En cualquier deporte, las fórmulas nunca aseguran resultados. Son un camino, una alternativa, una verdad relativa. El fútbol es tan imperfecto, como los ejecutantes de partituras que parecen insuperables. Pero cuando el libreto se muestra en estado de comunión con los jugadores, se acorta el camino que parece infinito y el resultado pasa de promesa eterna a verdad revelada: “Jugando se puede vencer a la especulación”.
La justicia no solo imperó en la final. El equipo de Eduardo Domínguez era en la previa de la definición, el mejor de los cuatro finalistas y junto con Vélez, lo más respetable de un torneo accidentado.
Después de un primer tiempo donde no perder, se devoró a la intención de ganar, el complemento del Sabalero fue pura fidelidad a las convicciones que mostró a lo largo de todo el campeonato. El Racing que quemaba etapas desde los 12 pasos, fue obligado a jugar. El dominio del mediocampo y los goles de Rodrigo Aliendro (58′), Cristian Bernardi (71′) y Alexis Castro (85′), fueron abriendo una brecha cada vez más ancha y profunda, a medida que el cronómetro avanzaba. Fueron 30′ donde la pelea por el título se tornó desigual, sin equivalencias.
No siempre los números, coinciden con el espíritu del juego; pero esta vez reflejan la diferencia entre el campeón y el resto. El equipo de Eduardo Domínguez terminó primero en la fase regular con 25 puntos sobre 13 partidos jugados: 7 triunfos, 4 empates y 2 derrotas. Marcó 23 goles y recibió 10.
En los tres partidos de la definición (cuartos, semis y final), sólo recibió un gol en el empate ante Talleres, que luego se definió por penales. El goleador del torneo, fue rojinegro: Luis Miguel “Pulga” Rodríguez, con 8 ocho tantos (4 de jugada, 1 de cabeza, 1 de tiro libre y 1 de penal), la misma cantidad de goles que Santos Borré (River).
Dos datos impostergables. Colón ganó el campeonato del Coronavirus. El que recordaremos como el de las canchas vacías, testeos, contagios y equipos que se armaban y deshacían al ritmo de la pandemia; mientras el mundo atormentado por un enemigo de alcances insospechados, seguía amenazando al planeta.
En medio de la anormalidad total, el fútbol fue una ficción de naturalidad, que no ayudó a sembrar conciencia. Sentarse a ver un partido de fútbol, mientras el promedio de muertes diarias equivale a dos o tres aviones que se estrellan por día, en medio de un escenario de hospitales desbordados y personal al límite de sus fuerzas, no fue solidario con la necesidad de una población asociada a la comprensión de la realidad. Pero como en otras circunstancias, fútbol hubo a pesar de todo, sin que paralelamente, esta pasión a través de la fuerza de la palabra de sus protagonistas, se convierta en difusor de medidas preventivas, en alerta de lo que puede pasar si no se cumplen con las mínimas normas de supervivencia.
El segundo tiene que ver con el grito debutante, en el marco de una historia tan larga. Reinar en lo más alto del podio, 116 años después de su fundación, da cuenta no solo de lo largo del camino, sino de todos los obstáculos que se presentaron a través del tiempo: descensos, presupuestos flacos, planteles posibles pero lejos de lo soñado, la inundación 2003, etc., etc.