
Así presentó Leila Guerreiro, esta obra de Andrés Burgo (periodista deportivo, coautor con Alejandro Wall de “El último Maradona, Cuando a Diego le cortaron las piernas”), que forma parte de “Mirada crónica”, la colección que ella coordinó y que publicó “Tusquets editores”.
“Andrés Burgo reconstruye cada minuto de aquel partido y de aquel día, desde el momento en que los jugadores argentinos despertaron como integrantes de una selección en la que nadie confiaba, hasta la noche en la que ya se habían transformado en la guardia pretoriana de un Dios, a quien ese partido ungió como ser mitológico”, reza la contratapa que invita a la lectura desde un resumen conceptual.
El libro divide el relato en tres partes, que reconstruyen la línea de tiempo, de ese irrepetible 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca.
ANTES: “La vestimenta figuraba entre las múltiples previsiones que Bilardo había ensayado antes de viajar a México para contrarrestar los 2.238 metros del Distrito Federal y los partidos programados al mediodía. El entrenador creía que una camiseta liviana ayudaría a combatir la altura y el calor, los rivales silenciosos del Mundial y en Buenos Aires encargó una remera más liviana que la habitual.
Después de algunas vacilaciones, Le Coq Sportif cumplió el pedido de Bilardo y Argentina viajó a México con una indumentaria confeccionada a base de una tecnología denominada Air-Tech, conocida en el plantel como ‘panal de abeja’: era una camiseta con decenas de orificios minúsculos que evitaban que la transpiración se acumulara y que, con el paso de los minutos, sumara peso adicional. El problema fue que ese diseño solo se aplicó para la vestimenta titular, la celeste y blanca, y no para los juegos suplentes, una alternativa azul y otra blanca. En los partidos de la primera ronda, ante Corea del Sur, Italia y Bulgaria, la selección jugó con el modelo liviano, el del ‘panal de abejas’. Pero en el cuarto contra Uruguay, un equipo con camiseta celeste, Argentina debió recurrir a la azul, el diseño que no evitaba la acumulación del sudor. Como además llovió, y mucho, el peso de la remera se multiplicó en los últimos minutos del partido: al agua de la transpiración se le sumó el de la tormenta”.
Burgos cuenta que Carlos Salvador Bilardo y dos colaboradores (Rubén Benros, utilero y Rubén Moschella, empleado de la AFA), salieron a buscar por las tiendas deportivas de la ciudad, el modelo de camiseta que buscaba y que luego de entrar sin suerte a todos los locales que vendían la marca francesa, vieron un maniquí con una camiseta azul Le Coq. “Entramos y encaramos al vendedor -dice Bilardo– ‘Queremos esas, las de la vidriera’. Nos dijo que sí, que tenía, pero tuvimos que aclararle que éramos de la selección argentina y que las necesitábamos para jugar contra Inglaterra: ‘Mire que queremos como cuarenta, eh’. El tipo llamó por teléfono, no sé con quién habló, y nos preguntó para cuándo las queríamos. ‘¡Para hoy!’, le dijimos. Nos contestó que al mediodía las tendría. Era sábado. Faltaba un día para el partido. Y al mediodía llegaron a la concentración”.
DURANTE: “Entre el calor, el sol, el mediodía y la altura, hay momentos en que el primer tiempo de Argentina-Inglaterra es tan lento que parece jugarse bajo el agua. Tiene raptos soporíferos. Se juega lejos de las áreas, como si el mediocampo fuese un pantano del que nadie pudiera salir.
‘Para mí fue el peor partido que jugamos en el Mundial -escribe Valdano desde su correo electrónico-. Pero los dos impactos de Diego hacen imposible que esta teoría resulte creíble. Jugamos mal los dos: Inglaterra y Argentina. Posiblemente porque los nervios terminaron atándonos demasiado. A Maradona, obvio no’ (…) El morbo por Malvinas y el recelo entre dos selecciones que se miran de reojo por una vieja rivalidad deportiva no tenían mucho eco en el Azteca. Se esperaba una batalla de noventa minutos y apenas habría dos amonestados, uno por cada equipo, cinco menos que en Argentina-Uruguay”.
Burgo y el primer gol argentino: “Olarticoechea espera la llegada de Trevon Steven y habilita a Maradona, que muta en un látigo cargado de electricidad e inicia un slalom de izquierda al centro: gambetea a Hoddle, se escurre ante el cierre de Reid y, cuando Fenwick sale a chocarlo, libera el juego hacia la derecha, a Valdano. Hodge quiere anticiparse al delantero pero, nervioso como si acabara de ver al diablo con la camiseta argentina, lanza la pelota hacia el área inglesa, al punto del penal. Maradona venía en velocidad después de su raid y acelera. Fenwick, que había esperado al 10 de frente, en la puerta del área, queda a contramano, a tres metros de la jugada. El arquero Shilton hubiera salido a tiempo, si Maradona, 18 centímetros más bajo utilizara su cabeza. Pero Maradona no lo hace: usa su mano.
La pelota le pasa por encima a Shilton, pica una vez en el área chica y se dirige, inexorable, hacia el arco inglés ya desprotegido: cruza la línea casi en cámara lenta, como cumpliendo un designio sádico.
Es gol.
Gol inmortal, gol ilegal. Aunque casi nadie lo advierte en el Azteca”.
Relato literario, del mejor gol de la historia de los mundiales: “Maradona comienza su unipersonal con tres toques, una pisada sobre la pelota, un giro de bailarín y abracadabra: atrás quedan Beardsley y Reid. El primero, como buen delantero, no defiende con tanta determinación: pronto se desentiende de la jugada. En cambio Reid, mediocampista y con obligaciones de marca, no se resigna y comienza a perseguirlo. Maradona juega en una ley de gravedad diferente. Tampoco toca la pelota, la galvaniza. Su próxima barrera es Butcher, el primer defensor que lo recibe en territorio enemigo, como si fuera un guardia real que custodia el palacio de Buckingham (…) La pelota, después de haber atravesado el océano, llega a la orilla. Beardsley, Reid, Butcher y Fenwick, quedaron eludidos. Hodge y el propio Reid, que lo perseguían abandonan. Las alarmas inglesas suenan: Butcher se rehace como el ciborg de Terminator y alcanza a Maradona por la derecha. El arquero Shilton sale para atorarlo y Stevens corre desde la izquierda para cubrir el arco (…) La pelota sale zumbando del pie de Maradona y cruza la línea. No es un gol, es una alquimia del fútbol, y es -también- como si un relámpago de eternidad cayera sobre el Azteca”.
DESPUES: “A las 14:30 del 22 de junio de 1986, Maradona habla con el periodismo, por primera vez después del partido, dentro del vestuario argentino. Un puñado de cronistas, todos de confianza, comparte el festejo. ‘Entramos dos periodistas de Radio Argentina, uno de Mitre y este de Crónica -publicó el enviado de ese diario al día siguiente-. El principal responsable estaba en un rincón. Tranquilo, como si tal cosa. ‘Fue un lindo gol pero no una maravilla. Raquel Welch es una maravilla, no un gol’, nos dijo sobre el segundo”.
El autor finaliza el libro, con el “hilo invisible” que une a aquel equipo, con la clase ’62; los colimbas que habían cumplido con el servicio militar en 1981 y que al año siguiente fueron reincorporados para ser enviados a Malvinas.
En ese grupo, había seis jugadores nacidos en 1962: Burruchaga (9 de octubre), Ruggeri (26 de enero), Enrique (26 de abril), Clausen (29 de septiembre), Tapia (20 de agosto) y Batista (9 de noviembre).
Jorge Burruchaga le contó a Andrés Burgo: “A mi me salvó el fútbol. Jugaba en Arsenal, en la B y al principio tuvo que hacer la colimba: me cortaron el pelo y me mandaron a Campo de Mayo. A las tres semanas me dejaron salir, pero con la condición de que volviera todas las mañanas. Cuando llegó la guerra de Malvinas, ya había pasado a Independiente. Un viernes teníamos que jugar contra Unión y mi hermano vino con un telegrama. Era terrible. Decía que tenía que presentarme al otro día en el Regimiento de Patricios. Fue el cagazo más grande de mi vida. Llegué y desde lejos veía que estaba lleno de camiones, de pibes y de padres llorando y yo cada vez caminaba más despacio. Ya era más o menos conocido, jugaba en Primero, pero el jefe me explicó que era un soldado de la patria y que estaría a disposición. Me volvieron a cortar el pelo y tuve que volver todos los días para firmar que estaba a disposición. Así varias semanas. ¿Sabés la cantidad de veces que pensé que podía viajar a las Malvinas? Después de la guerra, seguí yendo tres semanas al Regimiento, hasta que nos dieron la baja y en ese tiempos nos preguntábamos con los otros conscriptos: ‘Te acordás de fulano?, murió. ¿Y te acordás del otro? También murió”.
