo). Pero el galardón que Havelange orquestó a medida de los requerimientos de la dictadura, fue el trofeo Fair Play a la Selección argentina. Aquella estatuilla que Videla le entregó en el escenario a Passarella y Luque, pretendía terminar futbolísticamente con el “animals” que había nacido en Inglaterra ’66 y mostrar al mundo que este nuevo país, tenía también valores deportivos acordes a los standares internacionales.

500 mil ejemplares: Ese número anunció Atlántida en su edición 3064, del 27 de junio. El ejemplar histórico con Passarella levantando la copa en la tapa, ante la atenta mirada de Ardiles y Larrosa (“La hora más gloriosa del fútbol argentino”), tuvo 156 páginas.

“Sucesos argentinos”: “Argentina campeón mundial. Sí. Y lo decimos con fuerza y orgullo, porque Argentina, enfrentando campañas y descreimientos, abrió sus puertas al mundo y en un gesto de verdadera humildad, afiliados a la FIFA disputaron el preciado título de campeón mundial al único grito de ¡Argentina!”. El histórico noticiero cinematográfico oficialista, con su acostumbrada redacción barroca y la voz de Enrique Alejandro Mancini, hablan de un país que obtuvo mucho más que una vuelta olímpica: “Argentina un pueblo unido exteriorizó sus sentimientos, acompañando cada una de las actuaciones de nuestra Selección. Y las calles del país se vieron desbordadas por la euforia de un gran triunfo, no el del título, sino el del país. Con una organización perfecta, con un público que dejó atónitas a las delegaciones, Argentina mostró su verdad. Y allí en un trámite emotivo, digno de dos escuelas de fútbol, los hombres de Menotti arrancaron un júbilo indescriptible”.

25 June 1978, Argentina 3-Países Bajos 1: Bajo este rótulo la FIFA en su página web, analiza de la final del ’78, en el marco del resumen de los partidos más importante de la historia de los mundiales.
“Si hubo una final que no se destacó por la técnica ni por virtuosa, pero sí por la pasión y la garra de los equipos… esa fue la de la Copa Mundial de la FIFA Argentina 1978.
La fiereza de los locales por alcanzar su primer título chocó en el Estadio Monumental de Buenos Aires con la experiencia y la calma de los holandeses, que jugaban su segunda final consecutiva. Aquel 25 de junio, el pueblo argentino jugó un papel fundamental en el desarrollo del juego, incluso desde la salida de los equipos. Las 80 mil personas que acudieron al encuentro “regaron” el césped con papelitos y serpentinas. A esa hora, todos soñaban, pero no sabían, que dos horas más tarde explotarían de alegría con los goles de Kempes y el trofeo en manos de Daniel Alberto Passarella.
El comienzo del encuentro no fue de los más atractivos que se hayan visto en la historia de la competencia. Sin embargo, la entrega de cada uno de los jugadores emocionó a los aficionados que presenciaron la coronación del seleccionado conducido por Cesar Luis Menotti.
La primera llegada de peligro fue para los visitantes y, por supuesto, con una pelota detenida. El centro desde la izquierda encontró la cabeza de Jonny Rep, quien desvió la trayectoria del balón. Ubaldo Fillol, parado y sorprendido, observó como su arco se salvaba de milagro.
Esa llegada de los europeos despertó a los locales, que tocados en su orgullo y alentados por todo el estadio fueron en busca del primer tanto. El primero en intentar fue Daniel Passarella, quien remató un tiro libre que contuvo sin problemas Jan Jongbloed. Y un minuto después, el que lo perdió increíblemente fue Leopoldo Jacinto Luque, quien no pudo definir con el arco a su disposición”.
Fillol, un monstruo del arco: “El arquero argentino se había mostrado seguro en todo el torneo, pero en la final demostró que podía adaptarse sin problemas a las situaciones límites. A los 25 minutos, Jonny Rep quedó cara a cara con él y con el arco a su disposición. El holandés probó con una volea violenta, que el arquero argentino logró despejar al tiro de esquina con una mano. Ese fue el primer aviso: vencerlo no sería tarea fácil para nadie”. La explosión del Monumental: “Entre tanta lucha, pelea, pasión y entrega… apareció el goleador para aportar claridad. Cuando todo parecía indicar que el primer tiempo se iría sin pena ni gloria, Argentina logró abrir el marcador. Osvaldo Ardiles le pasó el balón a Leopoldo Luque, quien hizo seguir el juego hacia Mario Kempes. El Matador, que casi no había entrado en juego, guapeó entre dos defensores rivales y definió ante la salida de Jongbloed (1-0, 37´). Fue un gol de concepción poco clara, como lo había sido todo el encuentro. El primer tiempo se terminaba con Argentina acariciando el trofeo”.
Más de lo mismo: “La segunda mitad fue una copia fiel de lo que habían brindado ambas selecciones en los 45 minutos iniciales. La lucha se situó en la mitad del terreno, y las oportunidades de marcar frente a los arcos se sucedían producto de guapezas individuales o errores defensivos”.
A la cancha el verdugo: “Ante la falta de ideas y la dura marca de los argentinos para mantener la ventaja, Ernst Happel buscó variantes en el banco de suplentes. Y vaya si las encontró. A los 59 minutos hizo ingresar a Dick Nanninga, quien a la postre resultaría clave en la historia del partido.
Pese a los cambios de Happel, el empuje de los hermanos Willy y René Van de Kerkhof, Resenbrink y compañía, las ansias de igualar el resultado chocaron durante todo el segundo tiempo contra la garra de Passarella, Tarantini y todo el pueblo argentino. Menotti, ante el avance del reloj, retrasó a su equipo y lo paró de contragolpe, aguardando que los sucesores de la “Naranja Mecánica” se descuidaran en defensa. Las situaciones de peligro, aún con los ingresos de René Houseman y Omar Larrosa, brillaban por su ausencia. Tan sólo una llegada de Luque (no llegó a conectar un centro ante Jongbloed) y algunos centros que hicieron lucir a Fillol amenazaron con cambiar el marcador, que parecía inalterable”.
Enmudece el Monumental: “Ante el paso del reloj, los argentinos creían estar cada vez más cerca del ansiado trofeo. Creían… porque faltando poco para el final, Holanda aprovechó su experiencia y frialdad en partidos decisivos: Nanninga se metió en el área y tras una desinteligencia defensiva, marcó el empate con un cabezazo (1-1, 82´). A 8 minutos del final, la situación se complicaba para los dueños de casa.
El empate enmudeció a la multitud albiceleste y pareció tener efecto en el equipo local, que se quedó sin reacción y casi lo sufre en el último suspiro. Un nuevo quedo de la línea defensiva dejó rematar a Rob Resenbrink contra el arco del vencido Fillol. El balón se apiadó de los argentinos y pegó en el poste. Algunos memoriosos dicen que el 25 de junio fue el día con más infartos en la historia del país…”.
El tiempo extra renueva la alegría argentina: “El encuentro se fue directo al tiempo suplementario, que por aquel entonces no contaba con la ley del Gol de Oro. El equipo argentino pareció entender el mensaje de Menotti tras el final del período reglamentario y se volvió a conectar con la pelota. Holanda, tal vez por temor a quedarse con las manos vacías, cedió la iniciativa y sufrió por eso. Kempes, que no había aparecido en los segundos 45 minutos, volvió a dejar el alma en el área. En una jugada plagada de rebotes, tras guapear entre dos defensores y el arquero, el Matador alcanzó a empujar con el alma el balón bajo los 3 palos y sentenciar la suerte del encuentro (2-1, 105´). Su festejo con la melena al viento y los brazos en alto recorrieron el mundo y aún se mantienen como la imagen representativa de esa histórica victoria argentina, que se ampliaría aún más.
Los europeos cayeron moralmente con el gol de Kempes y desesperados por la desventaja, se descuidaron en el fondo. Ya sobre el final del partido, un nuevo rebote (la constante de la tarde) y una doble pared descolocaron a Jongbloed, que quedó descolocado en el arco Naranja. El favorecido fue Bertoni, que sin oposición alguna remató cruzado, cerró el resultado y desató la locura local (3-1, 116´). Argentina alcanzó su primer Copa del Mundo de la FIFA ante un combinado holandés que perdió su segunda final consecutiva, esta vez sin Johan Cruyff. Por el lado de los albicelestes, la imagen de Passarella con la Copa en alto significó la confirmación de que una nueva potencia mundial había nacido”.

La tapa del suplemento deportivo de La Prensa, del lunes 26 de junio, titula “Campeones” y muestra las caras de los tres responsables de “las victorias”: César Luis Menotti, el General Antonio Luis Merlo y el Contralmirante Carlos Alberto Lacoste.

Los editoriales del 26 de junio: “Clarín Mundial” (suplemento del diario Clarín): Bajo el título “Apostamos todo a ganador”, la sección Deportes aseguró que “Si existe el carro del vencedor, nosotros no nos subimos ahora a él, porque ya estábamos dentro desde hace mucho tiempo. Cuando comenzó el proceso. Clarín apostó en ese instante, todo a ganador. Argentina necesitaba un equipo competitivo, que jugase de igual a igual con los mejores. Que fuese capaz de hacerlo con valentía, sin especulación, sin miedo a perder, que fuese un equipo futbolística y moralmente ganador. Por eso apoyamos sin reticencias el proceso. Por eso lo sostuvimos cuando eran muy pocos los que tenían fe en él. Nunca renunciamos a la crítica de un partido circunstancial. Nunca le dimos tampoco demasiada importancia al accidente de una derrota casual. Nos importó cuando el equipo jugó bien o jugó mal. Porque estábamos sosteniendo una forma de jugar y sentir el fútbol. Una idea. Un gran proyecto”. En la crónica de la final, “Clarín” soltó otro editorial: “Las sonrisas cómplices, los pulgares levantados. En esa identificación única, fervorosa, inédita, entre todos los argentinos, donde quiera que estuvieran. Este deporte tenía la ventaja adicional de concentrar la atención mundial, permitiendo borrar a la vez imágenes falaces que se propalan sobre nuestro país en el exterior, y las propias sensaciones, interiorizadas de quietismo o incapacidad”.

Antonio Requeni, “La Prensa” (“Un triunfo para el país”): “El desborde de entusiasmo, las escenas de euforia, lindantes con el paroxismo, observadas en el gentío que ayer recorrió las calles de la ciudad, constituyeron la prueba de un estado de júbilo prácticamente unánime y definitorio, de lo que ha significado esta victoria deportiva para el país. A nuestro parecer, lo positivo de este campeonato y su dichoso desenlace, ha sido el entusiasmo manifestado en exteriorizaciones desprovistas de agresividad y resentimiento, la alegría y fraternidad que unió a todos los argentinos sin distinciones de clase o ideas, ante los ojos del mundo. Que lindo sería que el mismo fervor que celebró ayer la triple irrupción de una pelota en el espacio comprendido por dos postes y un travesaño, acompañara a otros goles, acaso menos espectaculares pero más trascendentes como los que, de vez en cuanto anotan para el país Luis Federico Leloir, Jorge Luis Borges, Antonio Berni y otros jugadores argentinos”.

En “El Grafico” del 27 de junio (3064), apareció una producción con la intimidad de la concentración el día anterior y la mañana de la final (“Sábado y domingo junto a los muchachos”). El epígrafe que cuenta qué encontraron en la mesa de luz de Menotti, comienza con un dato singular: “El revólver que se trajo para que su señora no se asuste”. Luego describe: “La credencial. Un pequeño grabador, el transmisor portátil, un libro (autor Néstor Kraly, hijo del secretario técnico), telegramas, cartas, dinero. Y la gorra colgada del velador que identifica al flaco, a Menotti”. Carlos Ares agrega en la nota, que el sábado la Selección entrenó por última vez, llegaron telegramas de Guillermo Vilas y de la orquesta de Osvaldo Pugliese y telefónicamente, Diego Maradona envió un saludo para todo el plantel. El domingo, misa, charla técnica y a la cancha. El jueves 5 de marzo de 1987, el Boca de Menotti enfrentaba a Estudiantes en La Plata. Al bajar la delegación, el Flaco, el profe Dean y Osvaldo Rinaldi equivocan el camino al vestuario y quedaron separados del resto del plantel. Los rodearon unos 100 barras del Pincha. Insultos, patadas y manotazos. Hasta que Menotti, metió su mano derecha en un bolsito, amagó sacar un objeto y un policía lo frenó. Según testigos, vieron un arma de fuego empuñada por el entrenador y apuntando contra la gente. Todo terminó cuando Insúa (Estudiantes) abrió una puerta y sacó del lugar a los tres hombres de Boca.
La historia oficial sentenció que la policía revisó el vestuario visitante y encontró un revólver calibre 38 pero de juguete. Nunca se supo, si aquella pistola era la misma que el técnico tenía en su mesita de luz de 1978.

La corrección del rebaño: El 27 de junio, La Nación tituló “El pueblo argentino recibió un galardón”. El matutino informó que “La Asociación Internacional contra la Violencia en los Juegos Deportivos, con sede en Mónaco y que preside el príncipe Rainiero, otorgó al pueblo argentino el trofeo con que premia la citada entidad la corrección, generosidad y respeto en los espectáculos deportivos” La nota finaliza diciendo que “Tal vez éste es un premio muy difícil de conquistar, pero al obtenerlo el pueblo argentino demostró al mundo que no es imposible mantener una conducta intachable. En un campeonato mundial es muy difícil mantener un control psíquico riguroso y para eso hay que tener el suficiente equilibro emocional. Los argentinos lo han demostrado y esa demostración valió, finalmente, para alcanzar el codiciado premio”.

“Cuando fue el Mundial, yo estaba preso en la unidad 7 de La Plata, que era una cárcel de 1.500 presos y éramos alrededor de 60, los que estábamos en calidad de rehenes del general Camps, a cargo de la policía de la provincia de Buenos Aires y del general Suárez Mason, titular del Primer Cuerpo de Ejército. 30 provenían de Montoneros, en el pabellón 1 y otros 30 del ERP, en el pabellón 2. Esos pabellones los crearon a principios del ’77 y apenas los abrieron, sacaron a varios compañeros y los fusilaron. Y a lo largo de un año y medio, fusilaron utilizando como pretexto intentos de fuga y otras mentiras, asesinaron a varios compañeros. Primero mataron a Rufino Pirles y Dardo Cabo, que fueron sacados el 5 de enero de su celda, para un supuesto traslado. Fueron asesinados en la localidad de Brandsen.
“También desaparecieron a varios familiares de los que estábamos ahí presos, concretamente cuando terminó el Mundial de fútbol a mi madre la secuestraron. Me iba a visitar regularmente y participaba solidariamente de la lucha de otros familiares de presos y desaparecidos. Pocos días después de la finalización del Mundial, se la llevaron a ella y al hermano de Ernesto Villanueva, otro compañero preso en La Plata en el pabellón 1.
El recuerdo del Mundial está teñido, de las condiciones en las que me tocó pasarla, pero fundamentalmente, por la indignidad de un enemigo que no tenía respeto, ni siquiera por la vida de mujeres mayores” (Eduardo Anguita).

A Matilde Vara de Anguita, la secuestraron el 24 de julio. Dos hombres de civil, ingresaron a la inmobiliaria Peña en Av. de Mayo al 700 y le dijeron que debía acompañarlos. Le permitieron hacer un llamado desde el café Tortoni y luego de hablar con Ana, la esposa de Horacio, hermano de Eduardo, Matilde gritó y forcejeó. La sacaron a la rastra y permanece desaparecida.

Lacoste en el mundo River: El contralmirante manejaba el club de Aragón Cabrera (1973-1983) y tenía muy buena relación con la oposición. En julio del ’78, los miembros del Movimiento de Conducción Riverplatense, organizaron una cena-show para homenajearlo en el Hotel Alvear. El titular del Movimiento, era Hugo Santilli (presidente 1983-1989) y el número dos, Alfredo Davicce (1989-1997). Cuando Santilli manejó el club, fue acusado de contratar “carapintadas” que protagonizaron el levantamiento de Semana Santa, en la seguridad del Monumental.
“La tarea que no conoció pausas”: En el anuario del Círculo de Periodistas Deportivos (el vicepresidente de la entidad era Aldo Proietto, jefe de prensa de Lacoste), su director Pedro Valdés se encargó de elevar a la condición de héroes, a los dos responsables del EAM: su presidente, el General de Brigada (R) Antonio Merlo y el vice, el contraalmirante Carlos Alberto Lacoste. Comienza planteando en la presentación de la nota (“Una planificación inteligente, para la tarea que no conoció pausas”), que “Pudimos demostrar una vez más en este campo, que los grandes problemas argentinos pueden solucionarse eficazmente y con rapidez, si en la designación de los responsables prevalece la idoneidad y la profunda vocación de servicio”. El informe comenzaba planteando el listado de obras de “sensato aprovechamiento”, que dejó para el futuro el Ente Autárquico: “Comunicaciones, caminos, aeropuertos remodelados, televisión cromática e infraestructura deportiva”. Hablaba de realizaciones llevadas a cabo con “devoción secular”, que consiguieron “reubicar la imagen argentina en el exterior”. Valdés asegura, que el saldo de este trabajo, “significó un hecho inédito: la salida masiva de la población en todo el territorio a las calles y plazas, exaltando el contenido de la fe”. Agregó que el Mundial ’78, terminó con nuestra “vetusta mentalidad derrotista”, esa “culta opción” que “pudo ser tema de presionados sociólogos que debieron repasar y corregir sus conceptos ante el realismo cabal del país y sus circunstancias”.

Alberto Laya (La Nación), ganó el concurso auspiciado por las empresas La Martona y Longueira y Longueira, por su nota “Vamos argentina, todavía”. Participaron 38 notas de socios del Círculo y en la cena anual de la entidad, el general Merlo fue el encargado de entregar el premio.
“Olímpico” (seudónimo histórico de Laya), sentenció en una nota donde traza constantemente un paralelo entre fútbol y sociedad argentina, que “Se jugó y se ganó. Y se ganó con ímpetu, sin blandas caídas, esas que durante largos años, casi una eternidad, enrolaron al país en el astillado peregrinaje del fracaso. Hubo un deseo ardiente por dejar de ser lo que se había sido y por comenzar a ser lo que todos merecían: una inmensa hermandad con mentalidad ganadora. Nunca se registró un hecho igual. Milagro de la fe o de lo que fuese, se luchó como no se había luchado nunca. Ya no había indiferentes, ese bando fofo de la abulia que se resigna a perder antes de comenzar a pelear. El fútbol, ese universo a veces desarmónico, se olvidó de sus desacuerdos y creó un equilibrio de voluntades que se resistían a admitir, ni siquiera remotamente ninguna posibilidad adversa. Alguna vez se dijo que este mundial lo jugaban veinticinco millones de argentinos. Parecía es cierto, una exageración. Se perdonaba el slogan porque al fin, irradiaba a todo el país una imperiosa necesidad de vencer y además, parecía querer sacudirlo de su vocación resignada de desdén por todo o por casi todo”. Finalizó la nota, con una arenga propia de un escriba cuya misión, era sacarle brillo al rústico discurso castrense: “La ciudad, el país, se desveló. No durmió. Valía la pena el insomnio, porque había sido un hecho único, nunca registrado hasta ahora. El mundial se fue. No murió. Vivirá siempre como un ejemplo de fe. La Argentina quiere. La Argentina puede. ¡Vamos argentina todavía!”.

Un par de buenos negocios editoriales: “Como ganamos la Copa del Mundo” fue el título elegido por “El Gráfico” para editar una publicación de 192 páginas en la que César Luis Menotti, contó su experiencia mundialista. “¿Quién conoce mejor que nadie todo lo que vivió el plantel? ¿Quién puede contar lo que ningún periodista supo? ¿Quién puede revelar la verdad sobre este proceso? Un solo hombre: Menotti”. Con estas preguntas, que para Atlántida tenían una única respuesta, se publicitaba la salida urgente de pan cliente. “En este libro el director técnico de la selección traza una visión completa de la etapa que lo tuvo como protagonista -decía el aviso-. Los comienzos. Sus convicciones. Los primeros equipos. La selección juvenil, la selección del interior, la selección mayor. Los conflictos que fueron sucediéndose. Los puntos más altos: el partido frente a Uruguay en Vélez, la goleada a Hungría. Los peores momentos: la derrota ante Paraguay. Después la concentración, la espera y finalmente el Mundial. Cada partido está tratado en un capítulo especial. Las dos series y la inolvidable final. Es un documento único que nos concierne a todos los que vibramos con las emociones del Mundial y sus largas vísperas”. “Un día subo a un taxi, saludo, yo siempre saludo y veo que el tipo me fichaba por el espejito. Era un negro grandote. Le digo ‘hasta Suipacha al…’. El tipo manejaba y no dejaba de ficharme por el espejo. En un semáforo se da vuelta, me da un papel y me pide que le firme. Yo no podía creer que me pidiera un autógrafo, porque me daba la impresión que no estaba en esa. Entonces se ve que vio mi duda y me aclaró… – ¿Sabe por qué se lo pido? Porque volví a ser feliz. El fútbol había arruinado mi vida, estaba terminado. Me peleaba con mi mujer, le pegaba al pibe, era un tipo inaguantable, incluso para mis mejores amigos. Cada vez que iba a la cancha me agarraba un ataque, era un enfermo. Hasta que apareció Huracán y me salvé, me curó ese equipo… Bah, pero no se agrande que en realidad es por algo mucho más importante. Gracias a usted, un diario publicó que nosotros ganábamos muy poca guita. ¿No sabía? ¡Pero viejo! ¿No leyó que lo critican porque gana mucha guita en la Selección mientras los obreros no ganan para comer…? Por eso le agradezco, de otro modo nunca nos hubieran dado bolilla” (Fragmento de “Cómo ganamos la Copa del Mundo”).
Paralelamente, la misma revista sacó “Las mejores 100 fotos del Mundial”. Esa galería de imágenes, transformada en un número especial de colección de “El Gráfico”, contenía “Los goles. Los momentos decisivos. La fiesta inaugural. La inolvidable final. 40 reporteros gráficos obtuvieron más de 100.000 fotos a través de todo el torneo. De ellas hemos elegido 100, las más espectaculares, para volcarlas en 80 páginas a todo color. En esta publicación están todas las emociones del Mundial. Para que usted reviva estos 25 días, durante los próximos 100 años”.
A 15 días de la finalización del Mundial, estaban en la calle la primera edición de ambas publicaciones a 5 mil pesos cada una. En julio, la segunda. “Como tres argentinos más: El júbilo ya atrapaba al país. En el estadio de River Plate, el tercer gol ante los holandeses estalla en ochenta mil gargantas. Hay tres muy especiales, pero gritan como si fueran tres argentinos más… El almirante Emilio Eduardo Massera; el presidente de la Nación, teniente general Jorge Rafael Videla; el brigadier general Orlando Ramón Agosti. Son los tres miembros de la Junta de Gobierno. Esta vez el protocolo fue un grito profundo, una exclamación nacida en el alma. Es que tanta emoción no podía expresarse de otra manera” (Epígrafe del grito de gol de la Junta Militar, en la final). A mediados de abril de 1980, “El Gráfico” editó el segundo libro de Menotti, titulado “Fútbol, deporte y profesión”. El técnico decía que era un trabajo escrito “amor y bronca”, en el que resumía su vida y su carrera deportiva. Siete capítulos: “Mi fútbol” (“Cada hincha es el jugador que alguna vez quiso ser”), “Mi niñez” (“Nací en una cancha de fútbol”), “Yo jugador” (“Rosario Central fue la vocación, la pasión de acceder al fútbol con la camiseta que soñé en mi infancia”), “A mi alrededor” (“La droga la utilizan los mediocres”), “Los secretos de cada puesto” (“Los hombres que no manejan para nada la pelota, en mi equipo no tienen lugar”)”De Pelé a Maradona” (“Digo Pelé y le veo esa mirada felina, provocadora de miedo en los rivales”) y “El fútbol del futuro” (“Algún día, estoy seguro, alcanzaremos el ideal de poder formar un equipo de Maradonas”). Menotti vendía el texto, diciendo que era una mezcla de técnico y recuerdos, profesionalismo y sentimientos. Porque era la única manera de mostrarme tal cual soy y entregarme abiertamente”.

La 6º de “La Razón” del domingo 25 de junio, contó en un recuadro titulado “Maradona”: “El Nápoli está interesado en la contratación de Diego Maradona y realiza las gestiones ante Argentinos Juniors”. Agregaba el diario, que “La revelación fue hecha por dirigentes de la institución local, quienes agregaron que el director técnico del Nápoli, Gianni Dia Marzio, efectuó en Buenos Aires los contactos necesarios para obtener la prioridad por el pase del jugador”.

Fuente: «Tribunas sin pueblo», de Gustavo Campana.
Foto de portada: Mario Alberto Kempes, el hombre más importante de Argentina en la segunda fase, fue el gran valor agregado del equipo de Menotti en la final frente a Holanda.

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