Con la bronca todavía muy fresca, el tono tan crítico como sereno de Víctor Hugo Morales, recorrió cada rincón de los minutos finales de la última transmisión del segundo Mundial italiano de la historia. La condena del mexicano Edgardo Codesal y la ejecución de Andreas Brehme, le bajó la persiana al partido cuando solo faltaban 5’ para el final. En los últimos comentarios, todas las sensaciones eran demasiado amargas y estaban a flor de piel.

En el cierre de Radio Continental desde la capital azzurra, el relator recordó que había avisado a los 10’ del primer tiempo, que el arbitraje sería obstáculo para Argentina. Un par de fallos dejaron una señal, imposible de disimular.

La ilusión de ganarle a la realidad desde los 12 pasos, con las manos de Goyco sosteniendo la esperanza, habían desaparecido de la noche romana a través de un fallo que imaginó lo que no sucedió. El cruce de Sensini y el aterrizaje de Voller en el área grande, simulando el contacto que nunca existió, sirvieron en bandeja la excusa perfecta para impedir que se repita el mismo final de Argentina ante Yugoslavia primero e Italia después.
Aquel equipo que salió a la cancha para volver a enfrentar a Beckenbauer en otra final, nunca pudo disimular sus heridas. Desde el arranque, solo dos sobrevivientes de aquel 3-2 en el Estadio Azteca (Maradona y Ruggeri) y encima, las consecuencias del “mal de ausencias” con tres grandes protagonistas de la semifinal afuera por amarillas (Caniggia, Giusti y Olarticoechea).


Eran tantos los remiendos, que hasta costaba armar el dibujo táctico de Bilardo.  Argentina a jugar en el Olímpico de Roma, que según Víctor Hugo esa noche se parecía demasiado al Olímpico de Munich, con Sergio Goycochea; José Serrizuela, Juan Simón y Oscar Ruggeri; José Basualdo, Jorge Burruchaga (Gabriel Calderón), Néstor Lorenzo, Pedro Troglio y Roberto Sensini; Gustavo Dezotti y Diego Armando Maradona.
Monzón entró por Ruggeri, desde el arranque del segundo tiempo y una roja directa lo expulsó de la final 10’ después. Faltando 3’, la otra roja fue para el “Galgo” Dezotti.

Mientras la FIFA repartía las medallas, el relator no se cansaba de denunciar que la RAI utilizaba las lágrimas de Diego para exponerlo en la pantalla gigante del estadio. Y cada vez que aparecía el 10, más de 73 mil espectadores llevaban a cabo su venganza, por la eliminación napolitana de Italia.
El comentario de Alejandro Apo, sentenció que Alemania fue el dueño del partido sin el brillo que expuso en la primera fase, mientras Víctor Hugo sumaba que después de tres finales mundialistas, las dos primeras pérdidas, la fruta de la historia cayó madura.

El fin de un ciclo exitoso, que venía a los tumbos en el capítulo final tras la derrota con Camerún, la difícil victoria frente a los soviéticos, el empate ante Rumania, el milagro que dejó afuera a Brasil y los penales salvadores ante Yugoslavia.
“No hay otro equipo capaz de llegar a una final de una Copa del Mundo en estas condiciones”, dijo Víctor Hugo. Un equipo superior, un estadio adverso, un árbitro que “no pudo evadir el tono alemán del partido”, fueron demasiados enemigos para un equipo que solo tenía corazón, orgullo y dignidad.
En la despedida, Víctor Hugo le habló a un Tano imaginario que desde un balcón de La Boca y mirando el Riachuelo, no podía entender como sus compatriotas se olvidaron de la Argentina de brazos abiertos en la mala y “se entregaran en afecto a los alemanes”. Pero agregó que “son calenturas que pasan, no resentimientos.
Pequeñas historias que el fútbol escribe mal”.
Y un reportaje a Diego, para que el 10 escribiera un nuevo título para el archivo de la Selección: “Una mano negra definió el partido antes de llegar a los penales”. En el ’86 “La mano de Dios”, cuatro años después “La mano negra”…

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