Prólogo: Santiago Segurola
El fútbol no es solo el deporte más popular del mundo. Como dijo Bill Shankly, el mítico entrenador del Liverpool: «el fútbol no es una cuestión de vida o muerte; es mucho más importante que eso». Y no le faltaba razón: durante años ha fraguado guerras, ha alimentado revoluciones e incluso ha contribuido a mantener a dictadores en el poder. Por algo se le conoce como «el deporte rey».
Simon Kuper viajó a veintidós países, de Argentina a Camerún, de Ucrania a Botsuana, de Brasil a Sudáfrica, de Alemania a España, para investigar la poderosa influencia que el fútbol ejerce en la política, en la cultura y en la sociedad. El resultado, a medio camino entre un libro de viajes y un ensayo sociopolítico, es un fascinante y divertido relato de las complejas tramas ocultas de ambición y poder, de pasiones individuales y nacionales, de la historia y, cómo no, de la belleza del deporte más popular del mundo.
Capítulo I: “Persiguiendo al fútbol alrededor del mundo”
Nadie sabe la cifra exacta de aficionados al fútbol que hay en el mundo. Según un folleto publicado por la organización del Mundial de Estados Unidos de 1994, la audiencia televisiva del Mundial de Italia había sido de 25.600 millones de espectadores (cinco veces la población mundial) y se esperaba que 31.000 millones viesen el Mundial de Estados Unidos.
Quizá estas cifras sean absurdas. Para cualquier final reciente de la Copa del Mundo hay estadísticas de audiencias con diferencias de miles de millones de espectadores y en el citado folleto se sostiene que a Striker (el perro que fue mascota del Mundial de Estados Unidos) lo habían visto un billón de veces a finales de 1994. ¿Un billón exactamente? ¿Cómo pueden estar tan seguros?
Lo innegable, como se afirma en el citado folleto, es que «el fútbol es el deporte más popular del mundo». En Nápoles se dice que cuando un hombre tiene dinero, primero come, luego va al fútbol y, si le sobra algo, busca un lugar para vivir. Los brasileños afirman que hasta en el pueblo más pequeño hay una iglesia y un campo de fútbol… aunque luego puntualizan que «iglesia no siempre, pero campo de fútbol sí». Y es que, si bien hay más gente que va a misa que al fútbol, no hay acontecimiento público que pueda equipararse a este deporte. Del lugar que ocupa el fútbol en el mundo trata precisamente este libro.
Cuando un juego moviliza a miles de millones de personas deja de ser un mero juego. El fútbol no es solo fútbol: fascina a dictadores y mafiosos, y contribuye a desencadenar guerras y revoluciones. Cuando me puse a escribir este libro, tenía solo una vaga idea de cómo lo hace.
Sabía que cuando en Glasgow se enfrentan Celtic y Rangers, aumenta la tensión en el Ulster y que la mitad de la población de Holanda se lanzó a la calle para celebrar la victoria sobre Alemania en la Eurocopa de 1988. También había leído que el triunfo de la selección brasileña en el Mundial de 1970 contribuyó a que el Gobierno militar se mantuviera unos años más en el poder -lo que resultó ser falso- y que la guerra que enfrentaba a Nigeria con Biafra se detuvo durante un día para que Pelé, que estaba de visita en el país, jugase un partido. Y todos hemos oído hablar de la Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras.
La primera pregunta que me formulé fue el modo como el fútbol influye en la vida de un país y, la segunda, de qué manera la vida de un país influye en su fútbol. En otras palabras, ¿por qué Brasil juega como Brasil, Inglaterra como Inglaterra y Holanda como Holanda? En cierta ocasión, Michel Platini comentó en L’Équipe que un equipo de fútbol «representa una forma de ser, una cultura». ¿Es realmente así? Cuando empecé este libro yo no pertenecía al mundo del fútbol profesional. Había vivido y había jugado y visto fútbol en Holanda, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, y también había escrito algunos artículos al respecto en revistas, pero jamás me había sentado en una tribuna de prensa ni había entrevistado a un futbolista profesional. Para escribir el libro, viajé por todo el mundo, asistí a partidos y hablé con entrenadores, políticos, mafiosos, periodistas, aficionados y también con algún que otro jugador. Los grandes nombres me asustaban. Cuando entrevisté a Roger Milla, por ejemplo, apenas pude levantar la mirada del cuestionario que había preparado. Pero poco a poco las estrellas dejaron de intimidarme y ahora, diez meses después de visitar el famoso estadio de Maracaná, casi echo de menos, sentado en mi casa de Londres, la vida que rodea al fútbol.
Viajé durante nueve meses y visité veintidós países, de Ucrania a Camerún y de Argentina a Escocia. Fueron unos meses desconcertantes. Hoy en día puedo decir «soy un periodista inglés» en varios idiomas, aunque en estonio y lituano eso fue todo lo que aprendí. Fueron muchos los amigos que me ayudaron y también conté, cuando pude permitírmelo, con el apoyo de algún que otro intérprete. Y a esto hay que añadir los desplazamientos. En una ocasión volé de Los Ángeles a Londres, donde pasé un par de días. Luego fui a Buenos Aires y, desde allí, a Río. Un mes después volví a Londres, donde estuve solo 48 horas. Luego volé a Dublín, tomé un autocar al Ulster y luego un ferry hasta Glasgow. Llegué a Escocia a la semana de haber salido de Río y, cinco días después, estaba de nuevo en casa. Debo añadir que mi limitado presupuesto, 5.000 libras para todo el año, complicó el viaje bastante más de lo que sugiere el itinerario.
Viajar por el mundo, perderme el invierno inglés y ver fútbol no era un mal plan, pero jamás viví en la opulencia, excepto en la antigua Unión Soviética, donde cualquier persona con dinero occidental es un millonario que puede moverse en taxi. Sin embargo, en cuanto regresaba a Occidente, volvía a los albergues juveniles. A mí no me preocupaba en absoluto, claro, pero sí que me importaba lo que pudiese pensar la gente del fútbol. Los directivos, los entrenadores y los jugadores son ricos y respetan la riqueza ajena. Siempre se interesaban por el hotel en que me hospedaba y en sus ojos podía advertir que se preguntaban si mi chaqueta raída sería una decisión estética. Una vez Josef Chovanec, del Sparta de Praga, me pidió 300 libras por una entrevista.
Todos van a las peluquerías más caras -razón que sin duda explica su necesidad de ganar tanto dinero- y, a su lado, solía sentirme sucio.
En todas partes me decían: «¡Fútbol y política! Has venido al lugar adecuado». Resultó que el fútbol importa bastante más de lo que había imaginado. Di con un club de fútbol que exporta oro y materiales nucleares, y otro que está creando su propia universidad. Mussolini y Franco se dieron cuenta de la importancia del juego, y también la entienden Silvio Berlusconi, Nelson Mandela y el presidente de Camerún, Paul Biya. Por culpa del fútbol, Nikolai Starostin fue deportado a un gulag soviético, pero también fue el fútbol lo que, una vez allí, le salvó la vida. Le sorprendió, según escribe en sus memorias, que aquellos «jefes de campo de concentración, dueños de la vida y la muerte de miles y miles de seres humanos, fuesen tan indulgentes con cualquier cosa relacionada con el fútbol. Su desenfrenado poder sobre la vida humana no era nada comparado con el poder que el fútbol ejercía sobre ellos».
Y por más cosas que se hayan escrito sobre los hooligans, debo decir que hay aficionados mucho más peligrosos.