
“Después del ’83, empezaron a aparecer un montón de héroes que hablaban en contra del Proceso; medios que durante la dictadura se habían callado la boca o revistas como las de editorial Atlántida, que desde 1976 fueron defensores de los militares. En esos años, Mariano Grondona era profesor de la Escuela de Guerra y hoy defiende la democracia…
Nosotros en 1978 elegimos publicar desde otro lugar y en esa lucha, no estuvimos solos. Recuerdo la valentía del periódico de la comunidad judía ‘Nueva presencia’ y el diario inglés ‘Buenos Aires Herald’.
Humor fue el refugio de aquellos que tenían ganas de enfrentar al Proceso con la pluma, decir lo que estaba pasando en la calle y fuimos un grupo que se sintió acompañado por la gente. A principio de 1980 vendíamos 200 mil ejemplares y con esa cantidad, tuvimos la fortaleza necesaria para construir un espacio de libertad.
Si lo pienso seriamente, hubo mucho de inconsciencia. Nos jugamos la vida. Hubo un momento donde era cotidiana la presencia de los Falcón en la puerta de la editorial, para pedirnos documentos todos los días. Con la gente de laboratorio, que no eran periodistas y que fueron tan valientes como ellos, nos quedábamos hasta altas horas de la noche cerrando los números o terminando las películas para llegar al taller y cuando salían eran apretados con esa intimidación cotidiana” (Andrés Cascioli, 1996).
Cuando apareció el primer número en junio de 1978, nadie podía imaginar “hasta cuándo…”. La dictadura llevaba dos años y moneditas en el poder. Para entonces, el terrorismo de Estado ya había desaparecido al tejido social capaz de enfrentarlo en las calles, en las aulas, en las fábricas, en los templos religiosos.
La plata dulce que le prometía un futuro verde a la clase media, con la cara de Washington en el centro del billete, operaba como un somnífero colectivo y como frutilla del postre, el Mundial de fútbol amenazaba con convertirse en la mejor plataforma del sueño del poder eterno, que asaltaba las noches de generales, almirantes y brigadieres.
En ese terreno, el peor para plantar la semilla de un periodismo contestatario, cuando a la oposición se la combatía con muerte y los “nuevos dueños” de Papel Prensa eran los voceros del discurso único, al Tano Cascioli se le ocurrió salir a la calle con una mezcla de Menotti y Martínez de Hoz en tapa, como símbolo del nuevo monstruo que se iba a instalar entre nosotros, para devorarlo todo.
El “Menotti de Hoz” del primer número, tenía un traje cuadrillé con los colores patrios y una corbata con el gauchito del Mundial. El título: “El Mundial se hace cueste lo que cueste”.
En tapa un híbrido construido con la imagen de los ejes simbólicos sin uniformes, más importantes de ese capítulo de la dictadura: el responsable de la economía, que nos iba a sacar de pobres y el conductor del fútbol argentino en la Copa, que terminaría con el lastre del campeón moral.
La marca de nacimiento de la revista, fue darle la espalda a dos hechos intocables para el poder: el Mundial y el plan económico.
Hasta la finalización de la dictadura, Martínez de Hoz fue protagonista de muchas portadas.
En el número 8 (enero 1979) y jugando con la película Tiburón, la revista invitaba al estreno de “Inflación 2”, una campaña contra “los piratas del comercio”. Martínez de Hoz aparecía a punto de ser devorado por el monstruo del mar.
La tapa del número 15 (julio de 1979), mostraba a Martínez de Hoz con la camiseta de la Selección, levantando una copa y festejando un título: Argentina campeón mundial de la inflación. Humor denunciaba que el dólar en junio de 1974 estaba 500 pesos moneda nacional y que 5 años después, cotizaba en el mercado negro a 130 mil.
Como la muerte, con una guadaña y la leyenda 1980, el ministro de economía ocupaba el centro de la escena en el número 26 (enero de 1980); “Un corte más y no volvemos. Martínez Pescador: Me dejará pasar el ’80?”.
La tapa del número 46 (noviembre de 1980), fue dedicada a la visita a Buenos Aires del padrino económico, de Joe: David Rockefeller. Con trajes de Superman y Batman, la revista titulaba “Superhéroes”. La plata dulce y la patria financiera, estaban en peligro y desde el norte venían a establecer el diagnóstico.
Menotti también fue una figura recurrente de portada, pero posiblemente la más dura fue la del número 77 (marzo de 1982), cuando le está enseñando a jugar al fútbol a Galtieri, bajo el título: “Dele vamos Leo, que usted puede”. El tercer dictador del ciclo pretendía quedarse un rato largo en el poder y organizó su lanzamiento en el asado gigante de Victorica.
En la página 104, aparecían los ejercicios indicados por Menotti al general: Cabezazo (se quedaba dormido en un acto oficial), La pared (pintaba con un aerosol “Apoye al MON”, el Movimiento de Opinión Nacional que organizaba el diálogo democrático de la dictadura), Rechazo (Pateaba con furia, el pedido de aumento de empleados públicos) y Gambeta larga (eludía a las urnas).
En ese momento nadie podía imaginar “hasta cuándo”… Nadie podía pronosticar que la peor noche de los argentinos, terminaría en diciembre del ’83, pero muchos menos que aquella aventura casi suicida de un grupo de dibujantes y periodistas, se extendería 21 años. Hasta el 19 de octubre de 1999. Ese día, Ediciones de la Hurraca, anunció el cierre de la revista, a raíz de la quiebra dictada por la Dirección General Impositiva.
En ese momento, Cascioli declaró que la DGI había respondido a las maniobras del gobierno Menem, para callarlos. En el último año de publicación, la Corte Suprema de Justicia falló dos veces contra la revista, por querellas iniciadas por Eduardo Menem y María Julia Alsogaray.
Un decreto municipal impidió, la libre exposición del primer número de la revista en los kioscos de diarios (“exhibición limitada”, resolución 15.792 del 13 de junio de 1978) y el director fue convocado al Centro Cultural General San Martín, donde funcionaba la Comisión de Moralidad. En el marco de un reportaje de Mona Moncalvillo a Andrés Cascioli-Tomás Sanz, publicado en el histórico número 221 (junio 1988), donde Humor festejó su primera década, el Tano recordó que “para salvar la publicación” fueron a ver “a un burócrata municipal llamado Altamirano” que presidía la Comisión (el contacto que armó la reunión, lo consiguió un sobrino de Ernesto Sábato).
“Allí nos dijeron que esas publicaciones le hacían muy mal al país, que los chicos de 6 o 7 años que se acercaban a los kioscos podían encontrarse con una publicación como esa y les iba a hacer muy mal”, recordó Cascioli.
Cascioli señaló dos datos en aquella nota del ’88, que muestran el carácter camaleónico de algunos funcionarios y paralelamente, la falta de anticuerpos de la democracia para defenderse de sus enemigos. Por entonces, 5 años después de la asunción de Alfonsín, Altamirano seguía trabajando en la Municipalidad y uno de los integrantes más importantes del cuerpo censor, era el crítico cinematográfico Héctor Grossi, quien en 1988 era el jefe de Prensa de la Corte Suprema de Justicia (“Tribunas sin pueblo”, Capítulo 5)
Foto: Tapa del primer número de Humor, César Luis Menotti y Martínez de Hoz, partes de una misma cara de la dictadura, según el dibujo del Tano Cascioli. Y Menotti héroe llevado al bronce, tapa de abril de 1981.