Kempes escribió la historia (Por Daniel Mancini)

“A mí no me gusta el ruido alrededor mío. No sé reaccionar y me pongo como triste, ensimismado. Es que no me parece justa tanta admiración; pienso que es excesiva. Al final, no soy otra cosa que un jugador de fútbol. Si a mí me hacen esto, ¿qué habría que hacer con los Premio Nobel de Medicina?”. Firmado, Mario Alberto Kempes, luego de la presentación de la plantilla del Valencia; su refugio español, para la temporada 1978-1979.

En ese momento, cautivaba. Estaba consolidado como el máximo ídolo valencianista, acababa de ser campeón mundial y tenía sobre su espalda un logro inédito, el cual es probable, que nunca haya comprendido. Al ser la figura de Argentina en el Mundial 78, su imagen se transformó en un distintivo que cambió el paradigma del fútbol nacional, al que apartó de sus infinitos triunfos morales. Kempes se convirtió en el líder de victorias carnales, las que confirmaron que el romanticismo tenía, por fin, cierta predisposición práctica.

Aquí hay riesgos conceptuales, porque es complejo desligar aquel triunfo nacional de la sociedad en el cual se logró. Pero vale otra observación: Mario Kempes fue el ícono, que arremetió en la sombra de un país perdedor. Perdedor de mundiales, de sus derechos civiles, de la credibilidad, de la legalidad del estado y convirtió a un espejo de esa sociedad, el fútbol, en un hecho superlativo.

“Mario midió sus fuerzas con jugadores que estaban llamados a romper los moldes del fútbol moderno, sin ser consciente de que él mismo sería uno de ellos” (Alex Couto).

Un futbolista soberbio y ganador, también lo fue en un país salvaje. No se trató una victoria social (se la advirtió así mediante el engaño), sólo fue un logro que, facilitado por un gobierno que reivindicó la barbarie, derrumbó el paraíso verborrágico y en ocasiones, cobarde del fútbol argentino.

“Querer ubicar a Kempes en un terreno de juego, es como querer poner puertas al mar”, escribió para definirlo, el técnico español Alex Couto.
“Su virtud principal, era la conducción al galope tendido, sin necesidad de fintas, de engaños o de pausas. Kempes recogía la pelota y con espacio iniciaba una carrera desesperada hacia la portería contraria, con el objetivo de marcar el gol. Si en el camino, la situación requería otra acción, buscaba la complicidad del compañero que le permitiera proseguir en su loca cabalgata. Al final, dos consecuencias, el gol o la caída, no había otra en un fútbol que se caracterizaba, no como hoy, en un ejercicio de contundencia aprendida en los más embravecidos potreros y solares de la época”, siguió Couto.

Es cierto que Valencia le ha rendido tributos en Mestalla que se encuentran entre los homenajes más impresionantes que recuerde algún futbolista en Europa (es el embajador mundial del Valencia) y que en la Argentina, el bautismo del estadio de Córdoba con su nombre asegura, por lo menos, su permanencia en el bronce. También es verdad que la gente de Rosario Central lo idolatra mediante homenajes múltiples. Pero nuestra sociedad parece desconocer a ese comentarista simpático, de voz chillona y monocorde que todavía se inclina para equilibrar su cuerpo al caminar, que siente orgullo porque jamás fue expulsado de un campo de juego en toda su carrera y por haber sido el único jugador argentino que no saludó a Videla después de ganar la Copa del Mundo, en 1978.

Mario lo sorprende que el japonés Yoichi Takahashi se haya inspirado en él para crear la tira animada “Los Supercampeones”, al tiempo que no olvida la ira que le produjo saber que, al hacer su servicio militar, ya jugando en Central, lo peló un sargento que era fanático de Newell’s y vendió la historia como una hazaña épica.

Kempes es el fútbol. Un verdadero revolucionario que giró una historia de desencantos y fue el punto de partida de una generación de jugadores que le otorgó al fútbol argentino dos copas del Mundo.
Alex Couto coincide. “Yo sólo he conocido a un jugador que no jugando en los equipos más grandes
del momento, no ejerciendo una influencia dominante en el estilo y la forma de jugar, no imponiendo una dinámica de poderío insultante, fuese capaz de destacar y hacer destacar como fue Mario Alberto Kempes. Es que Mario midió sus fuerzas con jugadores que estaban llamados a romper los moldes del fútbol moderno, sin ser consciente de que él mismo sería uno de ellos”.
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