Una década después de aquella historia inigualable, el periodista Alejandro Wall reconstruyó un tiempo político inédito de la Argentina contemporánea y una vuelta olímpica con dos escenarios, en “¡Academia carajo!: “Pasión, locura y secretos del título 2001”.
Después de 35 años, donde se acumularon descenso y quiebra y con Adolfo Rodríguez Saá en el sillón de Rivadavia, la Academia gritó campeón. Con sus jugadores festejando en la cancha de Vélez (1-1) y con el pueblo blanquiceleste que no pudo entrar al Amalfitani, copando el Cilindro.
Racing jugó el último capítulo de esta espera interminable, el 27 de diciembre de 2001; en plena crisis terminal de un país devastado, entre las ruinas del neoliberalismo y el corralito financiero, con casi 40 muertes en las calles…
“Libro de fútbol, escrito con la pasión declarada del hincha y con el fino artesanado del mejor periodismo de investigación, cuando éste se atreve a cruzarse con otras disciplinas, como la sociología y la psicología. Libro que inevitablemente, quienes somos hinchas de Racing, leeremos entre suspiros de resignación, jadeos de asombro y penosos sobresaltos, porque mucho de lo que nos ocurrió, está fundamentalmente emparentado con la desdicha. Pero también -yo lo volví a sentir-, podrá ser reinterpretado e incorporado como esa cosa maravillosa (por única, por impredecible) de pertenecer, de alma, de corazón, a un cuadro de fútbol, que casi nunca es lo que parece o promete”, dice Carlos Ulanovsky en el prólogo de la edición de Sudamericana.
En el relato de Wall, tanto Mostaza, como los jugadores y fundamentalmente los hinchas, son protagonistas centrales de una historia donde la pasión futbolera y la política, pintan una mixtura singular.
“Desde hacía una semana se sucedían los saqueos, pero el 19 de diciembre, la misma mañana en que los hinchas de Racing querían conseguir sus entradas, llegó la explosión. Eran miles y miles arrastrados a la miseria, buscando el pan con desesperación en híper, súper o minimercados. Ocurría en casi todo el país, pero el corazón estaba en el Gran Buenos Aires. La Argentina, que durante años se había mantenido oculta bajo una supuesta prosperidad, salía de golpe a la luz. Los noticieros la tomaban con sus cámaras como si se tratara del show del apocalipsis. Persianas forzadas, apenas levantadas para entrar y salir con bolsas y cajas; hombres y mujeres chocándose entre sí, aprovechando cada segundo para llevarse lo que se pudiera: cualquier cosa, desde comidas hasta bebidas; baño y perfumería; lácteos y frutas; televisores, heladeras o minicomponentes. La prensa se horrorizaba porque no se llevaban de los locales sólo el alimento básico y necesario para subsistir, sino que tomaban también cajones de cerveza o botellas de vino caro, como si la pobreza eliminara el deseo humano: la gente se llevaba lo que había, lo que podía, lo que el capitalismo le hacía desear”, sentencia el autor cuando pinta una postal de la Argentina que dejó el paso de dos sociedades: Menem-Cavallo y De la Rúa-Cavallo.
El libro tiene el arte de tapa de Juan Pablo Cambariere, junto al estudio Trineo, donde se mezclan pasado y presente: cacerolazos, cinco presidentes, Tita Mattiussi, el Chango Cárdenas , Gardel, el Oscar de “El secreto de sus ojos”, la Guardia Imperial…