Enero de 1977. Las cosas comenzaron a complicarse en Buenos Aires, cuando en Washington asumió Jimmy Carter. Pocos meses después el nuevo gobierno demócrata, comenzó a cuestionar duramente las violaciones a los derechos humanos de la dictadura argentina y organizó un castigo basado en el congelamiento del crédito y embargo de armas. A Videla no le quedó otra opción. Se quitó el uniforme, se puso un traje y voló a Estados Unidos en septiembre del ’77, para intentar ablandar las relaciones.
Pero la misión, no arrojó los resultados esperados. Carter endureció su posición con el paso del tiempo y los problemas que había generado la idea de un país sin fábricas, pero con plena libertad de mercado para importarlo todo, voló por el aire cuando se agotó el rol la “plata dulce”, como somnífero colectivo.
La inflación de 1978 superó el 160%, entonces muy preocupado, David Rockefeller pasó 48 horas por Buenos Aires, a principios de marzo del ‘79. Las noticias que traía desde el norte, eran negativas: la posición de la Casa Blanca, no tenía retorno y de los muchos amigos que habían cosechado en la Reserva Federal, quedaban pocos.
La única solución era pedirle a la banca privada internacional, pero a tasas muy altas. Se iniciaba la agonía económica de la dictadura, después de haber probado su propio veneno.
Cuando comenzaron a morir “patria financiera” y “plata dulce”, ningún gol de Kempes alcanzó para frenar el principio del fin. Massera no tuvo la plataforma de lanzamiento que añoraba, para convertirse en el correlato “democrático” del genocidio y no hubo bronce para Videla, ni para el liberalismo económico que representaba Martínez de Hoz.
Lejos de aprovechar maquiavélicamente cada grito de gol, buscando alejar a la democracia miles de kilómetros del horizonte político argentino, los propietarios de la Argentina dictatorial iniciaron con voracidad acumulativa, la agonía de la “patria financiera” (vivir sin producir, ni laburar) y la “plata dulce” (“deme dos”). La construcción ilusoria de un nuevo país para la clase media, comenzó a perderse en el laberinto que armó Martínez de Hoz, para olvidar a la Argentina industrial (Fragmento de “Tribunas sin pueblo”, de Gustavo Campana).
La fría mañana del lunes 26 de junio de 1978, Rubén Molinuevo salió de su casa y cruzó la calle. Lo separan pocos metros de la fábrica de botiquines “Las hermanas”, que conducía con su cuñado Carlos Bonifatti. En la puerta, dos obreros esperaban que los dueños abran las puertas de un nuevo día de trabajo. Para el eufórico Molinuevo, la jornada laboral empezó con un “acto de justicia” ineludible: colgar el poster de la Selección argentina, que hacía menos de 24 horas se había consagrado campeona del mundo.
“Vuelta al laburo, se acabó la joda”, le dijo uno de los operarios al “trompa”. “Si, pero quien nos quita lo bailado”, respondió el jefe. “No va a faltar el comedido”, agregó el laburante, seguro que la felicidad sería tan efímera como la gloria. “No te quejés, peor tienen que estar los holandeses, que tienen que volver al trabajo después de haber perdido”, disparó Rubén antes de reírse a carcajadas de los hinchas naranjas.
Primera escena de la película “Plata dulce”.
Un rato después, Bonifatti ocupaba su escritorio encargándose de los números de la pyme familiar. Camino a la oficina de su cuñado, Molinuevo hizo un alto en el altar que consagró después de levantar la persiana. Miró la foto, cerró los puños y gritó como si estuviera en la tribuna: “¡Argentina, Argentina!”.
Feliz fue al encuentro de su compañero, que con cara de preocupación hacía números en la calculadora. Jugando a ser el relator de América, encendió una radio imaginaria con una postal de la final: “Toma la pelota Kempes, se manda por línea de fondo, tira pase hacia atrás toma Passarella que se manda adentro, pase a Bertoni que agarra la pelota y se perfila, vamos…”. “¡Paraaaaaaá. Pará fanático dejame trabajar”!, interrumpió el grito de Bonifati. “Sos una heladera viejo, nos sacaron campeones disfrutala un poco”, respondió eufórico Molinuevo.
Pero a la preocupación de Bonifatti, le sobraban motivos. Cortó un pedazo del rollo de papel de su máquina y se lo dio a su cuñado: “Echale un vistazo, así disfrutás un poco”.
“Y esto a mí que me significa…”, dijo Rubén mientras se ponía los anteojos para explorar como venía el presente de la fábrica:
– “¿Qué pasa andamos mal? Así de repente”
– “No desde siempre”, sentenció Bonifatti mientras acomodaba papales y se ponía el sobretodo para salir a hacer trámites bancarios.
– “Entonces tan mal no andamos. Botiquines se venden, para el morfi hay”
– “Y vos con eso estás hecho…”
– “No te quiero decir que las cosas marchan”
– “¿Adónde marchan?”, tira Bonifatti como un cachetazo mientras se va de la oficina.
– “Pará che. Pará Carlitos. Yo de números no entiendo nada…”
– “Entonces porque corno hablás bocón”
– “Y qué, ¿estamos fundidos?”
– “No…, peor” y se va de la fábrica para montarse en su Fiat 600 rojo y salir a enfrentar deudas ante los bancos.
– “¿Cómo peor? ¿Hay algo peor que estar fundidos?”, Molinuevo corre y lo alcanza en la vereda.
– “Esto”, responde Bonifatti señalando el frente de la fábrica. “Hace años que estamos así, estancados. Me querés decir cuál es el futuro”.
Doña Hortensia, la suegra de ambos, salió de casa y le pidió a Carlos que la lleve al centro: “Voy a comprar dólares. Hoy cobré la pensión y… Ustedes no invierten, ¿qué hacen con la plata?”…
La euforia mundialista no alcanza para tapar el sol. Las privatizaciones comienzan a matar a la industria nacional y la “plata dulce” está ingresando en su último capítulo.
“Plata dulce” 1982, película de Fernando Ayala, basada en un guión de Oscar Viale y Jorge Goldemberg. Protagonistas Federico Luppi, Julio de Grazia, Gianni Lunadei, Nora Cullen, Adriana Aizemberg, Flora Steinberg, Albergo Segado y Marina Skell. Estreno, 8 de julio de 1982.