El fútbol que se jugaba en estas tierras, con estilo único y protagonistas casi exclusivos, comenzó a mixturarse con el ingreso de apellidos criollos y la suma de todo el bagaje multicultural que aportaron los hijos de la inmigración.
Sobre un total de 4 millones de habitantes, un millón eran extranjeros (500 mil italianos, 200 mil españoles, 100 mil franceses y 21 mil ingleses).
A 11 mil kilómetros de Londres, el resultado del experimento británico rompió almidonados límites costumbristas y enamoró lentamente a todas las clases sociales. Por entonces, hacía más de 20 años que en Buenos Aires los resultados del fútbol local también se leían en castellano y no solamente en The Standard, el primer diario que informó en inglés, sobre partidos y torneos.
Mayo de 1867. Los hermanos Thomas y James Hogg, invitaron a través de un aviso en The Standard, a una reunión para impulsar la práctica del fútbol en el Buenos Aires Cricket Club (hoy el Planetario de Palermo). El 20 de junio, en el primer partido que se jugó en la Argentina, se enfrentaron gorras blancas y rojas, con solo 8 jugadores por equipo…
Suena muy paradójico, pero el resultado de la “invasión argenta” significó la independencia. La irrupción del pueblo adónde originalmente no había sido invitado, liberó la forma de jugarlo, vivirlo, gozarlo y padecerlo. La masiva llegada de los nacidos y criados en esta tierra, determinó la imaginaria caída del “Estatuto legal del coloniaje futbolístico”.
Scalabrini Ortiz fue el motor de la primera respuesta del revisionismo, a la versión indestructible de la historia oficial. Denunció la relación política y económica, que establecía una dependencia extraoficial con el imperio británico, en el “Estatuto legal del coloniaje”. Dos décadas después, la victoria de la Selección argentina sobre Inglaterra en 1953, fue tomada por la prensa porteña como la segunda nacionalización: “Primero los trenes, ahora el fútbol”.
Ese fenómeno siguió los pasos de otras dos pasiones que vivieron procesos similares, casi en paralelo: el tango y la política. El folklore de la ciudad de Buenos Aires, nació como una trasgresión de jóvenes aristocráticos, que cultivaron en secreto de sus dobles apellidos, una danza pecadora. Pero el pueblo la hizo de carne y hueso. Poetas, músicos y cantantes del suburbio, razas paridas en los bordes de la civilización, se apropiaron sin pedir permiso de ese duende para comenzar a pintar al barrio y a su gente.
En cuanto a la política, la “organización nacional”, marcó el espíritu del primer centenario. La Argentina de la segunda conquista, el país que nació después de Caseros, fue un coto de caza de la oligarquía. Hasta que el pueblo yrigoyenista le arrebató al régimen la Ley Sáenz Peña. La revancha de la derecha, llegó con el primer golpe de Estado y la restauración conservadora de la “década infame” y la democracia volvió transformarse en una mueca de sí misma. Pero los que no estaban en el inventario coparon la Plaza, metieron las patas en la fuente y volvieron a revolucionar el paisaje bucólico de estancias de tierra adentro y palacios porteños.
Fútbol, tango y política, fueron resignificados y reinventados por el pueblo.
Clubes sobrevivientes del siglo XIX: Quilmes (1887), Gimnasia La Plata (1887), Rosario Central (1889), Banfield (1896), Estudiantes de Buenos Aires (1898) y Argentino de Quilmes (1899). La AFA, como Argentine Association Football League, apareció en 1893.
La multiplicación de los panes, llegó con los primeros pasos de la siguiente centuria. La fundación de 12 equipos, fue clave para que este proceso se adueñara de Capital y Gran Buenos Aires: River Plate (1901), Racing (1903), Ferro Carril Oeste (1904), Atlanta (1904), Argentinos Juniors (1904), Independiente (1905), Boca Juniors (1905), Platense (1905), Chacarita Juniors (1906), Huracán (1908), San Lorenzo (1908) y Vélez Sarsfield (1910).
Por entonces, era indispensable para jugar en las competencias oficiales, contar con alguien que hablara inglés, para poder participar de las reuniones de la Asociación…
Completaron la revolución metropolitana, Tigre (1902), San Telmo (1904), Barracsas Central (1904), Defensores de Belgrano (1906), Talleres de Remedios de Escalada (1906), Argentino de Merlo (1906), Colegiales (1908) y Excursionistas (1910).
Otras 16 instituciones sembraron fútbol, en el país profundo: Atlético Tucumán (1902), Gimnasia y Tiro de Salta (1902), N.O. Boys de Rosario (1903), Belgrano de Córdoba (1905), Tiro Federal de Rosario (1905), Colón de Santa Fe (1905), Mitre de Santiago del Estero (1907), Central Córdoba de Rosario (1907), Atlético Rafaela (1907), Unión de Santa Fe (1907), Atlético Paraná de Entre Ríos (1907), San Martín de San Juan (1907), Gimnasia y Esgrima de Mendoza (1908), San Martín de Tucumán (1909), Atlético Concepción de Tucumán (1909) y Olimpo de Bahía Blanca (1910).
Como sucedió con todos los deportes colectivos, el formato original siempre se adaptó con infinita plasticidad, a los paladares muy diversos. Los juegos se entregaron generosamente, a limitaciones o bondades de los ejecutantes de distintas latitudes, para parir nuevos estilos y formatos. El producto final del trasplante, a veces padeció los efectos de ciertas incompatibilidades y entonces los resultados no acompañaron. Pero en otros casos, muchas disciplinas que viajaron miles de kilómetros montados en invasiones militares o imposiciones culturales imperiales, terminaron encontrando a los mejores solistas muy lejos de casa.
Mayas, chinos, vikingos y tanos del imperio romano, crearon juegos durante 400 años pateando una redonda; pero el primer reglamento lo pensaron súbditos de la corona, en una taberna de Londres (las 14 reglas de la International Board, en 1882). Sin pagar derechos de autor, ni respetando el pasado (igual que en política y economía), los ingleses se quedaron con el título de “padres del fútbol” en un partido de escritorio (The Football Association, fue creada en 1863).
La de tiento llegó a la Argentina, a través de los obreros del puerto y el ferrocarril, dos instituciones monumentales del domino político-económico británico hasta después de la Segunda Guerra.
Los equipos argentinos que llevan en su nombre la palabra Central, están ligados al ramal del Central Argentino del Ferrocarril Mitre o al Central Norte del Belgrano.
Central Argentino Railway Athletic Club, nació en 1889. En 1903 se fusionaron el Ferrocarril Buenos Aires y el Central Argentino y una asamblea de socios decidió el cambio de nombre: Club Atlético Rosario Central.
El acta de fundación de Ferro Carril Oeste, la firmaron 95 empleados del que luego fue el Ferrocarril Sarmiento, liderados por el Ingeniero David Simson (gerente del club). La primera camiseta fue similar a la de River, luego jugó con la del Aston Villa inglés y finalmente tomó el verde de la bandera ferroviaria.
Banfield nació el 21 de enero de 1896, por iniciativa de empleados del Ferrocarril del Sud (Banfield Athletic Club).
Talleres de Córdoba fue creado en 1913 por empleados del Central Córdoba, que se reunían desde el año anterior en la tornería del Ferrocarril.
La referencia del tren como vaso comunicante, tiene una gran presencia en el ascenso, a través de los trazados metropolitanos que se internan en el Gran Buenos Aires (Midland, Central Ballester, Justo José de Urquiza, Talleres de Remedios de Escalada, etc.).
Boca y River, son la expresión más fuerte de nuestro fútbol portuario, seguidos entre otros por Dock Sud (Buenos Aires), Aldosivi (Mar del Plata), Puerto Nuevo (Campana) y Puerto Comercial (Bahía Blanca).
También fueron claves en el desarrollo del fútbol argentino, los pedagogos de colegios privados (el escocés Alejandro Watson Hutton desde el English High School, donde nació Alumni e Isaac Newell en el Colegio Anglo Argentino de Rosario), que desarrollaron en el país, el mismo plan de escolarización del deporte, que con mucho éxito se puso en marcha en las islas desde la segunda mitad del siglo XIX.
Cuando en la cancha se argentinizó la relación con la pelota y cambió para siempre el idioma que se hablaba en las tribunas, nació “la nuestra”; nombre con el que los veteranos bautizaron a jugar más corto que largo (condenando a perpetua al pelotazo), mucho más por abajo que por arriba (para que la esfera de cuero ruede como ordena el espíritu del juego, sobre una superficie verde y plana) y que tenía en la gambeta un arma letal, una pregunta sin respuesta para los gringos.
Lomas Athletic ganó consecutivamente los primeros seis torneos locales (1893-1898). Alumni fue el segundo dueño del amateurismo con 10 vueltas olímpicas, entre 1900 y 1911 (serie interrumpida dos veces por Belgrano Athletic, en 1904 y 1908).
La industria nacional se consolidó con Racing, a través de 7 títulos consecutivos (1913-1918) y otros 2 en 1921 y 1925. Aquella Academia salía a la cancha, con apellidos del campo nacional y popular: Olazar, Crocce, Castagnola, Perinetti, Marcovecchio, Zabaleta, Ohaco, Hospital…
En la ortodoxia inglesa no había lugar para matices de ningún color, sin embargo sus libros quedaron patas para arriba, ante la revolución sudamericana que transformó el férreo mandato teórico, en la “dinámica de lo impensado” (Dante Panzeri). Ese sello de identidad, basado en el rol del instinto para anticipar al pizarrón, marcó a fuego a generaciones de argentinos, edificó con cimientos muy profundos uno de los datos culturales más fuertes de estas Pampas y el país encontró en la pelota, una metáfora perfecta para poder explicar lo inexplicable.
La maquinaria de relojería europea se bajó las medias y aprendió a hacer malabares con la Pulpo en el empedrado. El alma del fútbol argentino se llenó de potrero y explotó una de las grandes sucursales de un fenómeno de masas de alcance planetario.
“A la carga Barracas” es una expresión que habla de un ataque desordenado, masivo, sin claridad, pero que lleva tatuada la decisión de llevarse por delante al rival. La aplicación más usual, está dedicada al equipo de fútbol que con juego aéreo, intenta lograr lo que no pudo por abajo. Pelotazo y corazón, si las musas del fútbol se tomaron franco ese domingo.
La frase de autor anónimo, tiene muchas hipótesis que explican su supuesto origen. Pero por encima de esas diferencias, esas cuatro palabras fueron el rótulo distintivo del fútbol de Barracas Central, que con aires británicos nació con los colores de Alumni en 1904 (el año de la gira inspiradora del Southampton).
El 26 de julio de 1904, Julio Argentino Roca fue el primer presidente argentino que presenció un partido de fútbol. Alumni recibió a los ingleses de Southampton (primer equipo extranjero que pisó nuestro suelo, para ganar 5 partidos por varios cuerpos de distancia sobre sus rivales). El Zorro dos veces presidente, el que pelea a brazo partido con Rivadavia por el título del argentino más anglófilo, no se podía perder la posibilidad de conocer de cerca a la nueva pasión local y mucho menos, no estrechar la mano de los integrantes del equipo visitante.
A través del fútbol, hombres y mujeres profundizaron su grado de pertenencia con el pueblo y el barrio. Los colores pasaron a identificar los límites geográficos de la pasión. Y como si se tratara de un guión de ficción, la radio de la tarde dominguera sonaba en las provincias desde el ombligo porteño, narrando las hazañas de ídolos con poderes de superhéroe.
Las imágenes de las historias semanales de los “cracks de la afición”, solo aparecían en diarios, revistas y una vez por semana, en los noticieros cinematográficos. Las figuritas eran para los pibes, estampitas santas en los bolsillos de los cortos.
“El Gráfico” nació el 30 de mayo de 1919, como un magazine generalista, donde el deporte ocupaba apenas un lugarcito. Pero a partir de la primera tapa futbolera, la revista cambió para siempre. En el número 5 (26 de julio de 1919), instaló en portada el último Argentina-Uruguay y la imagen elegida fue la de Américo Tesoriere; por entonces, arquero de Boca y dueño indiscutible de los tres palos nacionales (Fragmento de “Tribunas sin pueblo”, Gustavo Campana 2018).
Foto de portada: Los hermanos Jorge y Juan Brown, pilares de Alumni. Cesáreo Onzari representando la incorporación a nuestro fútbol, de la primera generación de hijos de la inmigración.