
La voz les dijo “vayan, ya es la hora”. Ellos entrelazaron sus dedos y comenzaron a bajar. Una vez que llegaron, se pusieron uno de cada lado y mientras tomaban sus manos, le acariciaban la cara y el pelo. Cuando sintieron que se había dormido tan profundamente como nunca, se acercaron para susurrarle en los oídos…
-Vamos, hijo. Ya está. Vamos. Dejá todo y vamos, hijo.
-¡Mamá! ¡Papá!
-Vamos, hijo. Vamos –le seguían diciendo con dulzura-.
El pibe se fue levantando. Liviano como una pelusa. Sin dolores. Sin tristezas. Entregado. Confundido.
-¿Adónde vamos?
-Vení. No preguntes. Vamos a un lugar donde las calles no tienen nombre, donde nadie juzga, donde vas a ser libre de verdad…
Él seguía aturdido. Más aún con esas imágenes que aparecieron de repente, veloces en un rebobinado furioso y armónico a la vez que no le daba tregua pero que sí lo iba dejando en paz. Y eso era maravilloso, necesario y casi nuevo para él porque se daba cuenta que ese sentimiento de paz le había quedado lejos en la vida, en las calles de barro y casa pobre de Fiorito pero tomado de las mismas manos que lo sujetaban ahora en este viaje.
-¡Pelusa! Dale, despertate que ya llegamos.
-Hijo amado, vení. Te buscan…
Al abrir los ojos no pudo soportar tanta luz de golpe. Los entrecerró y parpadeó dos o tres veces hasta que pudo abrirlos definitivamente.
-¡Tata! ¡Cuchu! –exclamó feliz y sorprendido-.
-Dieeeeego –respondieron emocionados esos viejos compañeros que habían llegado un tiempo antes-.
-¡Están impecables!
-¿Y vos? –respondió Cuchu-.
-¡Claro! ¿Y vos te viste cómo estás? –agregó el Tata-.
-¡Hola Diegooo! –se escuchó gritar a otro que se acercaba-.
-¡Mariscal! ¡Roberto querido! ¿Usted también…?
-Y, sí. ¿Cómo no iba a venir a recibirte? A recibirte y a pedirte perdón otra vez por aquella patada que te di cuando eras pibito.
-¿Se acuerda? No pasa nada, Roberto. ¿A usted no le pasó nada en el pie, no?
Se rieron con ganas, cómplices, felices. Diego preguntó si ahí se jugaba al fútbol y Cuchu se adelantó…
-¡Más vale! Se arman unos partidazos de novela por acá.
-Pero juguemos para el mismo equipo, así no tengo que sacudirte de nuevo –propuso el Mariscal-.
-Cuando nos dijeron que venías, nos agrandamos y les hicimos un desafío a los de Cruyff y Puskas para esta misma tarde –contó el Tata-.
-Y don Alfredo no sabe para quién va a jugar pero creo que vos lo vas a convencer –agregó Roberto-.
-Ah, son unos giles bárbaros ustedes –contestó Diego entre risas-. ¡Mirá que rivales eligieron para la primera fecha!
-Tranquilo, moustro –aclaró Cuchu-. Ellos vinieron a invitarnos porque quieren saludarte.
Diego preguntó por el Profe. El Tata y Cuchu le señalaron la cancha del fondo y allá se lo veía al Profe Echevarría que preparaba el entrenamiento.
-¿Tenemos técnico? –preguntó-.
-Por supuesto, nene. El viejo Montes está feliz de la existencia porque quiere hacerte debutar otra vez –dijo el Mariscal-.
Recién en ese momento Diego prestó atención sobre sí mismo y se dio cuenta que tenía el pelo largo, enrulado, negro, sin canas. Estaba flaco, fibroso… Preguntó por Toresani y alguien le contó que andaba por ahí, buscando Segurola y Habana para esperarlo. “Pero si me dijeron que acá las calles no tienen nombre” respondió Diego, asombrado. “¡Y claro! Pero viste lo porfiado que es el Huevo. Todos se lo decimos pero a él no le importa un carajo. Está convencido de que esa esquina es la única que tiene nombre acá arriba y todos los días sale a buscar Segurola y Habana” –tiró el Tata, resignado-.
-¡Habana! ¿Quién dijo Habana?
El tono de voz y el aroma a tabaco que sintió a su espalda le eran familiares. Diego giró más rápido que cuando dejó atrás a Reid y levantó los brazos para estrecharse con ese que le traía una chaqueta de regalo.
-Toma. Te traje otra porque, seguramente, la que te había obsequiado aquella vez quedó abajo.
-¡Gracias, Comandante! Es verdad, no tuve tiempo de traerme nada…
-Es que no es necesario traer nada, Dieguito. Pronto verás que el amor de los que te extrañen te hará llegar lo que te pertenece.
-¿Y usted cree que se acordarán de mí?
-Tu sabes la respuesta, muchacho. Pero déjame presentarte a alguien…
Y sin que el líder finalizara su preámbulo, todo se revolucionó de repente por la poderosa vibración de un joven con una estrella en la frente y una sonrisa radiante que se acercaba. Se abrazaron con la mirada emocionada, solo con la mirada, sin tocarse, sin hablarse. No podían. El de la estrella en la frente miró el brazo del Pelusa y luego de una sutil reverencia, mostró el rostro de Maradona tatuado en el suyo. Pero eso no fue todo. Antes de irse, le entregó una carta y una camiseta que dejó sobre un hombro del ídolo. Después, sin dejar de mirarlo a los ojos y siempre en silencio, se fue junto al compañero del tabaco que ya lo aguardaba en la motocicleta pero en la telepatía de la comunicación había quedado la frase de despedida: “Hasta la victoria siempre, Diego”.
Conmovido, con la chaqueta verde puesta, la camiseta en el hombro y una carta en la mano, el Pelusa volteó muy despacio. Mamá y papá seguían ahí, como siempre, pero esa otra pareja que los acompañaba parecía salida de una foto. El hombre, parado junto a don Diego, solo sonreía. La mujer, soltándose del brazo de doña Tota, lo miró y se acercó mientras le decía “yo estuve ahí”. El Pelusa se sintió como un niño de 13 años y quedó petrificado ante esa bella joven de cabello tirante recogido hacia atrás que se inclinaba para hablarle. “Estuve ahí y te vi cuando consolabas a ese chico de Corrientes que lloraba luego de perder con los de Entre Ríos. Vi a todos los que se juntaban para verte y cómo disfrutaban mientras vos te divertías con la pelota. Supe de tu sueño de jugar el Mundial y también lo que te dolió perder esa final en Embalse. Quiero confesarte que yo hinché por los santiagueños ese día porque eran como Banfield en el ‘51. Tus Cebollitas, en cambio, tenían el privilegio de jugar en tu equipo. Pero ellos… ¡Vos no sabés con la felicidad que volvieron esos pibes a Santiago! Después, sí. Siempre con vos y más fanática todavía cuando jugabas afuera de la cancha y los peleabas a todos aunque después te la hicieran pagar.” La mujer puso sus manos en las mejillas del pequeño Diego, lo besó en la frente y se despidió con un secreto dicho al oído: “Ahora vos también vas a ver lo que es ser millones.”
Ella también se había emocionado y el hombre, de pie junto a don Diego, la esperó con el pecho abierto para contenerla y para que escondiera su llanto. Después volvieron a la foto y Dieguito, a sus padres también estremecidos.
-¡Dale, nene! ¿A ver la camiseta? ¿Qué dice la carta? –apuró la Tota, para salir del éxtasis-.
El nene desplegó esa camiseta que el hombre de la estrella le había dejado sobre el hombro y empezó a sentirse de 33, como Cristo y como esa mujer que recién se había ido. Abrió los ojos y levantó las cejas, sorprendido al ver los bastones azules y amarillos de esa casaca que tenía el 10 blanco en el dorsal. Ansioso, rompió el sobre y sacó la carta…
Diego:
Con estas líneas acompaño el regalo de bienvenida que quisimos brindarte con Ernesto porque acá arriba las cosas no pueden ser como allá abajo.
Nunca olvidé lo que sentí esa segunda mañana en que mi mujer me despertó antes de las diez y me dijo: “Diego firmó para Newell’s”.
“¡Qué hijo de puuu!”, grité al enterarme pero la “u” que se estiraba se fue apagando en mi puteada y no llegó ni a la “t”. No podía putearte aunque me doliera como una tragedia esa noticia. Por suerte jugaste poco para ellos. ¡Pero jugaste, la puta madre!
No importa. Ni siquiera que te hicieras leproso me hizo dejar de quererte porque como siempre sostuve, nada de lo que hiciste con tu vida me importó; lo único que me importó fue lo que hiciste con la mía. Y te juro, querido Diego, que me hiciste la vida más feliz.
Con amor Maradoniano, Roberto (el Negro)
P.D. Te espero en el Banquete de Pordioseros. Tenemos reservado un lugar con varios amigos, como el Loco Houseman, que se fue a gambetear un rato para matar la ansiedad porque no aguanta más las ganas de verte.
El Banquete de Pordioseros es una fiesta infinita. Cada uno que llega, va a la cabecera de su mesa de bienvenida para compartir con todos quienes quisieran y como nadie quería perderse ese instante sin tiempo con el 10, el tablón en honor a Diego resultó inconmensurable. La Tota y don Diego, sin adelantarle de qué se trataba, lo acompañaron hasta el portal de entrada.
Una vez allí, antes de ingresar, se detuvieron un momento cautivados por la música de ese violinista con apariencia de prócer que, al finalizar la pieza que ejecutaba, juntó el arco y el violín en su mano izquierda para poder extender la derecha y presentarse mientras Diego correspondía con su diestra.
-Mi nombre es Ludwig van Beethoven y el allegro vivace que acaban de oír es en homenaje a usted.
A semejante sorpresa, Diego solo pudo responder con un espontáneo “¡uh, maestro! Esto es increíble…”
-Quien no lo puede creer soy yo –respondió Ludwig-. Pero permítame transmitirle el mensaje de un amigo.
-Pero, por favor. ¿Quién es ese amigo?
-O Rei.
-¿Pele?
-Si, señor. Pele. Mi alter ego del fútbol…
“Hoy sé que el mundo sería mucho mejor si pudiéramos comparar menos unos a otros y pasáramos a admirar más a los demás. Así que quiero decir que eres incomparable. Tu trayectoria fue marcada por la honestidad. Siempre has declarado tus amores y desamores a los cuatro vientos. Y con esa manera tuya, enseñas que tenemos que amar y decir “te amo” mucho más a menudo. Tu partida rápida no me lo dejó decir, así que sólo escribo “Te amo Diego”.
Mi gran amigo, muchas gracias por todo nuestro viaje. Un día en el cielo jugaremos juntos en el mismo equipo. Y será la primera vez que voy a golpear el aire sin estar celebrando un gol, pero sí por poder darte otro abrazo”.
-Gracias, maestro. Gracias…
Pelusa hizo fuerza para no aflojar pero su voz quebrada era indisimulable y prefirió no decir más. El violinista siguió tocando mientras se iba y Diego volvió a sentir la apariencia y el peso de los 60 con que se había acostado antes de que lo fueran a buscar para iniciar este viaje. Lento y con dificultad, dio dos pasos hacia la gran puerta del banquete pero ese “Hey, you!” imperativo que sonó justo adelante lo obligó a levantar la vista que posaba sobre esa especie de algodón que pisaba.
Zapatos negros, pantalón y chaqueta de jean negro con gruesas costuras blancas, el 6240 bordado sobre la izquierda, camisa a rayas horizontales en blanco y negro, cara de pibe que apenas pasaría los 20 años, sonrisa sobradora, parada de chanchero de barrio, pulgares metidos en los bolsillos del jean…
-Soy Vince Everett –soltó el joven, como si quisiera marcarle la cancha a Diego-.
-No me jodas, Elvis. Correte y déjame pasar que me duele todo.
-¡Me reconociste!
-¡Y claro, fiera!
-¿Así vas a entrar a tu fiesta?
-¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Mirame a mí.
-Sí, te veo. Sos un pendejo.
-Bueno, por eso. Escuchá lo que te voy a decir porque es la última chance que tenés. Así como estás, me haces acordar a mí cantando “A mi manera” en el ‘77…
-Sí, estabas hecho mierda pero tenías 42 nada más…
-No me interrumpas, déjame hablar.
-Ok. Dale, rey.
-Te veo así y me acuerdo de mí, cantando sin aire y sacando la voz desde el alma porque no daba más. Me costaba respirar, cantar, moverme… ¡Vivir me costaba!
-Sí. Todo el mundo quería parecerse a vos pero nunca me imaginé que yo lo conseguiría así, en el final.
-¡Y allá abajo hay un montón que sueñan ser como vos! Pero no como este que me estás mostrando. Sueñan ser otro Diego. Lo mismo le sucede a los que sueñan ser Elvis. Ellos no quieren ser ese último que quedó grabado; ellos anhelan ser como el del Rock de la cárcel…
El viejo Diego no respondió nada y siguió con la mirada fija en el joven Presley que, luego de un instante, definió al ángulo.
-Yo también prefiero ser este Elvis. Mirá, cuando llegué a este mismo lugar me pasó lo mismo que te está pasando a vos ahora pero a mí me agarró ese que está ahí parado y justo aquí, me dijo: “pibe, elegí al Elvis que quieras para la eternidad y después sí, entrá al banquete”.
El viejo Diego miró a ese que estaba parado sobre un solo pie junto a la puerta, con la espalda y el otro pie contra la pared, manos en los bolsillos y un sombrero medio ladeado que impedía ver su rostro aunque la estampa era inconfundible.
-¿Gardel? ¿Usted es Gardel?
-Sí, pibe. Soy Carlos Gardel –respondió el tipo, mientras se sacaba el sombrero para saludar-.
-¡No lo puedo creer!
-Yo tampoco. Estoy acá para verte de cerca porque desde esta popular los jugadores se ven muy chiquitos…
-¿Cómo? ¿Desde acá miran los partidos?
-Claro, pibe. Y no me perdía ninguno cuando jugabas vos. ¿Sabés una cosa? Yo estuve en Montevideo allá por el ‘30 y tenía el corazón dividido cuando se jugó la final. Después, ya sabés. Se cayó el avión y me vine para este barrio.
-¿Y de qué partido mío se acuerda?
-¡Qué pregunta! Me acuerdo de todos, querido. Pero hay uno, especialmente uno, que me hizo tener ganas de volver. Desde acá te mirábamos levantar vuelo a medida que ibas dejando a los gringos tirados en la grela. Ya habías gambeteado la pobreza pero ahí estabas gambeteando a la realeza…
-¿Y cómo gritó ese gol?
-No importa eso.
-¿Cómo que no? A mí sí me importa saber cómo gritó usted ese gol…
-Es que no pude gritarlo. Solo lloré. Cuando acariciaste la pelota para mandarla a guardar y te fuiste para la esquina con el puño arriba, empecé a llorar y a cantar en voz bajita.
-¿A cantar?
-No pude evitarlo. Vos te abrazabas con todos y yo cantaba: “Lejana tierra mía. De mis amores, como te nombro…” ¡Quería estar allá! Yo también quería abrazarte y dedicarte un tango. Pero por suerte, mientras vos hacías ese gol, había otro con una pata en cada orilla como yo que te estaba componiendo una poesía que ahora me gustaría cantarte.
-Sería un honor, maestro –exclamó Diego, sorprendido y extrañado-.
Gardel volvió a ponerse el sombrero, miró a sus guitarristas que se habían acomodado junto a Elvis, don Diego y la Tota, y empezó a cantar…
Quiero llorar
Dios Santo viva el fútbol
Golazo
Diegol
Maradona
Es para llorar,
perdonenmé
Maradona
En una corrida memorable
En la jugada de todos los tiempos
Barrilete cósmico
¿De qué planeta viniste?
Para dejar en el camino
a tanto inglés.
Para que el país sea un puño apretado
gritando por Argentina.
Argentina 2 Inglaterra 0.
Diegol
Diegol
Diego Armando Maradona.
Gracias Dios por el futbol,
por Maradona,
Por estas lágrimas,
Por este Argentina 2 Inglaterra 0
El viejo Diego cambió de forma como para atacar una vez más. Volvió a tener 25 y las puertas del banquete de pordioseros se abrieron de par en par.
-Ahora sí estás listo, pibe. Esa es tu imagen para la eternidad. Así te van a recordar allá. Y te lo digo por experiencia, vas a ver que aunque no andes más por las canchas de abajo, todos van a decir que cada día jugás mejor.
Cuando Diego cruzó la puerta, sintió algo así como un fuerte rumor que de repente se silenció. Se persignó. Dio unos pasos más entre las nubes que tapaban todo y simultáneamente, quebrando esa paz celestial que sucedió al murmullo, se oyó un “¡Grande Diegooooooo!” y se largó el cuarteto. Desde un escenario invisible pero alto, Rodrigo cantaba feliz mientras Diego se golpeaba el pecho del lado del corazón y le arrojaba un beso que llegó a la frente del cordobés de pelo azul. Había parejas bailando sobre la mesa y Diego no fue menos bailarín que ninguno cuando Marilyn se le acercó con su vestido flotando y las manos en alto, listas para ser tomadas por el 10 para cuartetear hasta que El Potro terminó su canción como siempre, con el coro multitudinario gritando: “¡Te quieeero Dieegoooo!”.
La silla en la cabecera preparada para el recién llegado estaba ahí nomás pero el final de la mesa era imposible de divisar. Diego se fue mezclando con ilustres conocidos, con amigos queridos, con almas añoradas y con una enorme mayoría de gentes comunes que eran igual a cualquiera de los otros en ese banquete y en todos los banquetes. La larga mesa y su cabecera especial quedaron de lado. El Pelusa eterno de los 26 hablaba, se reía y se abrazaba con todos y todas.
Como se lo había anunciado en la carta, allí estaba Fontanarrosa. A su lado, Caloi. Frente a ellos, Galeano y Soriano. Entre los cuatro formaron un pasillo y Diego, maravillado, pasó entre ese póker de genios que lo aplaudían. Le pidió perdón al Negro por haberle causado semejante disgusto y sobresalto antes de las diez de la mañana de aquel día del ‘93. Le agradeció a Caloi por los papelitos que tiraron los muchachos y por tanto Clemente hincha universal y bostero aunque la pluma fuera de gallina. Sonrió frente a Soriano cuando le mostró una naranja y se acordaron del hijo de Butch Cassidy. Le iba a decir algo a Galeano pero Eduardo no le dio tiempo. “No digas nada, Diego. Seguí siendo el más humano de los dioses”, le pidió el oriental.
Al salir de ese pasaje, una pelota le llegó mansita a la zurda. La puso bajo la suela y miró de quién había venido. No podía ser otro. Allá estaba el Loco Houseman a las risas luego de ese pase de bienvenida que le había tirado haciéndole un caño a Borges, que no la vio venir. Y ojo con pensar que lo de René fue un abuso porque allá arriba todos ven y porque además, Jorge Luis tenía la apariencia de un veinteañero que simulaba no saber quién era ese al que se homenajeaba. Pero lo sabía. De hecho, en los cafés del cielo tuvo origen una teoría que algunos atribuyen a los de Boedo y según la cual, Borges decidió viajar el 14 de junio del ‘86 para no perderse las mejores hazañas del Diego que estaban por comenzar.
La pelota bajo la suela zurda vino amasada hasta el puntín derecho, se levantó y empezó a rebotar de un pie a otro. Después jugaron los muslos, una rodilla para elevarla, la frente para tenerla bien arriba, el empeine para dormirla y volver a levantarla hasta que de un hombro saltara al otro y nunca se cayera. Uno, dos, tres, catorce… Algunos iban perdiendo la cuenta. Los más atentos cantaban cien y la pelota seguía rebotando. Kobe marcaba el compás con el pique de la bola anaranjada; René miraba con los brazos en jarra y Borges estaba atento a las manos de Diego. Otros, cansados de contar, batían palmas al ritmo de la fascinación colectiva que se desintegró súbitamente por unos gritos enfervorizados que hicieron caer la pelota.
-¡Acá está! ¡Acá está! Al fin, Diegooooo. ¡Al fin!
Nadie entendía nada. ¿Quién era? ¿De dónde venía?
-¡Allá! ¡Allá! ¡Es el Huevo! –anunció el Tata-.
Cuando todos identificaron de dónde provenían los gritos, vieron a Toresani que venía a la carrera con un caño apoyado sobre el hombro, como si fuera el asta de una bandera negra que no flameaba. A medida que se acercaba, empezó a notarse que no era una bandera sino dos en el mismo palo y cuando por fin llegó, extenuado como si hubiese atravesado el desierto para traer noticias de Maratón, el Huevo clavó el palo como una estaca delante de Pelusa. Para no caerse, se agarró del caño con la derecha y apoyó la otra sobre el hombro de Diego. Tomó aire y mirando hacia arriba, donde dos chapas se cruzaban, exhaló: “Segurola y Habana”. Y entre jadeo y jadeo, siguió: “Acá está, Diego. Yo sabía que esta esquina existía acá arriba…”
Acordaron encontrarse justo allí por al menos treinta segundos cada día y entre dos o tres llevaron a Toresani hasta la silla de la cabecera para que se repusiera mientras Diego, feliz por haber sido y por ser, seguía saludando sin dejar escapar a ninguna tortuga porque los rencuentros y las sorpresas no cesaban.
-¡Papá! ¡Qué hacé, papá!
-¡Mingooo!
-¡Dieguito! Pero qué lindo verte de nuevo, Gomia.
-No te puedo creer, no paran de emocionarme acá la puta madre.
-Emocionate tranquilo que acá no sapa nada con el cuore. ¿Ya te encontraste con tu viejita?
-Sí, fue con el viejo a buscarme para que no viniera solo.
-¡Un manolito así de grande le tené que hacer! Cuchame una cosita, Diego. Te manda saludo el Tritri…
-¡No me hagas acordar del Gordo! Nunca me olvidé del gol que me hizo perder cuando se hizo pasar por periodista en la película…
-¡Claro! ¡Se metió a la cancha pa chamuyarte y ahí te la afanó el arquero! Meno mal que despué te sacaste la mufa con el gol a los inglese pero cuchame una cosa que quería decirte. De querusa.
-Dale Mingo, de querusa.
-El Gordo se chivó porque no tenía lugar para tres en la Santa Milonguita.
-¿Cómo para tres? ¿A quién más tenías que traer?
-A un bepi que no podía decirle que no. Está allá, al lado de la bandeja de lo sánguche.
-¡No! Ese…
-Sí, Dieguito. Es él. Vamo que te acompaño…
Caminaron juntos hasta donde el pibe y su torta de jamón vivían un instante de abstracción. Diego y Mingo llegaron desde atrás y sin decir palabra, compartieron otro chegusán. Ninguno habló hasta que el último bocado pasó y las manos pudieron usarse para acariciar. Mingo cruzó sus brazos y se quedó entre el 10 y el del 8. Charla entre ídolos recíprocos de niñez pobre con sueños de pelota, igual a la de tantos alrededor de ese planeta que habían dejado. Hablaron de chanfles, rabonas y del Azteca, ese templo glorioso donde la mano de Dios se hizo presente para los dos.
Mingo volvió a ser Juan Carlos cuando se sacó la bufanda para prestársela a Pelusa y el Chavo del 8 quedó Chespirito al ponerle su gorro en la cabeza. Diego siguió recibiendo sorpresas y abrazos. Ya había perdido la cuenta de las veces que le dijeron “yo estuve en la cancha el día que debutaste contra Talleres” pero no olvidaba ninguna de las anécdotas maradonianas que cada desconocido le relataba porque con cada una de esas pequeñas historias reconstruía su propia historia. Nadie se quedó con ganas de tener su momento con Diego y Diego no se privó de recibir el amor de todos porque no hay apuro ni urgencias por aquí. El tiempo no tiene prisa, no corre y siempre espera a un amigo, como aquel tipo sentado a la otra punta de la infinita mesa que observaba todo y cada tanto apuntaba algo en una libreta.
Inevitablemente curioso, Diego fue hacia el solitario que disfrutaba ese estado como cuando iba libre en su taxi y, entre viajes, detenía el auto frente a algún estadio para escribir una poesía. Una como aquella que silbaba porque se había hecho canción y decía: “Bajó una mano del cielo y acariciando su pelo. Rulo y señal de la cruz. La caricia de Jesús hizo posible el milagro…”
Diego reconoció al tachero y se sentó junto a él, que siguió silbando mientras el 10 se prendía a cantar aquellos versos del Abuelo. Cuando terminaron, el poeta repitió: “muchas gracias señor diez”. Y se quedaron quietos, disfrutando cada uno su paz hasta que Diego interrumpió el silencio…
-¿Qué estás mirando, Beto?
-Estoy mirando el dolor y la tristeza de allá abajo. Lloran pero también te cantan. Y se abrazan para consolarse. Todos con sus camisetas. Con todas las camisetas. Mirá a esos dos, uno con la de River y el otro con la de Boca van juntos a despedirte. Santuarios y ofrendas en todo el mundo. Mujeres y tipos de todas las edades, pibes que no te vieron jugar y están cantando “Marado, Marado” con Rodrigo en los parlantes. Los pobres que te hicieron bandera, las sacan a flamear. Los poderosos que combatiste, se rindieron. Y ya es de noche.
Silencio otra vez. Brillo en los ojos.
-¿Y vos? ¿Qué estás mirando, Diego?
-Recién ahora me doy cuenta, Beto. ¡Si supieran! Estoy mirando las estrellas desde arriba…
-Hermoso, amigo. ¿Viste? Ahora ya sabemos qué es Dios.


