Abril de 1908. Londres preparaba los Juegos Olímpicos, que iban a comenzar a mediados de julio y que incluían al fútbol como disciplina; en marzo había muerto Edmondo De Amicis y ya llevaba dos meses la carrera alrededor del mundo en automóvil, que libraron seis pilotos uniendo Nueva York con París a fines de julio.
En la Argentina, todavía le quedaban dos años de mandato a José Figueroa Alcorta, el vice de Manuel Quintana que tuvo que asumir en 1906, ante la muerte del presidente. En ese otoño, los diarios todavía hablaban de aquella polémica de fines de enero, cuando Alcorta ordenó la clausura del Congreso Nacional, ante la sistemática oposición de los legisladores para aprobar el Presupuesto. En el arranque del siglo XX, el joven “granero del mundo”, aseguraba prosperidad económica para pocos y fraude electoral para muchos…
Por entonces, habían pasado 41 años de aquella histórica convocatoria que hicieron los fundadores del Buenos Aires Football Club, a través de las páginas de “The Standard”; el más importante de los periódicos de la colectividad inglesa del país.
Los hermanos Thomas y James Hogg, socios del Buenos Aires Cricket Club, entidad que ocupaba los terrenos del actual Planetario de la ciudad, fue uno de los padres de ese primer club de fútbol de Sudamérica. Desde la capital inglesa les habían llegado las nuevas reglas de este deporte, que se discutían en la capital inglesa desde 1863, cuando en una taberna se fundó la Football Association.
Comenzaba a terminar de moldearse en la segunda mitad del siglo XIX, un juego que juntando retazos de los historia, sabemos que ya se practicaba con distintos formatos desde el 2500 antes de Cristo en China y que sobrevivió a través del tiempo en las versiones que crearon incas, asirios, egipcios, griegos, romanos y florentinos.
Abril de 1908. Los diarios de Buenos Aires, informaban sobre el Primer Congreso Internacional de Psicoanálisis, que se llevaba a cabo en Salzburgo; hacía un mes que Portugal había enterrado a Carlos I y a su hijo, asesinados en un atentado y Henry Ford supervisaba en su planta, cada detalle de un modelo que cuatro meses después, saldría a la venta para revolucionar el mercado: el Ford T.
Los porteños eran testigos de los últimos trabajos en el nuevo y definitivo edificio del Teatro Colón, que tenía prevista su inauguración para el 25 de mayo y hablaban del ferrocarril que en pocas semanas iba unir Buenos Aires con Entre Ríos.
Habían pasado 41 años, de ese raro aviso que pusieron los Hogg en “The Standard”, invitando para el 20 de junio de 1867, en el Buenos Aires Cricket, a todos los hombres que quisieran conocer el nuevo reglamento de un juego que jugaban los británicos desde hacía más de 20 años en la Argentina. Cerca del puerto y a la vera de las vías del ferrocarril, se juntaban a despuntar esa rara costumbre sajona, marineros y obreros.
Los muchachos del Buenos Aires Football Club, ordenaron desde su sede en Temple 38 (hoy Viamonte), concurrir con gorras blancas o rojas. Juntaron 8 jugadores por bando. Muchos de los jóvenes que se habían comprometido a vivir la experiencia, en el corazón de los bosques de Palermo, desistieron por temor al ridículo que podía provocar, aparecer con pantalones cortos ante las damas del lugar. El diario se encargó de informar que después de dos horas de juego, los blancos habían ganado 4-0.
Alejandro Watson Hutton desde el English High’s School, la casa donde nació el viejo Alumni, terminó de instalar el fútbol entre nosotros, con la creación de la Argentine Association Football League, el 21 de Febrero de 1893. Apareció en escena, la organización que más tarde se transformó en la Asociación del Fútbol Argentino, la primera de Sudamérica y la octava del mundo.
Surgieron los equipos repletos de apellidos ingleses, como Lomas Athletic, Saint Andrews o Belgrano Athletic y arrancaron los campeonatos.
Una década después del comienzo de las competencias, algunas cosas habían cambiado en nuestro fútbol. Ya no solo se pronunciaban apellidos en inglés. Con el recambio generacional que necesitaban los pioneros y con la aparición de los primeros clubes criollos; se sumaron los hijos de los inmigrantes latinos a las canchas. A partir de ese momento, las tribunas tuvieron otros colores y sonidos. Del aplauso gentil para coronar una buena jugada, pasamos al grito visceral.
Frente a frente quedaron los embajadores de los padres del fútbol y miles de descendientes de criollos, tanos y gallegos, que le arrebataron a los viejos equipos, el monopolio de las vueltas olímpicas.
Apareció otro estilo, otra forma de relacionarse con el fútbol. En las canchas argentinas nació otra forma de tratar a la pelota. En los tablones se hablaba de “la nuestra”: se jugaba más corto que largo, casi siempre por abajo y no tanto por arriba. Inventaron la “pared”, para construir juego asociado y dejaron volar la gambeta individual, como un arma letal para desequilibrar en el uno contra uno.
Frente a frente, los equipos de los dueños del ferrocarril y la otra inmigración europea, la que había bajado de los barcos para hacerse cargo de la mano de obra del nuevo proceso de industrialización que vivía la Capital y del trabajo que ordenada la vieja patria ganadera. Poco después se sumaron, los “chacareros”, los jugadores de las plazas más importantes del interior, que aparecían en el fútbol metropolitano para argentinizarlo definitivamente.
Abril de 1908. Hacía dos meses que Estados Unidos había prohibido el ingreso de inmigrantes japoneses a su territorio y en la capital argentina se hablaba de las 87 horas que les demandó a Juan y Luis Cassoulet, unir en automóvil Buenos Aires con Córdoba. Mucho antes que Hollywood, en ese abril había nacido Bette Davis.
Por estas Pampas, desde principios de la primera década del siglo pasado, se habían multiplicado los equipos fundados más allá de las fronteras de los clubes ingleses y crecieron en las barriadas populares de las grandes ciudades, los fenómenos de convocatoria que después terminaron dominando nuestro fútbol hasta el presente.
Habían pasado 41 años de aquella invitación a concurrir a Palermo con gorras de distinto color, a falta de camisetas. En esas cuatro décadas, muchas cosas habían cambiado y ese juego de los “ingleses locos”, como lo subestimaba Sarmiento desde las páginas de “El Nacional”, ya había enamorado al pueblo.
Una de esas historias, se comenzó a escribir en el barrio de Almagro. Los pibes que se juntaban en México y 33, habían conseguido unas camisetas color borravino con puños y mangas blancas y después de bautizar al equipo como “Los Forzosos de Almagro” (en realidad el título pretendía hablar de los “Forzudos”), se lanzaron a buscar desafíos con otros barrios. Aquello de “Los Forzosos”, los pintaba de cuerpo entero. Se sentían invencibles para marcar su territorio y se animaban a jugar defendiendo el honor las calles de Almagro, ante cualquiera.
Eran adolescentes, pibes entre 12 y 15 años, una banda de muchachones según las vecinas del barrio, que rondaban la carbonería de los Monti y llevaban a cabo sus picados en el empedrado de aquellas todavía despobladas calles porteñas (casi autos y sin camiones, ni colectivos) o en cualquiera de los terrenos desocupados de la zona.
Cuenta la leyenda que un día los chicos estaban jugando en la calle, mientras desde el Oratorio San Antonio, de México 4050, uno de los padres salesianos los miraba atentamente desde una ventana. Una pelota amenazó con saltar los límites imaginarios de la cancha y Juancito Abondanza metido en cuerpo y alma en el partido, salió a buscarla. Casi lo atropella un tranvía la línea 27.
El curita se llamaba Lorenzo Bartolomé Martín Massa y preocupado por la escena, les propuso jugar en los terrenos de la Iglesia, a cambio de incorporar a sus vidas, algunas costumbres bastante lejanas a la mayoría de los integrantes de esta bandita de purretes.
Sin dudarlo, el grupo que lideraban Federico y Juan Monti, Antonio Scaramusso, José Gorena, los hermanos Coll, Gianella y Francisco Xarau; respondieron afirmativamente a esa invitación de estudiar catecismo e ir a misa los domingos, con el único y preciado fin de contar con un terreno y dos arcos.
Con el paso del tiempo, los pibes y ese curita que había nacido en Morón, el 1º de noviembre de 1882, fueron inseparables (Massa había llegado a Almagro, a comienzos de 1908. Recibió los hábitos en 1898 y dos años después fue destinado a trabajar en la Escuela Agrícola de la obra de Don Bosco).
Pero juntos, todavía tenían que tres pasos importantísimos que dar, para poder seguir adelante. Primero los nuevos colores. Después, pensar un nombre que reemplace a aquel intimidatorio y amenazante de “Los Forzosos”, que a Lorenzo le molestaba bastante. Y finalmente, crear un club para poder participar en competencias importantes.
Massa se encargó de solucionar, la necesidad que tenía el equipo de camisetas nuevas; porque las borravino con vivos blancos, ya sentían el peso de tantos desafíos y pedían pasar a retiro. El cura apareció con un juego de flamantes azules y granas a bastones verticales y los colores se quedaron para siempre. Un amor a primera vista.
Las otras dos cuestiones se resolvieron en la histórica asamblea del lunes 1º de abril de 1908, en un aula del Oratorio.
Cuando Luis Manara, arrancó con la lectura del acta, el curita los llamó a la reflexión: “Buenos Aires, 1º de Abril de 1908, reunidos en asamblea los integrantes del Club Los Forzosos de Almagro…”. El Padre Massa lo interrumpió, pidiendo explicaciones: “¿Forzosos?”.
Dicen que fue Scaramusso el encargado de explicarle al cura, que ese nombre tenía que ver con la valentía del grupo dentro de la cancha, con su guapeza, etc., etc.
Lorenzo expuso sus razones y les pidió agudizar un poco el ingenio para encontrar un nombre que destaque otros valores… Entonces se tiraron sobre la mesa, una lista con propuestas que no sedujeron demasiado: “El centinela de Quito”, “El triunfador de Almagro”, “El Almagreño”, “Río de la Plata”, “Almagro, el invencible”.
La Asamblea no encontraba el nombre adecuado, para reemplazar a “Los Forzosos” y entonces Federico Monti, uno de los que peleó por seguir con la primera denominación, amenazó con dejar la reunión si no le aseguraban por lo menos, que al nombre futuro le agreguen “de Almagro”; porque el barrio donde casi todos habían nacido, tenía que estar en el nuevo bautismo.
Cuentan que Luis Gianella sugirió llamar al equipo “Lorenzo Massa”. El cura se opuso, pero aceptó San Lorenzo, teniendo en cuenta que significaba un homenaje a la primera batalla ganada por los Granaderos de San Martín y en honor al mártir católico, que por su fe, había sido condenado a morir en la hoguera. Pero Massa siempre supo que esos chiquilines que salvó de las garras del tranvía y por los que intercedió tantas veces ante la policía del barrio por un vidrio roto por un pelotazo o por jugar en la calle, le estaban diciendo gracias.
Abril de 1908. Londres preparaba los Juegos Olímpicos, que iban a comenzar a mediados de julio y que incluían al fútbol como disciplina; en marzo había muerto Edmondo De Amicis y ya llevaba dos meses la carrera alrededor del mundo en automóvil, que libraron seis pilotos uniendo Nueva York con París a fines de julio.
En la Argentina, todavía le quedaban dos años de mandato a José Figueroa Alcorta, el vice de Manuel Quintana que tuvo que asumir en 1906, ante la muerte del presidente. En ese otoño, los diarios todavía hablaban de aquella polémica de fines de enero, cuando Alcorta ordenó la clausura del Congreso Nacional, ante la sistemática oposición de los legisladores para aprobar el Presupuesto. En el arranque del siglo XX, el joven “granero del mundo”, aseguraba prosperidad económica para pocos y fraude electoral para muchos…
Por entonces, habían pasado 41 años de aquella histórica convocatoria que hicieron los fundadores del Buenos Aires Football Club, a través de las páginas de “The Standard”; el más importante de los periódicos de la colectividad inglesa del país.
Los hermanos Thomas y James Hogg, socios del Buenos Aires Cricket Club, entidad que ocupaba los terrenos del actual Planetario de la ciudad, fue uno de los padres de ese primer club de fútbol de Sudamérica. Desde la capital inglesa les habían llegado las nuevas reglas de este deporte, que se discutían en la capital inglesa desde 1863, cuando en una taberna se fundó la Football Association.
Comenzaba a terminar de moldearse en la segunda mitad del siglo XIX, un juego que juntando retazos de los historia, sabemos que ya se practicaba con distintos formatos desde el 2500 antes de Cristo en China y que sobrevivió a través del tiempo en las versiones que crearon incas, asirios, egipcios, griegos, romanos y florentinos.
Abril de 1908. Los diarios de Buenos Aires, informaban sobre el Primer Congreso Internacional de Psicoanálisis, que se llevaba a cabo en Salzburgo; hacía un mes que Portugal había enterrado a Carlos I y a su hijo, asesinados en un atentado y Henry Ford supervisaba en su planta, cada detalle de un modelo que cuatro meses después, saldría a la venta para revolucionar el mercado: el Ford T.
Los porteños eran testigos de los últimos trabajos en el nuevo y definitivo edificio del Teatro Colón, que tenía prevista su inauguración para el 25 de mayo y hablaban del ferrocarril que en pocas semanas iba unir Buenos Aires con Entre Ríos.
Habían pasado 41 años, de ese raro aviso que pusieron los Hogg en “The Standard”, invitando para el 20 de junio de 1867, en el Buenos Aires Cricket, a todos los hombres que quisieran conocer el nuevo reglamento de un juego que jugaban los británicos desde hacía más de 20 años en la Argentina. Cerca del puerto y a la vera de las vías del ferrocarril, se juntaban a despuntar esa rara costumbre sajona, marineros y obreros.
Los muchachos del Buenos Aires Football Club, ordenaron desde su sede en Temple 38 (hoy Viamonte), concurrir con gorras blancas o rojas. Juntaron 8 jugadores por bando. Muchos de los jóvenes que se habían comprometido a vivir la experiencia, en el corazón de los bosques de Palermo, desistieron por temor al ridículo que podía provocar, aparecer con pantalones cortos ante las damas del lugar. El diario se encargó de informar que después de dos horas de juego, los blancos habían ganado 4-0.
Alejandro Watson Hutton desde el English High’s School, la casa donde nació el viejo Alumni, terminó de instalar el fútbol entre nosotros, con la creación de la Argentine Association Football League, el 21 de Febrero de 1893. Apareció en escena, la organización que más tarde se transformó en la Asociación del Fútbol Argentino, la primera de Sudamérica y la octava del mundo.
Surgieron los equipos repletos de apellidos ingleses, como Lomas Athletic, Saint Andrews o Belgrano Athletic y arrancaron los campeonatos.
Una década después del comienzo de las competencias, algunas cosas habían cambiado en nuestro fútbol. Ya no solo se pronunciaban apellidos en inglés. Con el recambio generacional que necesitaban los pioneros y con la aparición de los primeros clubes criollos; se sumaron los hijos de los inmigrantes latinos a las canchas. A partir de ese momento, las tribunas tuvieron otros colores y sonidos. Del aplauso gentil para coronar una buena jugada, pasamos al grito visceral.
Frente a frente quedaron los embajadores de los padres del fútbol y miles de descendientes de criollos, tanos y gallegos, que le arrebataron a los viejos equipos, el monopolio de las vueltas olímpicas.
Apareció otro estilo, otra forma de relacionarse con el fútbol. En las canchas argentinas nació otra forma de tratar a la pelota. En los tablones se hablaba de “la nuestra”: se jugaba más corto que largo, casi siempre por abajo y no tanto por arriba. Inventaron la “pared”, para construir juego asociado y dejaron volar la gambeta individual, como un arma letal para desequilibrar en el uno contra uno.
Frente a frente, los equipos de los dueños del ferrocarril y la otra inmigración europea, la que había bajado de los barcos para hacerse cargo de la mano de obra del nuevo proceso de industrialización que vivía la Capital y del trabajo que ordenada la vieja patria ganadera. Poco después se sumaron, los “chacareros”, los jugadores de las plazas más importantes del interior, que aparecían en el fútbol metropolitano para argentinizarlo definitivamente.
Abril de 1908. Hacía dos meses que Estados Unidos había prohibido el ingreso de inmigrantes japoneses a su territorio y en la capital argentina se hablaba de las 87 horas que les demandó a Juan y Luis Cassoulet, unir en automóvil Buenos Aires con Córdoba. Mucho antes que Hollywood, en ese abril había nacido Bette Davis.
Por estas Pampas, desde principios de la primera década del siglo pasado, se habían multiplicado los equipos fundados más allá de las fronteras de los clubes ingleses y crecieron en las barriadas populares de las grandes ciudades, los fenómenos de convocatoria que después terminaron dominando nuestro fútbol hasta el presente.
Habían pasado 41 años de aquella invitación a concurrir a Palermo con gorras de distinto color, a falta de camisetas. En esas cuatro décadas, muchas cosas habían cambiado y ese juego de los “ingleses locos”, como lo subestimaba Sarmiento desde las páginas de “El Nacional”, ya había enamorado al pueblo.
Una de esas historias, se comenzó a escribir en el barrio de Almagro. Los pibes que se juntaban en México y 33, habían conseguido unas camisetas color borravino con puños y mangas blancas y después de bautizar al equipo como “Los Forzosos de Almagro” (en realidad el título pretendía hablar de los “Forzudos”), se lanzaron a buscar desafíos con otros barrios. Aquello de “Los Forzosos”, los pintaba de cuerpo entero. Se sentían invencibles para marcar su territorio y se animaban a jugar defendiendo el honor las calles de Almagro, ante cualquiera.
Eran adolescentes, pibes entre 12 y 15 años, una banda de muchachones según las vecinas del barrio, que rondaban la carbonería de los Monti y llevaban a cabo sus picados en el empedrado de aquellas todavía despobladas calles porteñas (casi autos y sin camiones, ni colectivos) o en cualquiera de los terrenos desocupados de la zona.
Cuenta la leyenda que un día los chicos estaban jugando en la calle, mientras desde el Oratorio San Antonio, de México 4050, uno de los padres salesianos los miraba atentamente desde una ventana. Una pelota amenazó con saltar los límites imaginarios de la cancha y Juancito Abondanza metido en cuerpo y alma en el partido, salió a buscarla. Casi lo atropella un tranvía la línea 27.
El curita se llamaba Lorenzo Bartolomé Martín Massa y preocupado por la escena, les propuso jugar en los terrenos de la Iglesia, a cambio de incorporar a sus vidas, algunas costumbres bastante lejanas a la mayoría de los integrantes de esta bandita de purretes.
Sin dudarlo, el grupo que lideraban Federico y Juan Monti, Antonio Scaramusso, José Gorena, los hermanos Coll, Gianella y Francisco Xarau; respondieron afirmativamente a esa invitación de estudiar catecismo e ir a misa los domingos, con el único y preciado fin de contar con un terreno y dos arcos.
Con el paso del tiempo, los pibes y ese curita que había nacido en Morón, el 1º de noviembre de 1882, fueron inseparables (Massa había llegado a Almagro, a comienzos de 1908. Recibió los hábitos en 1898 y dos años después fue destinado a trabajar en la Escuela Agrícola de la obra de Don Bosco).
Pero juntos, todavía tenían que tres pasos importantísimos que dar, para poder seguir adelante. Primero los nuevos colores. Después, pensar un nombre que reemplace a aquel intimidatorio y amenazante de “Los Forzosos”, que a Lorenzo le molestaba bastante. Y finalmente, crear un club para poder participar en competencias importantes.
Massa se encargó de solucionar, la necesidad que tenía el equipo de camisetas nuevas; porque las borravino con vivos blancos, ya sentían el peso de tantos desafíos y pedían pasar a retiro. El cura apareció con un juego de flamantes azules y granas a bastones verticales y los colores se quedaron para siempre. Un amor a primera vista.
Las otras dos cuestiones se resolvieron en la histórica asamblea del lunes 1º de abril de 1908, en un aula del Oratorio.
Cuando Luis Manara, arrancó con la lectura del acta, el curita los llamó a la reflexión: “Buenos Aires, 1º de Abril de 1908, reunidos en asamblea los integrantes del Club Los Forzosos de Almagro…”. El Padre Massa lo interrumpió, pidiendo explicaciones: “¿Forzosos?”.
Dicen que fue Scaramusso el encargado de explicarle al cura, que ese nombre tenía que ver con la valentía del grupo dentro de la cancha, con su guapeza, etc., etc.
Lorenzo expuso sus razones y les pidió agudizar un poco el ingenio para encontrar un nombre que destaque otros valores… Entonces se tiraron sobre la mesa, una lista con propuestas que no sedujeron demasiado: “El centinela de Quito”, “El triunfador de Almagro”, “El Almagreño”, “Río de la Plata”, “Almagro, el invencible”.
La Asamblea no encontraba el nombre adecuado, para reemplazar a “Los Forzosos” y entonces Federico Monti, uno de los que peleó por seguir con la primera denominación, amenazó con dejar la reunión si no le aseguraban por lo menos, que al nombre futuro le agreguen “de Almagro”; porque el barrio donde casi todos habían nacido, tenía que estar en el nuevo bautismo.
Cuentan que Luis Gianella sugirió llamar al equipo “Lorenzo Massa”. El cura se opuso, pero aceptó San Lorenzo, teniendo en cuenta que significaba un homenaje a la primera batalla ganada por los Granaderos de San Martín y en honor al mártir católico, que por su fe, había sido condenado a morir en la hoguera. Pero Massa siempre supo que esos chiquilines que salvó de las garras del tranvía y por los que intercedió tantas veces ante la policía del barrio por un vidrio roto por un pelotazo o por jugar en la calle, le estaban diciendo gracias.