
Argentina repitió protagonismo y ausencia casi en partes iguales, en casi todos los partidos de la Copa América 2021. Y para sorpresa de la eterna “dinámica de lo impensado”, lo hizo hasta con una efectividad poco frecuente, casi de línea de producción.
A las órdenes que dicta el pizarrón en la previa, siempre hay que mixturarlas con los obstáculos que está dispuesto a plantar el rival para frustrar el objetivo. De esa eterna pelea, entre lo que quiero y lo que puedo, nace el resultado.
Sin embargo la costumbre de llevarse por delante al adversario, llegar al gol y después entregar pelota y terreno hasta padecer el partido, ya parece una rara “costumbre” del equipo de Scaloni. Los resultados positivos transformaron este sinuoso recorrido, en un hábito que parece tan medido como preciso; pero en realidad lejos de ser una certeza, es una pregunta sin respuesta.
Los números de Argentina decían antes del partido con Colombia, que el equipo había creado 13 situaciones de gol en la Copa América, antes de los 30’ de juego.
La sociedad Messi-Martínez, se hizo cargo del partido en el arranque. Primero a los 3’, cuando Lío dejó en el camino a tres marcadores, como si sacara una pelusa de la solapa, centro y cabezazo cruzado de Lautaro que se fue besando el palo derecho. Y luego a los 7’, cuando Lo Celso metió un pase filtrado perfecto para el 10, Messi volvió a marcar la diferencia en el área cafetera con un giro hacia adentro, cedió a Martínez y con un remate cruzado buscando el palo más lejano de Ospina, el delantero puso el partido 1-0.
A partir de ese momento, un mediocampo albiceleste permeable y una defensa desbordada en su resistencia, fueron apuntalados por la gran noche que comenzó a cocinar a fuego lento Emiliano Martínez. Primero ante Cuadrado y después frente a Mina, Dibu sostuvo una diferencia que se angostaba cada vez más con el correr de los minutos.
La más clara estalló a los 36’, cuando un remate de Wilmar Barrios se desvió en Lo Celso y el palo izquierdo dijo no.
La única prueba de vida albiceleste, llegó recién sobre el final de la primera etapa. Cabezazo de Nicolás González en el área chica y el arquero colombiano la sacó por encima del travesaño, cuando estaba de rodillas, entregado a la resolución del jugador argentino. Fue una oportunidad demasiado generosa, para una Selección que peligrosamente se había ido del partido.
En el arranque del complemento, el gran acierto de Rueda pasó por el volantazo que metió con los ingresos desde el arranque de Cardona, Chará y Fabra, por Tesillo, Cuéllar y Borré.
El planchazo de Fabra sobre el tobillo de Messi, a los 3’ del primer tiempo, sacó un rato largo del partido al capitán argentino. La sangre estampada en la media blanca, fue una postal maradoniana, un boleto de ida a Italia ’90.
Colombia empató a los 15’, con la habilitación de Cardona para que Luis Díaz le gane la posición a Pezzella por la izquierda y defina ante la salida de Martínez. El empate le quedaba mucho mejor al partido, era el talle justo entre tanta Colombia y tan poco de Argentina.
El ingreso de Di María, una de los grandes individualidades albicelestes en esta Copa en pequeñas dosis de segundos tiempos, le devolvió el fútbol a la Selección, pero fundamentalmente el corazón.
A los 27’ Lautaro apuró a Muñoz en el círculo central forzando el error del colombiano para dejarle la pelota servida a Fideo, que ante la salida de Ospina la tiró larga hacia afuera, para después cerrarse y habilitar a Martínez que saboreaba el gol por la izquierda. Pero apuró la definición y le dio una chance al condenado Barrios, para sacarla sobre la línea.
Argentina se despertó y tomó las riendas hasta el final. La última murió en el poste derecho del arco colombiano, cuando después de un doble enganche y un pase vertical, Di María lo dejó a Messi en posición de gol y su zurdazo conmovió al palo derecho.
Después los penales y la página repleta de potrero, con Dibu chamuyando rivales a cara descubierta, abandonando la moda de ocultar el movimiento de sus labios con la mano. La palabra fuerte y clara del arquero resonando en un estadio vacío, quedará para la historia. Atajó tres. Pero atención: no consumó la hazaña solo porque peleó a los rivales con un par de frases memorables, sino porque fue a buscar la pelota con toda su humanidad, en lugar de jugar a la ruleta rusa apostando a un palo.
La Selección de dos caras, está sedienta de regularidad para consolidar su sonrisa. Por ahora, sigue siendo un equipo que golpea y después inexplicablemente baja la guardia.