ENTREGA VI: LAS COSAS EN SU LUGAR (7 de junio de 2018)
Por Gustavo Campana (periodista. Publicó recientemente “Tribunas sin pueblo. Vuelta olímpica en orsay del país neoliberal”)
A 40 años del Mundial 78, este texto forma parte de la serie de contenidos que la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino comparte para seguir haciendo memoria, verdad y justicia.
Argentina ’78 fue el resultado de cuatro décadas cocinadas a fuego lento (1938-1978), a partir del sueño que aseguraba la alternancia norte-sur que por entonces no cumplió la FIFA. La medalla de plata en los Juegos del ’28 y el subcampeonato del mundo en Montevideo esperaban, con los brazos abiertos y con el Monumental recién estrenado, la sede que después fue francesa.
Pero esos 40 años de espera fueron coronados por dos (1976-1978) donde reinaron las decisiones rápidas y furiosas, tomadas por una banda de asesinos que mató en nombre del poder real. Golpistas de uniforme y de civil, que imaginaron a la Copa como un escenario ideal para intentar lavar culpas y reinventarse.
Cuando el país del Proceso se hizo cargo de la organización que empezó en tiempos de Lanusse y después quedó en manos de López Rega, se desató a nivel continental una feroz pelea por la matriz de la distribución de riqueza. Apareció en escena el neoliberalismo y Washington ordenó derechizar los sueños que desde la década del ’60 estaban queriendo entrar al palacio.
Al nuevo formato de lo viejo, al envase reciclado de la derecha tradicional, otra vez la democracia le quedaba demasiado incómoda y entonces se pensó en una inédita multiplicación de dictaduras para arrasar con la última creación imperial: el Estado de bienestar.
El Mundial argentino cambió definitivamente de dueños el 24 marzo del ‘76 y el fútbol se convirtió en la excusa perfecta para jurar que el país ficcional era real y que la palabra oficial, la única verdad. Las corporaciones de prensa institucionalizaron el negacionismo y por los medios sólo se repetía el discurso único. La verdad no estaba en los diarios, ni en la tele ni en la radio, por lo tanto tampoco estaba en la calle.
Nadie podía denunciar la existencia de dictadores, desparecidos, centros clandestinos, tortura, ejecuciones, fosas comunes, vuelos de la muerte, robo de bebés… No había permiso para avisar sobre el quebranto del país ante una sociedad alimentada a importados, “patria financiera”, “plata dulce” y deuda externa.
Massera le arrebató a Videla el campeonato a punta de pistola y tomó por asalto el Ente Autárquico Mundial ’78: un país paralelo con autonomía para organizar la copa a imagen y semejanza del proyecto cívico-militar. Un campeonato que el marino soñaba como plataforma de lanzamiento de su futuro político.
Mientras tanto, las Madres comenzaban a dejar huella en la Plaza; Europa gritaba no al Mundial de los campos de concentración; Kissinger llegaba a Buenos Aires para ser el gran garante de la Junta y la dictadura imaginaba un país nuevo por decreto, a partir de una vuelta olímpica.
Una Selección que fue cuestión de Estado; un técnico encerrado en sus contradicciones políticas que encontró refugio en sus convicciones futbolísticas; y un plantel que, a esta altura del partido (salvo excepciones), aún cree que no puede gritar que fueron usados por la dictadura porque el brillo de sus medallas corre peligro.
La historia pone siempre las cosas en su lugar. A veces tarda demasiado, pero en otras ocasiones, siente que debe apurarse. La estatua de bronce del gauchito de García Ferré hoy es la marca indeleble de la vergüenza, como si aquel recuerdo fuera un gran homenaje en silencio a Dante Panzeri.