16 de septiembre de 1974. Atilio López fue secuestrado y ejecutado por la Triple A. El dirigente gremial que desde la UTA llegó a conducir la CGT provincial, uno de los padres del Cordobazo (junto a Agustín Tosco y Elpidio Torres) y ex vicegobernador de la provincia de Córdoba, había bajado a Buenos Aires por dos razones. En primer lugar, buscaba trabajo y cobertura. Después del “golpe de Estado” provincial disfrazado de “intervención”, que terminó con la gobernación de Obregón Cano, Atilio se quedó sin protección política en medio de la selva. Con todas las puertas cerradas en su provincia, buscaba la mano de algún compañero en la Capital. Y como el corazón futbolero tiraba mucho, en Buenos Aires la cancha de Racing quedaba demasiado cerca como para perderse al Talleres de Angel Labruna, enfrentando a River. (Foto de portada: Daniel Willington y Atilio López).
Cerca de 20 mil cordobeses coparon la bandeja superior del cilindro de Avellaneda, para ver el empate 1-1 de su equipo con el millonario por el torneo Nacional (domingo 15 de septiembre, por la 9° fecha); pero fundamentalmente para instalar a nivel país, una marca futbolística. Ese día se inició un proceso, que luego de servir como fábrica de individualidades para la Selección de Menotti, generó el decreto de la AFA que en 1980, convirtió a Talleres en protagonista del fútbol metropolitano.
En el torneo de 1974, los cordobeses lograron que un equipo provinciano por primera vez acceda a las instancias finales del torneo federal creado en el ’67 (finalmente ocupó el cuarto lugar, detrás de San Lorenzo, Rosario Central y Vélez; luego de terminar puntero la primera fase en la Zona B). El plantel lo integraban figuras como Artico y Comelles (un año después bicampeones con River), la leyenda de Daniel Willington, la experiencia de Muggione y Rivadero; más un grupo de jugadores que formaron parte de distintos planteles de la era Menotti (Luis Galván, Oviedo, Ludueña, Quiroga y Ocaño).
El cadáver de Atilio apareció en Capilla del Señor. Desfigurado, con 132 disparos en el cuerpo. Según el relato de su hija, esa noche López estaba esperando a un funcionario del gobierno nacional, junto al contador Juan José Varas, también asesinado por los hombres de López Rega.
Atilio Hipólito López, dueño de una identidad peronista forjada en la resistencia, dirigente clave en los míticos congresos de La Falda y Huerta Grande, era portador de un segundo nombre que hablaba de la herencia radical del viejo.

Rivadero y Patire, en la tapa de “Goles”. Labruna y el gran Daniel Willington, los dos conductores del equipo. Sívori y Labruna, técnicos en aquel ’74. El empate de Héctor Artico, en la cancha de Racing. El festejo después del 1-1, en la portada de “El Gráfico”: Luis Galván, Willlington, Ludueña y Artico.
El entierro de Atilio López, cuando una multitud de trabajadores y estudiantes llevó sus restos desde su casa en barrio Empalme hasta el cementerio de San Jerónimo, quizás fue el último grito de una Córdoba combativa y progresista, hasta la reconversión conservadora que instaló el Proceso y siguió operando en democracia desde 1983.
Lo despidió Agustín Tosco, cuando su vida comenzaba a apagarse. Murió el 4 de noviembre 1975.
RIVER PLATE: J. Pérez; Urchevik y O. Pérez; Pintos, Marchetti y Passarella; Mastrángelo, J.J. López (Di Meola),
Morete, Alonso y Durso.
TALLERES (Córdoba): Quiroga; Galván y Ocaño; Comelles, Rivadero y Artico; Patire, Mugione (Ludueña), Fachetti,
Taborda (Willington) y Pereyra.
Goles: PT 33’ Morete. ST 21’ Artico.
Juez: Barreiro.
Cancha: Racing (Local River Plate).
Entradas: 33.880.-
La presentación de la Triple A, fue la masacre de Ezeiza. Aquella sociedad, con el teniente coronel retirado Jorge Osinde, fue la apertura de una cacería humana parapolicial, que anticipó el terrorismo de Estado.
Ese 20 de junio de 1973, sin rótulos identificatorios (como poco después tendrían sus amenazas y las reivindicaciones de sus asesinatos), ni documentos fundacionales, la Alianza Anticomunista Argentina le declaró la guerra a los grupos revolucionarios que había parido el peronismo y a cualquier otra voz disidente con el mandato de la derecha. Por entonces, la relación de Perón con López Rega, tenías más o menos una década.
Fruto de su cercanía con Anael (nombre masónico del brasileño Menotti Carnicelli), que a su vez se había acercado al ex presidente en la década del ’50, consiguió llegar a Isabel en su visita a la Argentina de 1966. Ingresó al mundo de Puerta de Hierro, como asistente del general. Atrás había quedado su pasado como suboficial de la Federal y cantante de boleros aficionado en el Club El Tábano del barrio Saavedra.
Mientras Isabel lo convertía en su “mentor espiritual”, Perón lo trataba con desdén. Con los años, la deteriorada salud del general fue transformando a los cuidados de López Rega, en casi indispensables. El primer efecto colateral de este “ascenso” concedido por las costumbres cotidianas, fue manejar la agenda y decidir quién dialogaba y quién no con el líder.
El segundo, su nombramiento como ministro de Bienestar Social, un lugar que la juventud había pensado ese lugar para el Padre Carlos Mujica. El tercero, forzar la renuncia de Cámpora. El Rodrigazo fue la cuarta estación, cuando le prestó un ministro a la derecha para hacer implosionar el sistema de sustitución de importaciones.
Sin Cámpora en el gobierno, la Constitución Nacional ordenaba la asunción del presidente del Senado, Alejandro Díaz Bialet. Pero López Rega necesitaba iniciar su desembarco en la Rosada y pensó en su yerno Raúl Lastiri, presidente de la Cámara de Diputados y miembro de la Logia P2.
La victoria de la fórmula Perón-Perón, significó la ratificación de López Rega en el gabinete y luego del asesinato de Rucci, consolidó su espacio en el círculo íntimo de Perón.
Los hombres de confianza que “Lopecito” utilizaba como espadas políticas, eran el médico de Isabel, Pedro Eladio Vásquez (Secretario de Deportes y Turismo de la Nación); Carlos Villone (Subsecretario de Estado en su Ministerio) y Jorge Conti (Secretario de Prensa).
Los sótanos de Bienestar Social se habían convertido en un arsenal. Las armas llegaban vía Paraguay y Licio Gelli (P2) era el proveedor.