3 de julio de 1990. Estadio San Paolo, en el corazón de la que por entonces se sentía una ciudad maradoniana de pies a cabeza. Con la marca del 10 en la piel, Nápoles discutía por esos días, si había que abrazar al héroe terrenal que los había vengado de tantos años de desprecio del norte o si se mordían los labios y apoyaban a un fútbol italiano que le prometía “amor eterno”, solo por una noche.
Miles no estuvieron dispuestos a olvidar, no aceptaron traicionar tanta broca acumulada y se plantaron acompañando al ídolo cuando se preguntó: “¿Ahora les piden que se sientan italianos y alienten a la selección?”.
Para la prensa mundial, los azzurros eran los grandes favoritos. Los bancaban una serie de razones que siempre parecen obvias, pero que a veces el fútbol ignora caprichosamente. Desde el peso de su localía, hasta el mal herido equipo argentino que se resistía a abandonar el trono conseguido en México, todos eran argumentos válidos para predecir con seguridad el futuro.
La Italia de Baggio, Maldini, Zenga, Vialli y Schillaci, venía cumpliendo el plan de vuelo con precisión. Invicta y sin goles en contra, había realizado el recorrido: Austria, Estados Unidos, Checoslovaquia, Uruguay y República de Irlanda.
Posiblemente para una Copa hambrienta de brillo, el resultado futbolístico de aquella noche terminó siendo inolvidable y un final que en apariencia solo tenía lugar en la ficción, borró al dueño de casa de la final y estiró la épica leyenda del capitán argentino.

Después del gol de Totó Schillaci, a los 17’ del primer tiempo, los sobrevivientes del ’86, empezaron a mandar. Giusti, Olarticoechea, Burru, Diego, Ruggeri y desde el banco salto Batista, para asumir la responsabilidad de nivelar el trámite y ladrarle a la luna napolitana.
Maradona para el Vasco, centro y el cabezazo de Cani que murió en la red, ante la salida en falso de Zenga. El gol que enmudeció a millones de tanos y generó un grito interminable en el sur del mundo.
Empate en los 90’ y todo igual en el alargue. Otra vez penales en el horizonte argentino, como frente a Yugoslavia y como en esa definición por cuartos, otra vez el mismo gran protagonista: Sergio Goycochea.

Arrancó Franco Baresi 1-0, José Serrizuela 1-1, Roberto Baggio 2-1, Jorge Burruchaga 2-2, Luigi De Agostini 3-2 y Julio Olarticoechea 3-3.
Hasta que llegó el turno de Roberto Donadoni. Remate con cara interna del botín derecho, buscando el palo izquierdo de Goyco. Vuelo del arquero argentino y otra definición desde los 12 pasos que empezaba a teñirse de celeste y blanco. El volante italiano quedó arrodillado en el punto del penal, buscando explicaciones que nadie le podía dar.
El turno de Diego después de fallar ante Yugoslavia y en el marco de un duelo mano a mano con la Italia del norte. Maradona 4-3: zurdazo al rincón derecho del arco, mientras Zenga buscaba el otro palo. El grito contenido del 10, la carrera hasta el banco de suplentes y el abrazo con Galíndez.
Ultimo capítulo de esta historia, a cargo de Aldo Serena. Remate fuerte buscando el palo derecho, segundo vuelo del Vasco y en dos tiempos durmió la pelota, primero con sus manos y luego con todo el cuerpo. Argentina finalista por cuarta vez en la historia de los mundiales, en una noche que pintaba oscura y que terminó siendo mágica, como cantaba Gianna Nannini…

Víctor Hugo por Continental y los nueve penales que nos dieron el pasaporte a la final.

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