“En el Arca de Noé todos se daban al ocio, un ocio concelebrado, porque no hacían otra cosa que mirar, en estado de renovado éxtasis, al pibe. Miraba la mujer de Noé y miraban los hijos de Noé y miraban las mujeres de los hijos de Noé, y miraban dos animalitos de cada especie, y miraba sólo un cordero (porque el otro, recordemos, había fallecido sin sacrificio, y de su cuerpo fue que salió la sacra vejiga).
Y miraba Noé con goce deslumbrado.
Y mientras Noé y los suyos y los animalitos miraban, no se dieron cuenta de que por fin la interminable lluvia había cesado, y que las aguas ya bajaban, y que la tierra empezaba a asomar en las puntas de algunos cerros.
¿Y el pibe? En lo suyo: seguía dándole y dándole. Decía ángulo derecho y allí ponía la vejiga. Decía ángulo izquierdo y allí también ponía la vejiga. Era su pie una mano, una mano con ojos.
En viendo lo que veía, Noé, relamiendo goce debajo de su barba, dijo profético y algo triste, para sus adentros:
-Querido infeliz, estás condenado. Estás condenado a dar felicidad a los demás, Diegoool” (Fragmento final de “El arco de Noe”, del libro de Braceli, “De fútbol somos”).