
Las sensaciones irrepetibles vivirán eternamente, en los millones que fueron testigos de la victoria argentina. La “memoria de la verdad” jugará partidos a muerte con la “verdad de la memoria”, como decía Juan Gelman, buscando las palabras exactas que eludan la farsa. Y cuando ante la avidez de una historia fantástica, las próximas generaciones le pidan a los veteranos que transmitan el recuerdo de sus pulsaciones; los pibes creerán que los viejos exageran, que tanto “realismo mágico” empacha y ensucia a la verdad. Mientras tanto, los entrados en años jurarán que una y otra vez, sus palabras se quedan demasiado cortas.
Un guión cinematográfico, de épica exagerada y con escenas solo aptas para superhéroes, se encargó de contar la definición más emocionante de 92 años mundialistas. Una novela que rompió en mil pedazos los límites humanos, donde todo parece sobreactuado; pintó los mejores 45’ de la Selección celeste y blanca, apilando equipos y cracks a través del tiempo, teniendo en cuenta al rival (último campeón del Mundo) y lo que estaba en juego (la final de la Copa). Un texto que infla constantemente la ilusión, imaginó un segundo gol argentino de colección, donde cada movimiento fue perfecto. Una jugada que sintetizó el espíritu del proceso parido en 2019. Una puesta que también mostró 3’ fatales, para pasar del 2-0 al 2-2 y que cuando Argentina más lo necesitaba, el relato resucitó al protagonista de la mano del 3-2 en el suplementario, para intentar cerrar el cuento como lo merecía el archivo del 10 rosarino.
Pero lejos del FIN, regresó la tensión y el suspenso a través del 3-3 con otro penal para Francia y el tercer grito de Mbappé. En ese momento, un escritor de corazón fuerte como una roca, pensó que el duelo aún estaba flojo de emociones y en el filo de los 30′ finales, metió una atajada notable de Dibu, para seguir con vida hasta la definición desde los 12 pasos. Y recién en ese momento, Argentina pasó a ser la dueña del planeta fútbol por tercera vez.
Cuando estabas convencido que ya venían los títulos y las luces del cine estaban prontas para iluminar la sala, en el Lusail con decenas de miles de argentinos delirando, apareció el gran Messi del festejo. Pícaro a la hora de pasar cerca de la copa con sus premios personales en la mano, instaló su imagen besando por fin el trofeo. La foto giró por todo el planeta a la velocidad de la luz, después de volver a ser el más vulgar de todos los vulgares, con aquello de “Vamos Argentina la concha de su madre”. Pero hubo más. Apareció el Emir calzándole el bisht de pelo de camello y lana de cabra, solo reservado para la realeza, para que empilchado de rey en el fotograma final, entregara a domicilio la última factura (la primera fue el Topo Gigio a Van Gaal): el capitán tomó la copa y se la llevó al plantel con aura maradoniana, caminando como los alemanes en la burla a los gauchos luego de Brasil 2014. Maduro adentro y afuera de la cancha, sin deberle nada a nadie, sin guardarse ninguna palabra y ningún gesto. Más Messi que nunca, cuando la prensa del poder real en su versión más tilinga, no le perdonó seguir siendo un pibe que siguiendo la tradición cultural de su ciudad, cada tanto se morfa algunas eses…
Messi se convirtió en el jugador con más presencias en la historia de los mundiales, con 26 partidos jugados. Superó después de 24 años, la marca del alemán Lothar Matthäus, campeón del mundo en 1990 y subcampeón en 1982 y 1986. Detrás otro alemán, Miroslav Klose (24), el italiano Paolo Maldini (23) y el portugués Cristiano Ronaldo (22) y Diego Maradona con encuentros en cuatro Copas del Mundo.
ARGENTINA 3 (4)-FRANCIA 3 (2): La celeste y blanca logró su tercer título mundial, 36 años después de México ’86, luego de reducir a Francia a la categoría de un equipo de segundo orden, durante toda la primera etapa. El monólogo argentino se basó en la presión alta, la precisión de sus medios para partir en dos al equipo de Didier Deschamps, quien antes de la finalización del primer tiempo comenzó desesperadamente a rearmar el equipo. En total siete modificaciones, para llenar de parches al defensor del título.
Thuram y Kolo Muani fueron los primeros en ingresar por Olivier Giroud y Ousmane Dembélé, a los 41′. Kingsley Coman y Eduardo Camavinga fueron los reemplazos de Antoine Griezmann y Theo Hernández (71′). Después Fofana fue quien sustituyó a Adrien Rabiot (96′). Konate fue la opción por Varane (113′) y la séptima sustitución, Disasi por Kounde (121′). Pudo hacer un cambio más Deschamps, porque una modificación del reglamento concede una sustitución más, en el caso de que un futbolista corra el riesgo de sufrir una conmoción cerebral tras haber recibido un fuerte golpe en la cabeza. Eso fue lo que le ocurrió a Adrien Rabiot, en la prórroga de la final.
Traslado preciso y veloz para lastimar desde tres cuartos, pelota por abajo y desequilibrio de la defensa rival, abriendo la cancha. Uno de los muy pocos equipos del torneo que atacó sin torres, sin necesidad de juego aéreo como único recurso para llegar al gol, creció a través de los partidos respetando su origen. Edificó lo nuevo, con la mejor arcilla de sus tradiciones y fue encontrando al once titular en los repuestos que estaban en el plantel.
Las individualidades marcaron la diferencia, como si fueran los mejores solistas de una orquesta que sonó como nunca en la primera parte. Messi (mejor jugador de la final y de todo el Mundial), escribió a los 35 pirulos y en la cresta de la ola de la competencia de alta gama, un capítulo que lo rejuveneció una década. Di María titular por primera vez luego de la lesión, en la fase final de Qatar 2022, para convertirse en un factor clave en el desenlace del último duelo. Julián Alvarez y un despliegue físico y futbolístico, para complicar la salida limpia del rival y ser una preocupación ofensiva permanente, casi sin intermitencias.
Los tres del medio patrullando y distribuyendo. No dejan jugar al rival y te la regalan redonda. Mac Allister, el gran socio del silencio que trabaja la profundidad de la sencillez; Enzo Fernández (mejor jugador joven de Qatar 2022), es un pibe que nació “hace más de 30 años”, porque se mueve por el Ecuador de la cancha, después de escribir todos los libros que cuentan obligaciones y derechos de un volante central. Y un De Paul para tocar, guapear, putear, encarar al juez, enfriar y calentar el partido. Borrar a Griezmann de la cancha, fue una misión imposible que se convirtió en realidad para estos tres que superpoblaron la geografía donde se definen los partidos.
En la última línea, posiblemente la mejor pareja de centrales de todo el torneo, porque la firmeza de Romero-Otamendi se convirtió en una muralla, en un dique, en una barrera de frontera. Y dos marcadores de punta, Molina-Tagliafico, que anularon a Mbappé por la izquierda y a Giroud cuando buscaba recostarse por la derecha.
Argentina se acodó en el resultado a favor, desde el comienzo del segundo tiempo. Y a partir de la temprana salida de Di María, el equipo decidió bajar la persiana de la final. Un par de errores de los que se equivocaron muy poco a lo largo del torneo, generaron primero un penal y después una zona extrañamente liberada, para que Mbappé tuviera 3’ de gloria inesperada y abriera las puertas de otro partido.
Como frente a Holanda, al equipo de Scaloni le costó volver al partido y cuando se puso de pie, marcó el tercero. Sin embargo, al director de le película no le convencía el remate de la historia y una pelota del 10 francés que buscaba el arco, encontró el brazo de Montiel. Penal y 3-3.
Cuando se moría el suplementario, apareció Dibu (el mejor arquero del Mundial) con una atajada valuada en millones de aplausos ante Muani y dejó a Argentina en el partido. Como frente al australiano Kuol a los 97’ del encuentro por octavos, Martínez ganó el mano a mano de su vida.
En los penales, convirtieron todos los argentinos: Messi, Dybala, Paredes y Montiel. Dibu se quedó con el disparo de Coman y salió cerca del palo derecho, el remate de Tchouameni.
La Selección argentina y sus dos banderas. Messi, que ya era un gigante entre los grandes, cumplió el último sueño y condenó al silencio por la eternidad, a sus absurdos detractores. Y Diego, más que nunca figura omnipresente que habita la tribuna desde su condición de leyenda, sigue jugando al lado del 10.
Messi consiguió su mejor marca personal, con 7 goles (2 en la final), en un campeonato del Mundo. Se convirtió en el jugador que más veces usó la cinta de un seleccionado en la historia de los mundiales (de los 26 partidos, fue capitán en 20). Superó a Gabriel Batistuta como el máximo goleador de la Selección argentina, con 13 gritos en cinco Copas del Mundo.
Los goles argentinos en la final: Víctor Hugo Morales, por Radio Nacional.