Roberto no te vayas, vení: Muerte de Perfumo, por Daniel Mancini

“¡Qué hacés, Daniel! ¿Viste quién va ahí?, ¡el Nene!“, me gritó cuando nos encontramos por última vez en Santa Fe y Coronel Díaz, señalando a Víctor Hugo Morales que se alejaba. Venían de grabar esa deliciosa tertulia que fue “Hablemos de fútbol”, en su formato original. Ahí lo vi tan vital como cuando lo conocí y compartimos juntos dos años de trabajo. Tenía a cargo Radio Splendid y alguien me dijo que Roberto Perfumo y Silvio Marzolini querían hacer radio. Pues bien, la hicieron y lo cautivante fue el espacio que elegimos para el programa, pues comenzaba a las 24 y tenía una hora y media de duración.

Pero acaso, siempre lo importante sucedió después: la noche estirada en la mesa generosa del restaurante de su amigo Carlos, a metros de Plaza Serrano, o en aquella ceremonia tribal que significó acompañarlo a La Cumparsita, en la esquina de Chile y Balcarce. Es que en el segundo año, Silvio decidió irse y Roberto mantuvo el aire, pero ahora al mediodía. Entonces, alrededor de las ocho de la noche nos encontrábamos en una pizzería ya inexistente en Ayacucho y Arenales (Perfumo vivía en Ayacucho, a metros de Las Heras), me aguantaba después en la radio, y finalmente, caminábamos por Santa Fe hasta Laprida (olía la calle, la tanteaba, miraba, por eso disfrutaba recorrerla) para cenar en el Palacio de la Papa Frita. Tras eso, la llegada a La Cumparsita era estratégica, debido a que acontecía sobre el cierre del show. El motivo fue, para mi, fascinante: Roberto era una gema para el lugar y, tras el final del espectáculo, ya con la sala vacía, nos sentábamos al lado del escenario para que Alberto Podestá, Ruth Durante, Reynaldo Martín y Adrián Guida acompañen el whisky e interpreten todos los tangos que pedía Perfumo.

¿Qué nos juntó? Cualquier referencia trivial diría que el trabajo. La realidad es que fue su necesidad de ser escuchado. Curiosamente, esos dos años (1997-1998) resultaron casi vacíos en la vida de Roberto. Había dejado la dirección técnica, sólo se relacionaba con el fútbol a través de una sociedad con Rodolfo Della Pica para conducir a los juveniles de Sportivo Italiano y tenía un vínculo algo menor con el negocio de Mabel, su esposa, mediante la compra y venta de ropa femenina.

Debo confesar que no fue simple relacionarme con él. Perfumo llegaba a un mundo nuevo (la radio) y esperaba las sugerencias de un tipo que lo guíe y ese tipo lo miraba deslumbrado por lo que fue, esperando hablar de fútbol y ametrallarlo con Chacarita (estuvo muy cerca de ser el entrenador del club antes de la llegada de Mostaza Merlo). Ha sido cruel la especie futbolera al recordarlo, marcando sólo su atributo para el juego fuerte y el golpe. Perfumo fue un crack fenomenal que conoció el tiempo del juego y de la defensa como nadie (lo cargaba, diciéndole que había visto a un central mejor que él, el peruano Julio Meléndez, y una vez me respondió “sí, puede ser, pero preguntále a los delanteros de esa época a quien preferían enfrentar y te van a contestar que a Meléndez, ¡porque yo los mataba!”), y que sostuvo su precisión estética hasta cuando se equivocó, como aquella noche en la cancha de Boca después de matar la pelota con el pecho y girar para dársela corta a Fillol sin advertir la presencia de Ischia, que lo sorprendió y ganó un partido para nosotros memorable.

Fue junto a Hugo Bargas (lo enloquecí argumentando que Hugo fue un crack sin tiempo) y Passarella, el único futbolista que en aquel momento ordenaba defensivamente a un equipo cuando el partido se disputaba en el área contraria, porque tenía la virtud de advertir la jugada siguiente, sumando una estampa y una presencia que intimidaba.

“También se trabaja para el fracaso”, me dijo ante mi protesta por un problema menor en la radio, una frase que me marcó para siempre, como lo hizo su sabiduría (Roberto fue eso, un sabio, porque entendía demasiado de fútbol y del entorno), su mirada oblicua y perdida cuando contaba, su risa breve, altisonante y arrítmica, y su mezcla perfecta: la calle (era un atorrante criado en Sarandí), junto a la mirada proyectada del psicólogo social, casi científica.

Es verdad que Perfumo sólo hablaba de fútbol. Y en los motivos hay dos observaciones. La primera surge de su pasión por el juego y la otra, casi desconocida, es porque, de esa manera, evitaba referirse a él, a su vida, a su intimidad. Eso no se transgredía nunca, al igual que la fidelidad que le brindó a sus amigos. Por lo tanto, a Roberto aprendí a conocerlo a través de lo que omitía, de lo que evitaba decir.

Todo lo que sigue es una vaguedad atribuible a una cultura hoy más débil que la de ese tiempo que nos juntó. Ya no está, ni lo vamos a encontrar en una esquina, ni en un tango, ni en una cancha. Ahora me doy cuenta que al morirse Roberto, desapareció un tipo al que me quise parecer y no pude. Quizá, otro fracaso, otra pérdida.

Si surgiera la oportunidad de pedirle algo, le diría “Roberto, dejáte de hinchar las pelotas. No te vayas. Vení…”.

Nunca lo podré hacer.

Por eso mi dolor.

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